El reptil, de cuerpo tostado al sol, penetra sinuoso en la alcoba de la lujuriosa abadesa. Y, subiendo por los pechos escarnecidos de aquella, suelta el malévolo veneno entre las junturas de su vestido verde azulado. Despierta alocada. Como de una plomiza pesadilla. Y, observando con ojos de plato a tal bicho, contiene el aliento. Antes que quebrar el silencio de la noche con un alarido impetuoso. Entonces, se levanta. Y deja caer al majestuoso animal del árbol de la ciencia del bien y del mal. Siente el latido apresurado en sus sienes. La substancia vil ha resbalado hacia su estómago. No ha penetrado en el interior de su gordo cuerpo. Luego, agarra con sus manos al animal. Pero, la piel de éste es tan resbaladiza que se le escapa por la puerta de salida. Y ella, alocada, en un alarde de funesta locura, agarra un hacha para darle caza. Pero, cuando sale a la intemperie, observa cómo el reptil se ha transfigurado en negra lujuria de demonio ferviente.