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El principito

Évano

Libre, sin dioses.
Cuando tenía seis años vi una lámina
donde una boa se tragaba a una fiera.
El libro decía: Las serpientes boas tragan
a sus presas enteras, nunca las mastican.
Luego duermen seis meses de digestión.

Tracé a lápiz de color mi primer dibujo
y se lo enseñé a varias personas mayores.
Yo pinté una boa tragando a un elefante
¿Por qué ha de asustarme un sombrero?, me dijeron.

Luego dibujé el interior de la serpiente
—los mayores siempre quieren explicaciones—.
Y me dijeron que dejara los dibujos
de serpientes boas abiertas o cerradas,
que me interesara más en la historia,
en la geografía, cálculo y gramática.

Desalentado por mis dibujos de boas,
al ver que los grandes casi nunca comprenden
nada por sí mismas, que son agotadoras,
y que los niños han de darles siempre y siempre
explicaciones de todo, no pinté más.

Muchas relaciones con grandes hubo en mi vida,
los he visto de muy cerca, y aún así
no ha mejorado mi opinión en cuanto a ellas.
Si creía que alguno era bastante lúcido,
realizaba la experiencia de mis dibujos,
por si comprendían. Pero siempre decían:
" Es un sombrero". Entonces no hablaba de boas;
sino de fútbol, de política o de cartas.
Entonces, las personas grandes se quedaban
satisfechas de un hombre tan, tan razonable.

Por ello, mi vida fue solitaria,
vivía sin nadie con quien hablar,
hasta que un día se rompió mi avión
en mitad del desierto del Sahara.

Solo, y con agua para una semana
me encontraba delante de mi muerte.

Dormí la noche a mil millas de toda
tierra habitada, como un náufrago
sobre una triste balsa en el océano.

Imaginad mi sorpresa cuando, al alba,
me despertó una extraña vocecita
que me dijo: " Dibújame un cordero."

¿Eh?, pregunté asombrado, adormilado:

"Dibújame un cordero." Repitió.

Al abrir los ojos totalmente,
como golpeado por un rayo
me puse de pie en un salto
y froté mis ojos y miré:
un hombrecito me examinaba,
hombrecito que no parecía
perdido ni muerto de fatiga,
ni muerto de hambre, ni aún de miedo.

Cuando logré hablar, le pregunté:
Pero... ¿qué haces aquí?
Él, suavemente, como si fuera
una cosa muy seria, repitió:

"No importa. Dibújame un cordero."

Jamás dibujé cordero alguno,
y no había sido por mi culpa.
Los mayores me desalentaron
cuando tenía seis años, cuando
solo había aprendido a pintar
boas cerradas y boas abiertas.

Jamás había dibujado un cordero,
pero como el misterio era demasiado
impresionante no desobedecí.
Por absurdo que parezca y aunque estaba
a miles de kilómetros de la gente
y en peligro de muerte, saqué del bolsillo
una hoja de papel y una estilográfica.

Con muy poco humor le expliqué al hombrecito
que no sabía dibujar. Insistió:

"No me importa. Dibújame un cordero."

Como yo nunca había pintado corderos,
rehíce el de la boa cerrada. Quedé
estupefacto cuando el hombrecito dijo:

"¡No! No quiero elefantes dentro de una boa.
La boa es peligrosa, y el elefante,
muy grande. Necesito un cordero. Un cordero."

Entonces dibujé. El hombrecito me miraba.

"No, este cordero está enfermo. Hazme otro".

Yo dibujaba, el hombrecito sonreía:

"¿Ves... No es cordero; es carnero. Tiene cuernos..."

Le dibujé otro y lo rechazó también.

"Este es demasiado viejo. Quiero un cordero
que viva mucho tiempo." Entonces, como tenía
prisa por arreglar el avión le pinté
una caja y se la di. Esta es la caja, dije,
el cordero que quieres está dentro de ella.
El rostro del hombrecito se iluminó.

