Hannah Alarcón G.
Poeta asiduo al portal
Había invertido todos mis sentimientos en este proyecto de vida, que me sentía defraudada, vacía, sumamente enojada con él, con ella, conmigo.
Lo mejor que pude hacer fue tomar a mis hijos y los lleve con una amiga, no podía contarle lo que sucedía, las palabras simplemente no salían con coherencia. Me límite a decirle que me sentía mal y que necesitaba que los cuidará esa noche.
Regresé a casa y lloré. Lloré toda la tarde sin saber cual sentimiento o motivo era mayor que el otro. Desesperanza, rabia, tristeza, amargura, orgullo herido; era tanto que sentir a la misma vez que el cuerpo me dolía, como si alguien me hubiera usado de costal de boxeo. Y supongo que eso sucedió, el hombre que amaba había golpeado mi alma y mente con una realidad: ya no estaba. Destruía el mundo en el que vivía, donde creía que pisaba firme, el suelo se había desmoronado y yo, caía precipitadamente.
La odie a ella por entrometerse en nuestras vidas. Me culpe a mi por no haberlo obligado a dejarla. Me enoje con la vida, el destino o cualquier cosa que me ponía en esta situación. Pensé que podíamos solucionarlo, en tomar terapia, en perdonarlo.
Seguí llorando toda la noche, toda la mañana siguiente, toda la tarde. Ya en la madrugada mi cuerpo estaba exhausto, las lágrimas dejaron de salir, por más que mi alma deseaba seguir llorando. Mis ojos hinchados, pesaban como la losa del Pípila, y de mis labios solo salía un leve gemido de tristeza, obscuridad y vacío.
Tirada en un rincón de la habitación, no había más que dejarme llevar por ese sueño profundo, que hace tiempo quería invadir mi perturbada mente, y al cual, yo me resistía.
Pero fue pasado algunos días que pude entender: el responsable de todo era él.
Dicen que la ocasión hace al ladrón, y yo lo niego. Es una mentira. El que es honrado, lo es cuando nadie lo esta viendo, incluso cuando no hay nadie presente que observe sus acciones y lo alabe por ellas. El que es honrado lo es, por que tiene la convicción personal de serlo, no para quedar bien o por el que dirán. Así, una persona es fiel por que se decide a serlo, por convicción, por compromiso, por amor propio, por que se le pega la gana, pero lo es. Aunque se le monte la ex novia encuerada y no haya testigos. El que es fiel, se levanta y se va.
Y él, no lo fue. Me parece que un día al verla, le vinieron los bellos recuerdos de aquel amor y en lugar de verlos como, "recuerdos", los acarició, fantaseo con ellos. En lugar de desecharlos, dejo que crecieran las fantasías en su mente. Y se perdió en ellas.
Yo, había llegado al límite de mi fuerza y el último pensamiento que paso por mi mente fue: "por favor Dios, no me permitas despertar".
Pero no cumple caprichos. Y pasado el mediodía desperté.
Exhausta, deprimida, cansada de llorar, tome una decisión. Tenía que seguir adelante, había terminado mi periodo de duelo y había que trabajar.
¿Pero que es lo que a haría?
Tenía treinta y tres, dos hijos de uno y tres años, en un país extraño, con un idioma que nunca pude dominar, sin familia a la que acudir. Estaba sola.
Sentí como una sombra empezaba a invadir la habitación. Mi corazón que un segundo antes estaba latiendo, comenzó a detenerse, y se volvió pesado, cada vez más pesado; tuve que ponerme de rodillas para no caer de golpe. Podía sentir la soledad en mi pecho, como un gran vacío que iba creciendo. Si, así lo sentí, la soledad en medio de mi pecho crecía, invadiendo órganos, músculo, piel. Y su aliento era frío, el mayor que había sentido en la vida.
A gatas, trate se huir de esa sombra, tal vez el instinto de supervivencia fue el que me hizo llegar al baño. Corrí las persianas, encendí las luces y abrí el agua caliente. Necesitaba luz, sentir calor, requería obligarme a pensar que podía con esa responsabilidad.
Y busque en mis recuerdos a alguien que ya hubiera pasado lo que yo ahora vivía., que pudiera servirme de referencia sobre que y como hacerle.
