El primer sorbo de café vespertino trae tu nombre envuelto entre las hondas de vapor que al condensarse, en este frió invierno, forman una silueta y un cuerpo.
El café brinda un sosiego específico que permite juguetear con el pensamiento puesto en cientos de cosas, menos en el trabajo.
Una hora y otra se van acumulando sin afán de contarlas puesto que lo único que contabilizamos son las tazas de café que hemos tomado. Ya que todos evitamos la taza número doce, que al servirla será la señal ineludible de preparar otra cafetera.
Los pendientes, presupuestos, planes de financiamiento, horario de trabajo, contabilidades y demás menesteres propios de una empresa se ven agradablemente interrumpidos entre un café canela y un café magro.
Aproximadamente en la quinta taza de café se llega la hora del regreso a casa y a los menesteres propios de una familia.
Ya por la noche pagaremos la cuenta, cada quien en la debida proporción al diurético que haya consumido durante la jornada de trabajo.
Por lo pronto ¡Salud!... ¡Que el frío aprieta!.
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