"¡Es tan exactamente como lo quería!
¿Tú crees que necesitará mucha hierba?
Es que en mi casa y mi mundo todo es pequeño".

Cabrá en tu casa, porque te he regalado
un cordero bien pequeño, muy, muy pequeño.

"No tan pequeño... ¡Mira! Se durmió el cordero.

Y así fue como yo conocí al principito

"¿Esta cosa, Qué es", me preguntó
cuando vio mi avión por primera vez.
No es una cosa. Es un avión. Mi avión.

"¿Te caíste del cielo?¡Qué gracioso!"

Yo me irrité porque se rió bastante
y no tomaba mi desgracia en serio.
Como para calmarme, suave, agregó:

"Entonces ¡tú también vienes del cielo!
¿De qué planeta eres?". Es cuando supe
que él sí venía, sí, de otro planeta,
aunque no contestaba de cuál de ellos
porque miraba a mi avión y me susurraba:

"En esto, no habrás venido de lejos."

Luego se hundió un rato en un ensueño.
Después sacó el cordero del bolsillo
y se abismó mirando su tesoro.

"Esta caja que tú me has regalado
me gusta porque servirá de casa".

Sí, y también te daré una cuerda, dije,
y buena estaca para que lo ates.

"¿Para que lo ate?", dijo el principito,
"¡Qué idea tan extraña! ¡qué idea tan rara!"

Si no lo atas se irá a cualquier lugar.

"¡No importa!, mi planeta es muy pequeño!
Si vas delante de alguien, no vas lejos."





Estos versos están basados en los primeros capítulos de El principito, de Antoine de Saint-exúpery. Si te han gustado consigue el libro para tus hijos en una bibliotreca o, si eres niño, pídeselo a tus padres. El libro es muuuuucho mejor que estos versos.
 
Última edición:
Cuando tenía seis años vi una lámina
donde una boa se tragaba a una fiera.
El libro decía: Las serpientes boas tragan
a sus presas enteras, nunca las mastican.
Luego duermen seis meses de digestión.

Tracé a lápiz de color mi primer dibujo
y se lo enseñé a varias personas mayores.
Yo pinté una boa tragando a un elefante
¿Por qué ha de asustarme un sombrero?, me dijeron.

Luego dibujé el interior de la serpiente
—los mayores siempre quieren explicaciones—.
Y me dijeron que dejara los dibujos
de serpientes boas abiertas o cerradas,
que me interesara más en la historia,
en la geografía, cálculo y gramática.

Desalentado por mis dibujos de boas,
al ver que los grandes casi nunca comprenden
nada por sí mismas, que son agotadoras,
y que los niños han de darles siempre y siempre
explicaciones de todo, no pinté más.

Muchas relaciones con grandes hubo en mi vida,
los he visto de muy cerca, y aún así
no ha mejorado mi opinión en cuanto a ellas.
Si creía que alguno era bastante lúcido,
realizaba la experiencia de mis dibujos,
por si comprendían. Pero siempre decían:
" Es un sombrero". Entonces no hablaba de boas;
sino de fútbol, de política o de cartas.
Entonces, las personas grandes se quedaban
satisfechas de un hombre tan, tan razonable.

Por ello, mi vida fue solitaria,
vivía sin nadie con quien hablar,
hasta que un día se rompió mi avión
en mitad del desierto del Sahara.

Solo, y con agua para una semana
me encontraba delante de mi muerte.

Dormí la noche a mil millas de toda
tierra habitada, como un náufrago
sobre una triste balsa en el océano.

Imaginad mi sorpresa cuando, al alba,
me despertó una extraña vocecita
que me dijo: " Dibújame un cordero."

¿Eh?, pregunté asombrado, adormilado:

"Dibújame un cordero." Repitió.

Al abrir los ojos totalmente,
como golpeado por un rayo
me puse de pie en un salto
y froté mis ojos y miré:
un hombrecito me examinaba,
hombrecito que no parecía
perdido ni muerto de fatiga,
ni muerto de hambre, ni aún de miedo.