También pensé en Doña Juanita. Una amiga de mi abuela a la que ponía de ejemplo cada que podía. Yo la conocí ya cuando sus hijos estaban grandes y todos casados. Pero según la historia fue así:
Juanita tenía cinco hijos, un esposo borracho y vividor que nunca le dió un centavo. Cuando llegaba el día de pago, se perdía todo el fin de semana y llegaba el lunes, sin dinero, apestando a alcohol y exigiendo comida caliente. Cuando se le servía, su ira se exacerbaba, pues sólo había frijoles, tortillas y chile. Y le caía a golpes a la pobre Juanita. Mi abuela le decía que lo corriera o lo dejara, que al fin, ella era quien sacaba a sus hijos adelante, lavando y planchado ajeno; que pensara en que un día, le podía dar un "mal golpe" (como si hubiera alguno bueno), y dejaría a los hijos solos con ese horrible hombre.
Pero la familia de ella pensaba muy diferente. "Es la cruz que te toco cargar", "hasta que la muerte los separe", "eres su mujer tienes que aguantarlo", "sea lo que sea, haga lo que haga, es tu esposo". Así que no tenía el apoyo de su familia. Estaba sola.
Un día, como tantas veces había pasado, estaba en el piso recibiendo las patadas y el cuartazo del cinturón del marido, cuando su hijo, el mayor, que tendría unos diez años, salió debajo de la cama (que era dónde se escondían los niños), y se le hecho encima al papá. No puedo imaginar el valor que requirió ese pequeño niño para enfrentarse a ese monstruo y tratar de defender a su mamá. ¿Pero que podría hacer un niño contra un rabioso adulto y su azote? Ahora la furia se desembocó en el frágil cuerpo de aquella criatura. Juanita, tirada en el piso, maltrecha, observo como implacable golpeaba a su hijo. No puedo estar segura, pero puedo imaginármelo. Tal vez fue el cansancio de la situación ya por años vivida, la humedad de la sangre corriendo en su rostro o fueron los gritos desgarradores, de aquel fruto de su vientre, lo que le dio fuerzas para levantarse. Tomó la vieja plancha de carbón y golpeó la cabeza de aquel salvaje. Y siguió golpeando sin consideración hasta que aquél saltó al niño. ¿Cuántos golpes fueron certeros, cuanto daño logro hacerle? Nadie pudo decirle. Pero es seguro que el pudo verle en los ojos el coraje y la valentía que hasta ese día no tenía. Pudo adivinar qué nunca más agacharía la cabeza, mucho menos tolerar que tocarán a sus hijos. Pudo ver la furia, la determinación, hasta entonces desconocida, de un ser humano cuando decide, “no más”. Ella lo echo de la casa. Y él muy obedientemente, se fue.
Mi abuela recuerda que ese día llegó a su casa, con todos los niños. Golpeada, con un ojo morado, sin algunos dientes, el brazo quebrado, la ropa ensangrentada. Le pidió ayuda y ella la llevo al doctor.
Mientras curaban a su mamá, el niño también era atendido de sus golpes. Pero el estaba feliz, radiante, dice mi abuela. Y varias veces le pregunto, "¿Verdad que ese hombre no va a volver a pegarnos mamá? ". Y sus ojos se iluminaban cuando ella respondía, "no hijo, no va a volver a pegarnos, te juro, que no va a volver a pegarnos".
Que extraordinario valor de madre e hijo. En un instante rompió con las cadenas que la ataban, el instinto maternal la llevo a dar su vida (por que la pudo haber matado aquel hombre), por salvar a su hijo. Estoy casi segura que en ese momento no dimensionó la grandeza de su acto. No sólo había salvado a uno de sus hijos, si no a todos, a ella misma. Había arrancado de las manos de la violencia a esas inocentes criaturas, los había salvado física, moral y mentalmente de las consecuencias de vivir encadenados a ella.
