Atizando una vieja morena las ascuas de una lumbre marchita, cuenta con sus dedos rugosos el tiempo en que tardará en venir el plenilunio. Y mientras, su marido, borracho perdido, le va dando golpes púgiles en su cráneo de doncella de la muerte. Ella siente en sus mientes la turbación de demonios parlantes. Que van quemando su ya en debacle vida mugrienta. Pero he aquí que entra por la puerta central de la casa maldita el hijo bastardo; que ella concibió de un fallecido novio de melancólicas mocedades. Y lo primero que hace es abofetear con una mano sudorosa la mejilla ardiente del mal tratador. Éste deja su ruin pasatiempo. Y se encara con el mozo de bendita corpulencia. Ambos empiezan a pelearse como dos gallos que defienden su territorio. Mientras la anciana observa complaciente el combate horroroso. Por haber sido agredida por su iracundo compañero de lecho de sábanas húmedas y carcomidas patas. Al final, el pendenciero hombre saca una navaja. Y la hunde en un ojo del chico. Ardiendo en una voz clamar de dolor. Es entonces, cuando éste sale de la casa. Mientras el frenético varón sigue maliciosamente con los puñetazos en el cráneo de la vieja.