Arlequin_Kabuki
Poeta recién llegado
El ritmo del sabor
Son, sazón, sensación, un trozo de cebolla para darle dulzor, dos pasos a la izquierda y uno atrás, sacudiendo los hombros y caderas cual explosión, así es el ritmo del sabor. Es imperdonable para mí no seguir el compás mientras pico cada uno de los ingredientes. En tanto la música suena hace bailar a los cuchillos y vibrar a la vajilla, al tiempo que mis manos van cortando y puliendo, lo que pronto morirá en tu paladar.
Te veo venir... Te dejas llevar por la música, por los colores de la comida, los aromas de las especias. Llegas a mí, envuelta en melodías de sabores. Mueves tu cuerpo al son de los tambores, mientras dejas caer el pimentón sobre la candente y tentadora salsa que hierve.
Busco con los ojos cerrados bit adecuado que marca el trascender de este aroma. Al mismo tiempo que mi olfato marca el ritmo, se entremezclan en la sartén la mantequilla, los ajíes, los tomates, el ajo, el pimentón y los exóticos condimentos de la pasión.
Al soltar sus olores la comida, también la música se hace poesía, y en esta fragancia envolvente de latino bailar, en este combinar lo dulce con la sal, bailamos en letras deliciosas que hasta el paladar puede disfrutar. Y así, los placenteros aromas se impregnan en nuestros cuerpos y nos invitan a gozar con swing. Nos obligan a echar al fuego los ingredientes que sugiere la imaginación.
Lo siento, lo hueles, las texturas de los frutos se sienten en la piel. Nos dejamos llevar envueltos, en tanto culminamos la exultante receta imaginaria que se hace realidad.
Cada partícula de la preparación, cada uno de sus átomos suspendidos, se van conglomerando en el brillo de la piel sudada por el calor del fogón y de la danza. Porque en este rítmico ritual de movimiento bailamos solos y a la vez juntos, porque al bailar de a dos, te fusionas como la comida, que es más que una suma de condimentos.
En cada aliento, en cada compartido movimiento, en cada probar el gusto, en cada beso con sabor a comida, se conjuran la poesía y la música, se palpan los versos más enamorados, se escribe en conjunto. Porque evocamos, no describimos lo que el paladar palpa.
A fuego lento, los sabores integrados, entrelazados tal como nuestras miradas, finalmente están listos. Para sorprender gustosamente a los sentidos, el detalle estético del plato. Voy dibujando cada trazo, dejándome llevar, guardando el centro para la pasta al dente, como tus labios, y luego, la sabrosa salsa, coronando...
Va convirtiéndose esta rumba para los sentidos y el estómago en nuestra ofrenda a la tierra, al cielo, al sol. La mesa nos espera presurosa para servirse como lecho mortal de la preparación. Esta ofrenda a su vez, te la dedico, mientras se funden en tu boca cálida las impregnantes partes de la hechizante porción.
Nuestros ojos se cruzan, se recitan al oído, se cantan al regocijarse en este encuentro. Disfrutando este plato sugerente, nos presenciamos, nos exultamos.
Y así, al ritmo del latido y de la canción, de la rumba y del tambor del corazón, va cada boca degustando en cada movimiento acompasado un poema, una fusión de versos, de miradas, de sones... de almas.
Te veo venir... Te dejas llevar por la música, por los colores de la comida, los aromas de las especias. Llegas a mí, envuelta en melodías de sabores. Mueves tu cuerpo al son de los tambores, mientras dejas caer el pimentón sobre la candente y tentadora salsa que hierve.
Busco con los ojos cerrados bit adecuado que marca el trascender de este aroma. Al mismo tiempo que mi olfato marca el ritmo, se entremezclan en la sartén la mantequilla, los ajíes, los tomates, el ajo, el pimentón y los exóticos condimentos de la pasión.
Al soltar sus olores la comida, también la música se hace poesía, y en esta fragancia envolvente de latino bailar, en este combinar lo dulce con la sal, bailamos en letras deliciosas que hasta el paladar puede disfrutar. Y así, los placenteros aromas se impregnan en nuestros cuerpos y nos invitan a gozar con swing. Nos obligan a echar al fuego los ingredientes que sugiere la imaginación.
Lo siento, lo hueles, las texturas de los frutos se sienten en la piel. Nos dejamos llevar envueltos, en tanto culminamos la exultante receta imaginaria que se hace realidad.
Cada partícula de la preparación, cada uno de sus átomos suspendidos, se van conglomerando en el brillo de la piel sudada por el calor del fogón y de la danza. Porque en este rítmico ritual de movimiento bailamos solos y a la vez juntos, porque al bailar de a dos, te fusionas como la comida, que es más que una suma de condimentos.
En cada aliento, en cada compartido movimiento, en cada probar el gusto, en cada beso con sabor a comida, se conjuran la poesía y la música, se palpan los versos más enamorados, se escribe en conjunto. Porque evocamos, no describimos lo que el paladar palpa.
A fuego lento, los sabores integrados, entrelazados tal como nuestras miradas, finalmente están listos. Para sorprender gustosamente a los sentidos, el detalle estético del plato. Voy dibujando cada trazo, dejándome llevar, guardando el centro para la pasta al dente, como tus labios, y luego, la sabrosa salsa, coronando...
Va convirtiéndose esta rumba para los sentidos y el estómago en nuestra ofrenda a la tierra, al cielo, al sol. La mesa nos espera presurosa para servirse como lecho mortal de la preparación. Esta ofrenda a su vez, te la dedico, mientras se funden en tu boca cálida las impregnantes partes de la hechizante porción.
Nuestros ojos se cruzan, se recitan al oído, se cantan al regocijarse en este encuentro. Disfrutando este plato sugerente, nos presenciamos, nos exultamos.
Y así, al ritmo del latido y de la canción, de la rumba y del tambor del corazón, va cada boca degustando en cada movimiento acompasado un poema, una fusión de versos, de miradas, de sones... de almas.
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