Aún que no fue fácil, Juanita no dejo de luchar. Lavaba ajeno, en aquellos años en los que la ropa blanca se hervía en grandes baños de aluminio con jabón amarillo, sobre brazas, en el piso de tierra de su patio. Le toco lavarle los uniformes, a mano, a la esposa del ultimo maquinista de locomotoras a carbón, los overoles de mezclilla gruesa se paraba solos, de lo sucio que quedaban. Además había que plancharlos y almidonarlos. La plancha se rellenaba de carbón al rojo vivo o se ponía sobre las braza (no tenía dinero para comprar una de luz). Esto fue hasta principios de los 60s, cuando corrió por última vez “la chorreada”, así le lloraba el maquinista a su fiel compañera. Y a pesar que entraron las máquinas a diésel a finales de los 40s, la lavada de ropa seguía siendo a mano. Además vendía comida. Se le veía salir con una gran olla, a vender por las calles o a la estación del tren, a veces gorditas, tamales. Siempre con sus niños, el mayor con una caja, amarrada al diablito, de refrescos, con una olla de atole o agua de sabor, según fuera el caso. El siguiente con una bolsa llena de papel revolución, me parece era el nombre, para ahí entregar los tamales o gorditas a los hambrientos viajeros del tren. Así, cada uno tenía una labor especial. Pero siempre justos mientras fueron niños.
En cuanto el mayor creció un poco, se iba de ayudante de albañil, remojando ladrillo o cargando botes, lo que fuera para ayudar a su madre. Mi abuela le juntaba ropa buena de sus hijos o de ella y le buscaba con amistades para dársela y que la vendiera en el mercado. Pero lo mas importante de todo por hacer, les decía Juanita, "tienen que estudiar"(ella no sabia leer, hasta años después). Y así lo hicieron estudiando y trabajando sacaron sus carreras. El mayor es maestro albañil. Los siguientes tres son: ingeniero, maestro, licenciado. La pequeña, la única mujer, tiene un salón de belleza y una escuela de estilismo.
Recuerdo que cuando la encontrábamos en la calle o iba de visita con mi abuela, veía sus dientes faltantes y pensaba, "que valiente es está señora, ¿podría alguna vez ser como ella?" Para mí era una verdadera heroína.
Mientras recordaba todo esto y el agua caliente caía, pude finalmente pensar. Si ella lo pudo hacer, sin saber leer, sin tener una carrera, sin el apoyo de su familia, ¿por que no podría yo hacerlo?
Ya me había enfrentado a retos. Por ejemplo. Cuando por fin se convenció mi padre que yo no iba a ver la vida como él, es decir: "mis hijas no necesitan un título por que ellas se van a casar y se van a dedicar a su casa. Mis hijos si, por que ellos van a tener una familia que mantener". Al yo no aceptar esa manera de pensar, fue tanto su enojo o decepción que me retiró su apoyo. En pocas palabras me dijo: "así que quieres una carrera, no quieres depender de ningún hombre, bueno pues, vamos a ver si puedes. El próximo mes que acabes la secundaria es lo único que vas a estudiar, si quieres seguir vas a tener que trabajar. Y si te metes a trabajar vas a tener que dar para el gasto, por que la comida y el techo no son gratis, no quieres que un hombre te mantenga, pues todos tus gastos los vas a cubrir tu sola, si te hacen falta calzones, a ver como le haces por que yo no te voy a dar ni un cinco". Después de escucharlo me dió tanto miedo el futuro, que quería decirle, "no es cierto papi, no te creas era broma". Pero el orgullo, fue mayor y no dije nada.
Así que fui por los niños. Solo pude decirle a mi amiga: "Me voy a divorciar, no se todavía lo que va a pasar. Gracias por cuidarlos, en verdad necesitaba tiempo a solas, en cuanto pueda vengo y platicamos". No pude contarle lo que pasaba, sentía que si hablaba de ello brotarían las lágrimas incontrolablemente y me volvería a hundir en la tristeza.
Viendo a mis hermosos hijos jugar en la sala, tome una libreta y comencé a hacer una lista de todo lo que deseaba. Después de dividir los deseos en imposibles, fuera de mi control y posibles, elegí las cosas que serían más importantes, aquellas que le darían dirección a mi camino.
Así que los lleve la tarde acordada. Y todo parecía muy normal, hasta que llegó mi suegra a recibirlos, extrañamente demasiado entusiasta.
Después del beso de costumbre.
- Bueno aquí se los dejo, ya le di a Doña Mari la mochila de los pañales y vengo por ellos en, ¿en una hora está bien?
- Cuál es la prisa hija, pásate un ratito.
Me toma fuerte del brazo para apoyarse y poder caminar hacia la casa.
- ¿Ya supiste las buenas noticias?
- No suegra, que pasó.
- Que ya por fin mi hijo dejo a la mujer esa. Que le salió como dicen ahora "de alto mantenimiento"; a mi no me quiso decir bien como estuvieron las cosas pero me contaron que le descubrió mensajes, fotos o algo que ver con otro pelado. Si yo bien le dije: "hijo, te va a salir mas caro el caldo, que las albóndigas". Pero no me hizo caso.
