Fingal
Poeta adicto al portal
El puente de Khazad-dûm
(Moria, 9 de septiembre de 2020)
El que huye tiene los pies de cera y los envuelve en hojas de periódico. Tiene las manos de aceite envejecido, los labios de arena, ojos que se hunden en los bordes de los atrios. Se asoma a cada cueva y extiende sus deseos, la piel que no separa el miedo de los órganos; se amamanta de eslabones, busca sábanas de arroz en los cementerios de caballos.
Hay una boca de gárgola y un mástil de vértebras de aliso.
El que huye se mueve entre columnas de quitina, dedos afilados, grietas que enarbolan jirones de músculo y acero. Se derrama como heridas de musgo. Lo cubren bóvedas gigantes como el anochecer de los cultivos, como el cielo que araña las almenas, como el eco de un mazo en el sepulcro.
El que huye levanta su escudilla de cristal molido, obedece a los megáfonos, espera su lugar en el dormitorio del verdugo: le besa las deformidades de los hombros, lo perfuma con sándalo, le entrega los collares de sus hijos.
Sobre un tablón desnudo, paga con su cuerpo diez minutos de fotógrafo.
El que huye no tiene fuerzas para gritar, para sufrir, para caer. No tiene más color que el gris de las hormigas que devoran las córneas de los pozos. Recoge piezas de mosaico de los garfios que tienden las estatuas cuando se arrodillan a sentir la lluvia.
Hay tres espadas de hielo, tres monedas de oricalco, tres volúmenes de polvo.
El que huye teme y ama el fuego como vendarse los cortes en los brazos, como romper las ataduras de los ángeles, como saltar de noche contra el hambre del abismo. Marca con ceniza la frente de los pueblos. Cree que tiene un nombre y lo presenta a las montañas, a la luz de los relámpagos, ante los dientes del recién nacido.