Cuando logré hablar, le pregunté:
Pero... ¿qué haces aquí?
Él, suavemente, como si fuera
una cosa muy seria, repitió:

"No importa. Dibújame un cordero."

Jamás dibujé cordero alguno,
y no había sido por mi culpa.
Los mayores me desalentaron
cuando tenía seis años, cuando
solo había aprendido a pintar
boas cerradas y boas abiertas.

Jamás había dibujado un cordero,
pero como el misterio era demasiado
impresionante no desobedecí.
Por absurdo que parezca y aunque estaba
a miles de kilómetros de la gente
y en peligro de muerte, saqué del bolsillo
una hoja de papel y una estilográfica.

Con muy poco humor le expliqué al hombrecito
que no sabía dibujar. Insistió:

"No me importa. Dibújame un cordero."

Como yo nunca había pintado corderos,
rehíce el de la boa cerrada. Quedé
estupefacto cuando el hombrecito dijo:

"¡No! No quiero elefantes dentro de una boa.
La boa es peligrosa, y el elefante,
muy grande. Necesito un cordero. Un cordero."

Entonces dibujé. El hombrecito me miraba.

"No, este cordero está enfermo. Hazme otro".

Yo dibujaba, el hombrecito sonreía:

"¿Ves... No es cordero; es carnero. Tiene cuernos..."

Le dibujé otro y lo rechazó también.

"Este es demasiado viejo. Quiero un cordero
que viva mucho tiempo." Entonces, como tenía
prisa por arreglar el avión le pinté
una caja y se la di. Esta es la caja, dije,
el cordero que quieres está dentro de ella.
El rostro del hombrecito se iluminó.

"¡Es tan exactamente como lo quería!
¿Tú crees que necesitará mucha hierba?
Es que en mi casa y mi mundo todo es pequeño".

Cabrá en tu casa, porque te he regalado
un cordero bien pequeño, muy, muy pequeño.

"No tan pequeño... ¡Mira! Se durmió el cordero.

Y así fue como yo conocí al principito

"¿Esta cosa, Qué es", me preguntó
cuando vio mi avión por primera vez.
No es una cosa. Es un avión. Mi avión.

"¿Te caíste del cielo?¡Qué gracioso!"

Yo me irrité porque se rió bastante
y no tomaba mi desgracia en serio.
Como para calmarme, suave, agregó:

"Entonces ¡tú también vienes del cielo!
¿De qué planeta eres?". Es cuando supe
que él sí venía, sí, de otro planeta,
aunque no contestaba de cuál de ellos
porque miraba a mi avión y me susurraba:

"En esto, no habrás venido de lejos."

Luego se hundió un rato en un ensueño.
Después sacó el cordero del bolsillo
y se abismó mirando su tesoro.

"Esta caja que tú me has regalado
me gusta porque servirá de casa".

Sí, y también te daré una cuerda, dije,
y buena estaca para que lo ates.

"¿Para que lo ate?", dijo el principito,
"¡Qué idea tan extraña! ¡qué idea tan rara!"

Si no lo atas se irá a cualquier lugar.

"¡No importa!, mi planeta es muy pequeño!
Si vas delante de alguien, no vas lejos."





Estos versos están basados en los primeros capítulos de El principito, de Antoine de Saint-exúpery. Si te han gustado consigue el libro para tus hijos en una bibliotreca o, si eres niño, pídeselo a tus padres. El libro es muuuuucho mejor que estos versos.
Un libro muy recomendable, sobre todo,para esos adultos
que olvidaron ser niños y con ello la imaginación.Fantástico
y fantástico su trabajo señor Évano, todo un placer...
Un abrazo y una rosa
 
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El Principito es una joya de la literatura infantil pero también lo es para los adultos que a menudo olvidan lo realmente importante. Gracias por traerlo Évano
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