- Siéntese despacio, con cuidado. Deme un segundo voy a ver donde están los niños.
Y la deje ahí sentadita. Me fui a la búsqueda de los chicos. Entre en pánico tengo que reconocer. No por lo que me dijo, pues de alguna manera presentía que algo así pasaría, o tal vez muy dentro de mi, deseaba que pasara, como fuera, es algo que no estaba en mis manos, pero sabía que iba a ocurrir. Lo que me aterrorizaba era el entusiasmo que demostraba. Ella siempre fue prudente y se mantuvo al margen de la situación, aunque si me favorecía a mi y claramente me lo dijo.
Pero después de verla tan feliz, me la pude imaginar diciendo a los niños: "todo va a ser como antes, mamá y papá van a estar juntos otra vez". Esa idea fue la que me paniqueo (me parece que esa no es palabra, pero fue la señal que prendió mi cerebro en ese momento), no podía dejar que les metiera esa idea a la cabeza, una esperanza de algo que no va a pasar. Tal vez el más chico no lo entienda pero el mayor podría ilusionarse.
Lo primero que encontré fue la mochila. Después tuve que acarrear a mi rebaño, que corrían por toda la casa, patio y zaguán. Yo que no quería llamar la atención y los niños llorando que no se querían ir, habían visto el pastel y quería su rebanada.
-Pero por que qué nos tenemos que ir Mami, ya van a servir el pastel.
- Lo siento corazón, pasó algo y tenemos que, pero llegando a la casa te doy.
- Pero en la casa no hay Mami.
- Ahorita compramos uno.
- Tengo una idea, ¿por qué no nos llevamos el que está aquí y así no tenemos que gastar nuestro dinero? Es buena idea.
Con esa sonrisa que pone cuando cree tener la mejor idea del mundo mundial y sus ojos se iluminan como faros en la oscuridad. Una parte de mi se rio. La otra parte quería que me la tragara la tierra.
- Mi vida, ayúdame por favor, necesitamos irnos rápido, ahorita te cuento.
- ¡Abuelita – empezó a gritar- abuelita, ya me voy, sin pastel, ABUELITA!
Quería reír y llorar al mismo tiempo. En la vida había sentido esa sensación hasta que conocí a mis hijos.
Arrastrando hacia la salida a los dos chiquillos, uno en cada mano, más mi bolsa (que ya de por si es grande) y su mochila colgadas de los hombros, era imposible no ser notada.
Ya en la puerta le dije a Doña Mari:
- Dígale por favor a mi suegra que me acaba de llamar mi mamá, que se siente muy mal, voy a llevarla al doctor. Después le llamo para disculparme. Gracias Doña Mari, hasta luego.
Y salí corriendo. Mentí. Si, mentí, muy mal por cierto, pero lo que yo quería eran “alas” para dejar esa casa.
Me costó un helado el que mis hijos se conformarán. Pero de alguna manera creo que los salve de años de terapia.
Ya pasa del mes y no le he llamado, no sabia que decirle. Creo que una visita es lo mas correcto. Podría ser:
- Suegra me cae muy bien, se ha portado de lo mejor conmigo y los niños la aman. Cuando usted guste se los traigo. Pero tengo que ser sincera con usted. No voy a volver con su hijo, en ninguna circunstancia, bajo ningún concepto, no. Espero que encuentre paz y felicidad, para que cuando este con los niños, ellos se sientan felices con su papá. Espero que le vaya bien en el negocio para que siga cumpliendo como hombre responsable que ha sido, con la pensión de sus hijos. Pero no voy a volver con el.
Parece que eso es lo que le diré. Algún día. Cuando la vea. Jaja, tiene que ser pronto, ya le di muchas largas a eso.
Me pregunto si esa aventura de año y medio habrá válido la pena para ese hombre que hoy está solo. Pero es algo que no es de mi incumbencia. Ahora que ha finalizado esa historia con esos protagonistas, es hora de cerrar el libro y colocarlo en la repisa más alta del librero.
Y abro un libro en blanco y comienzo a escribir en él, con otras locaciones, diferentes circunstancias, con una nueva visión, con diferentes actores. Por que la vida es, creo yo, una sucesión de aventuras, de historias, de fábulas, de recuerdos. Y no dar marcha atrás, sólo queda vivirlo.
