Asklepios
Incinerando envidias
Habían pasado muchos años desde que falleció cierto relojero que trabajó toda su vida no muy lejos de nuestro pueblo. A muchos de los mayores del lugar todavía se les oía hablar sobre él. Decían que, gracias a su enorme curiosidad y su gusto por la perfección, día a día, fue mejorando la sincronización en la mecánica del tic-tac de los relojes hasta llegar a la pura perfección. Así, su última creación, dejó de tintinear con el tic-tac habitual que, hasta ese momento, habían respirado todas sus anteriores construcciones. Aquella sonaba toc-toc, como cuando se llama a las puertas de la muerte. Y que fue terminar de darle cuerda… y que aquellas puertas se abrieron para él.