Lo mejor que pude hacer fue tomar a mis hijos y los lleve con una amiga, no podía contarle lo que sucedía, las palabras simplemente no salían con coherencia. Me límite a decirle que me sentía mal y que necesitaba que los cuidará esa noche.
Regresé a casa y lloré. Lloré toda la tarde sin saber cual sentimiento o motivo era mayor que el otro. Desesperanza, rabia, tristeza, amargura, orgullo herido; era tanto que sentir a la misma vez que el cuerpo me dolía, como si alguien me hubiera usado de costal de boxeo. Y supongo que eso sucedió, el hombre que amaba había golpeado mi alma y mente con una realidad: ya no estaba. Destruía el mundo en el que vivía, donde creía que pisaba firme, el suelo se había desmoronado y yo, caía precipitadamente.
La odie a ella por entrometerse en nuestras vidas. Me culpe a mi por no haberlo obligado a dejarla. Me enoje con la vida, el destino o cualquier cosa que me ponía en esta situación. Pensé que podíamos solucionarlo, en tomar terapia, en perdonarlo.
Seguí llorando toda la noche, toda la mañana siguiente, toda la tarde. Ya en la madrugada mi cuerpo estaba exhausto, las lágrimas dejaron de salir, por más que mi alma deseaba seguir llorando. Mis ojos hinchados, pesaban como la losa del Pípila, y de mis labios solo salía un leve gemido de tristeza, obscuridad y vacío.
Tirada en un rincón de la habitación, no había más que dejarme llevar por ese sueño profundo, que hace tiempo quería invadir mi perturbada mente, y al cual, yo me resistía.
Pero fue pasado algunos días que pude entender: el responsable de todo era él.
Dicen que la ocasión hace al ladrón, y yo lo niego. Es una mentira. El que es honrado, lo es cuando nadie lo esta viendo, incluso cuando no hay nadie presente que observe sus acciones y lo alabe por ellas. El que es honrado lo es, por que tiene la convicción personal de serlo, no para quedar bien o por el que dirán. Así, una persona es fiel por que se decide a serlo, por convicción, por compromiso, por amor propio, por que se le pega la gana, pero lo es. Aunque se le monte la ex novia encuerada y no haya testigos. El que es fiel, se levanta y se va.
Y él, no lo fue. Me parece que un día al verla, le vinieron los bellos recuerdos de aquel amor y en lugar de verlos como, "recuerdos", los acarició, fantaseo con ellos. En lugar de desecharlos, dejo que crecieran las fantasías en su mente. Y se perdió en ellas.
Yo, había llegado al límite de mi fuerza y el último pensamiento que paso por mi mente fue: "por favor Dios, no me permitas despertar".
Pero no cumple caprichos. Y pasado el mediodía desperté.
Exhausta, deprimida, cansada de llorar, tome una decisión. Tenía que seguir adelante, había terminado mi periodo de duelo y había que trabajar.
¿Pero que es lo que a haría?
Tenía treinta y tres, dos hijos de uno y tres años, en un país extraño, con un idioma que nunca pude dominar, sin familia a la que acudir. Estaba sola.
Sentí como una sombra empezaba a invadir la habitación. Mi corazón que un segundo antes estaba latiendo, comenzó a detenerse, y se volvió pesado, cada vez más pesado; tuve que ponerme de rodillas para no caer de golpe. Podía sentir la soledad en mi pecho, como un gran vacío que iba creciendo. Si, así lo sentí, la soledad en medio de mi pecho crecía, invadiendo órganos, músculo, piel. Y su aliento era frío, el mayor que había sentido en la vida.
A gatas, trate se huir de esa sombra, tal vez el instinto de supervivencia fue el que me hizo llegar al baño. Corrí las persianas, encendí las luces y abrí el agua caliente. Necesitaba luz, sentir calor, requería obligarme a pensar que podía con esa responsabilidad.
Y busque en mis recuerdos a alguien que ya hubiera pasado lo que yo ahora vivía., que pudiera servirme de referencia sobre que y como hacerle.
También pensé en Doña Juanita. Una amiga de mi abuela a la que ponía de ejemplo cada que podía. Yo la conocí ya cuando sus hijos estaban grandes y todos casados. Pero según la historia fue así:
Juanita tenía cinco hijos, un esposo borracho y vividor que nunca le dió un centavo. Cuando llegaba el día de pago, se perdía todo el fin de semana y llegaba el lunes, sin dinero, apestando a alcohol y exigiendo comida caliente. Cuando se le servía, su ira se exacerbaba, pues sólo había frijoles, tortillas y chile. Y le caía a golpes a la pobre Juanita. Mi abuela le decía que lo corriera o lo dejara, que al fin, ella era quien sacaba a sus hijos adelante, lavando y planchado ajeno; que pensara en que un día, le podía dar un "mal golpe" (como si hubiera alguno bueno), y dejaría a los hijos solos con ese horrible hombre.
Pero la familia de ella pensaba muy diferente. "Es la cruz que te toco cargar", "hasta que la muerte los separe", "eres su mujer tienes que aguantarlo", "sea lo que sea, haga lo que haga, es tu esposo". Así que no tenía el apoyo de su familia. Estaba sola.
Un día, como tantas veces había pasado, estaba en el piso recibiendo las patadas y el cuartazo del cinturón del marido, cuando su hijo, el mayor, que tendría unos diez años, salió debajo de la cama (que era dónde se escondían los niños), y se le hecho encima al papá. No puedo imaginar el valor que requirió ese pequeño niño para enfrentarse a ese monstruo y tratar de defender a su mamá. ¿Pero que podría hacer un niño contra un rabioso adulto y su azote? Ahora la furia se desembocó en el frágil cuerpo de aquella criatura. Juanita, tirada en el piso, maltrecha, observo como implacable golpeaba a su hijo. No puedo estar segura, pero puedo imaginármelo. Tal vez fue el cansancio de la situación ya por años vivida, la humedad de la sangre corriendo en su rostro o fueron los gritos desgarradores, de aquel fruto de su vientre, lo que le dio fuerzas para levantarse. Tomó la vieja plancha de carbón y golpeó la cabeza de aquel salvaje. Y siguió golpeando sin consideración hasta que aquél saltó al niño. ¿Cuántos golpes fueron certeros, cuanto daño logro hacerle? Nadie pudo decirle. Pero es seguro que el pudo verle en los ojos el coraje y la valentía que hasta ese día no tenía. Pudo adivinar qué nunca más agacharía la cabeza, mucho menos tolerar que tocarán a sus hijos. Pudo ver la furia, la determinación, hasta entonces desconocida, de un ser humano cuando decide, “no más”. Ella lo echo de la casa. Y él muy obedientemente, se fue.
Mi abuela recuerda que ese día llegó a su casa, con todos los niños. Golpeada, con un ojo morado, sin algunos dientes, el brazo quebrado, la ropa ensangrentada. Le pidió ayuda y ella la llevo al doctor.
Mientras curaban a su mamá, el niño también era atendido de sus golpes. Pero el estaba feliz, radiante, dice mi abuela. Y varias veces le pregunto, "¿Verdad que ese hombre no va a volver a pegarnos mamá? ". Y sus ojos se iluminaban cuando ella respondía, "no hijo, no va a volver a pegarnos, te juro, que no va a volver a pegarnos".
Que extraordinario valor de madre e hijo. En un instante rompió con las cadenas que la ataban, el instinto maternal la llevo a dar su vida (por que la pudo haber matado aquel hombre), por salvar a su hijo. Estoy casi segura que en ese momento no dimensionó la grandeza de su acto. No sólo había salvado a uno de sus hijos, si no a todos, a ella misma. Había arrancado de las manos de la violencia a esas inocentes criaturas, los había salvado física, moral y mentalmente de las consecuencias de vivir encadenados a ella.
Aún que no fue fácil, Juanita no dejo de luchar. Lavaba ajeno, en aquellos años en los que la ropa blanca se hervía en grandes baños de aluminio con jabón amarillo, sobre brazas, en el piso de tierra de su patio. Le toco lavarle los uniformes, a mano, a la esposa del ultimo maquinista de locomotoras a carbón, los overoles de mezclilla gruesa se paraba solos, de lo sucio que quedaban. Además había que plancharlos y almidonarlos. La plancha se rellenaba de carbón al rojo vivo o se ponía sobre las braza (no tenía dinero para comprar una de luz). Esto fue hasta principios de los 60s, cuando corrió por última vez “la chorreada”, así le lloraba el maquinista a su fiel compañera. Y a pesar que entraron las máquinas a diésel a finales de los 40s, la lavada de ropa seguía siendo a mano. Además vendía comida. Se le veía salir con una gran olla, a vender por las calles o a la estación del tren, a veces gorditas, tamales. Siempre con sus niños, el mayor con una caja, amarrada al diablito, de refrescos, con una olla de atole o agua de sabor, según fuera el caso. El siguiente con una bolsa llena de papel revolución, me parece era el nombre, para ahí entregar los tamales o gorditas a los hambrientos viajeros del tren. Así, cada uno tenía una labor especial. Pero siempre justos mientras fueron niños.
En cuanto el mayor creció un poco, se iba de ayudante de albañil, remojando ladrillo o cargando botes, lo que fuera para ayudar a su madre. Mi abuela le juntaba ropa buena de sus hijos o de ella y le buscaba con amistades para dársela y que la vendiera en el mercado. Pero lo mas importante de todo por hacer, les decía Juanita, "tienen que estudiar"(ella no sabia leer, hasta años después). Y así lo hicieron estudiando y trabajando sacaron sus carreras. El mayor es maestro albañil. Los siguientes tres son: ingeniero, maestro, licenciado. La pequeña, la única mujer, tiene un salón de belleza y una escuela de estilismo.
Recuerdo que cuando la encontrábamos en la calle o iba de visita con mi abuela, veía sus dientes faltantes y pensaba, "que valiente es está señora, ¿podría alguna vez ser como ella?" Para mí era una verdadera heroína.
Mientras recordaba todo esto y el agua caliente caía, pude finalmente pensar. Si ella lo pudo hacer, sin saber leer, sin tener una carrera, sin el apoyo de su familia, ¿por que no podría yo hacerlo?
Ya me había enfrentado a retos. Por ejemplo. Cuando por fin se convenció mi padre que yo no iba a ver la vida como él, es decir: "mis hijas no necesitan un título por que ellas se van a casar y se van a dedicar a su casa. Mis hijos si, por que ellos van a tener una familia que mantener". Al yo no aceptar esa manera de pensar, fue tanto su enojo o decepción que me retiró su apoyo. En pocas palabras me dijo: "así que quieres una carrera, no quieres depender de ningún hombre, bueno pues, vamos a ver si puedes. El próximo mes que acabes la secundaria es lo único que vas a estudiar, si quieres seguir vas a tener que trabajar. Y si te metes a trabajar vas a tener que dar para el gasto, por que la comida y el techo no son gratis, no quieres que un hombre te mantenga, pues todos tus gastos los vas a cubrir tu sola, si te hacen falta calzones, a ver como le haces por que yo no te voy a dar ni un cinco". Después de escucharlo me dió tanto miedo el futuro, que quería decirle, "no es cierto papi, no te creas era broma". Pero el orgullo, fue mayor y no dije nada.
Así que fui por los niños. Solo pude decirle a mi amiga: "Me voy a divorciar, no se todavía lo que va a pasar. Gracias por cuidarlos, en verdad necesitaba tiempo a solas, en cuanto pueda vengo y platicamos". No pude contarle lo que pasaba, sentía que si hablaba de ello brotarían las lágrimas incontrolablemente y me volvería a hundir en la tristeza.
Viendo a mis hermosos hijos jugar en la sala, tome una libreta y comencé a hacer una lista de todo lo que deseaba. Después de dividir los deseos en imposibles, fuera de mi control y posibles, elegí las cosas que serían más importantes, aquellas que le darían dirección a mi camino.
Así que los lleve la tarde acordada. Y todo parecía muy normal, hasta que llegó mi suegra a recibirlos, extrañamente demasiado entusiasta.
Después del beso de costumbre.
- Bueno aquí se los dejo, ya le di a Doña Mari la mochila de los pañales y vengo por ellos en, ¿en una hora está bien?
- Cuál es la prisa hija, pásate un ratito.
Me toma fuerte del brazo para apoyarse y poder caminar hacia la casa.
- ¿Ya supiste las buenas noticias?
- No suegra, que pasó.
- Que ya por fin mi hijo dejo a la mujer esa. Que le salió como dicen ahora "de alto mantenimiento"; a mi no me quiso decir bien como estuvieron las cosas pero me contaron que le descubrió mensajes, fotos o algo que ver con otro pelado. Si yo bien le dije: "hijo, te va a salir mas caro el caldo, que las albóndigas". Pero no me hizo caso.
- Siéntese despacio, con cuidado. Deme un segundo voy a ver donde están los niños.
Y la deje ahí sentadita. Me fui a la búsqueda de los chicos. Entre en pánico tengo que reconocer. No por lo que me dijo, pues de alguna manera presentía que algo así pasaría, o tal vez muy dentro de mi, deseaba que pasara, como fuera, es algo que no estaba en mis manos, pero sabía que iba a ocurrir. Lo que me aterrorizaba era el entusiasmo que demostraba. Ella siempre fue prudente y se mantuvo al margen de la situación, aunque si me favorecía a mi y claramente me lo dijo.
Pero después de verla tan feliz, me la pude imaginar diciendo a los niños: "todo va a ser como antes, mamá y papá van a estar juntos otra vez". Esa idea fue la que me paniqueo (me parece que esa no es palabra, pero fue la señal que prendió mi cerebro en ese momento), no podía dejar que les metiera esa idea a la cabeza, una esperanza de algo que no va a pasar. Tal vez el más chico no lo entienda pero el mayor podría ilusionarse.
Lo primero que encontré fue la mochila. Después tuve que acarrear a mi rebaño, que corrían por toda la casa, patio y zaguán. Yo que no quería llamar la atención y los niños llorando que no se querían ir, habían visto el pastel y quería su rebanada.
-Pero por que qué nos tenemos que ir Mami, ya van a servir el pastel.
- Lo siento corazón, pasó algo y tenemos que, pero llegando a la casa te doy.
- Pero en la casa no hay Mami.
- Ahorita compramos uno.
- Tengo una idea, ¿por qué no nos llevamos el que está aquí y así no tenemos que gastar nuestro dinero? Es buena idea.
Con esa sonrisa que pone cuando cree tener la mejor idea del mundo mundial y sus ojos se iluminan como faros en la oscuridad. Una parte de mi se rio. La otra parte quería que me la tragara la tierra.
- Mi vida, ayúdame por favor, necesitamos irnos rápido, ahorita te cuento.
- ¡Abuelita – empezó a gritar- abuelita, ya me voy, sin pastel, ABUELITA!
Quería reír y llorar al mismo tiempo. En la vida había sentido esa sensación hasta que conocí a mis hijos.
Arrastrando hacia la salida a los dos chiquillos, uno en cada mano, más mi bolsa (que ya de por si es grande) y su mochila colgadas de los hombros, era imposible no ser notada.
Ya en la puerta le dije a Doña Mari:
- Dígale por favor a mi suegra que me acaba de llamar mi mamá, que se siente muy mal, voy a llevarla al doctor. Después le llamo para disculparme. Gracias Doña Mari, hasta luego.
Y salí corriendo. Mentí. Si, mentí, muy mal por cierto, pero lo que yo quería eran “alas” para dejar esa casa.
Me costó un helado el que mis hijos se conformarán. Pero de alguna manera creo que los salve de años de terapia.
Ya pasa del mes y no le he llamado, no sabia que decirle. Creo que una visita es lo mas correcto. Podría ser:
- Suegra me cae muy bien, se ha portado de lo mejor conmigo y los niños la aman. Cuando usted guste se los traigo. Pero tengo que ser sincera con usted. No voy a volver con su hijo, en ninguna circunstancia, bajo ningún concepto, no. Espero que encuentre paz y felicidad, para que cuando este con los niños, ellos se sientan felices con su papá. Espero que le vaya bien en el negocio para que siga cumpliendo como hombre responsable que ha sido, con la pensión de sus hijos. Pero no voy a volver con el.
Parece que eso es lo que le diré. Algún día. Cuando la vea. Jaja, tiene que ser pronto, ya le di muchas largas a eso.
Me pregunto si esa aventura de año y medio habrá válido la pena para ese hombre que hoy está solo. Pero es algo que no es de mi incumbencia. Ahora que ha finalizado esa historia con esos protagonistas, es hora de cerrar el libro y colocarlo en la repisa más alta del librero.
Y abro un libro en blanco y comienzo a escribir en él, con otras locaciones, diferentes circunstancias, con una nueva visión, con diferentes actores. Por que la vida es, creo yo, una sucesión de aventuras, de historias, de fábulas, de recuerdos. Y no dar marcha atrás, sólo queda vivirlo.
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