Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La primavera en mi ciudad tarda en hacerse sentir. Está el frío reciente y recio, ese que sopla desde las montañas que se ven a lo lejos. Pero cuando termina mayo y comienza junio, de repente cambia el panorama y los árboles como por ensalmo se cubren con las hojas y las flores brotan adornando los jardines. Los castaños de Indias que cubren el paseo templan los ardores de los días de junio y esparcen una sombra generosa que regalan a los bancos de La Condesa. Allí nos refugiamos aves de todo pelo y yo, ahora que peino canas, siempre tropiezo allí con mis recuerdos
Cuando yo era niño, el paseo sólo tenía una altura y terminaba en una cerca de cemento que se vestía a tramos con unos bancos que se adornaban con el escudo de la ciudad. Del otro lado estaba el río, de pobre cauce, rodeado de chopos y con toda esa parafernalia de cañas y plantas que se dan a las orillas del agua. Con el buen tiempo, solía salir a pasear con mis padres, o a jugar con los hijos de sus amigos, de edades semejantes a la mía. Era entonces el momento mágico de sentarnos en los bordillos de los jardines y respirar el aroma penetrante de aquellas flores, o acercarnos a los parterres de las rosas, siempre vigilados por un guardia que impedía que los pequeños y los no tan chicos, se llevasen las flores para casa. Corríamos a las fuentes, invento que mortificaba a las madres pues nos poníamos pingando de agua, pero que venían a calmar aquella sed inmensa que se nos despertaba después de correr entre las gentes y en derredor de los bancos, en aquellos juegos que se inventaban cada tarde. A veces, cuando el sol se iba poniendo, nos llegábamos hasta la barandilla que daba por encima del salón de baile del Universal, donde una orquestina tocaba y las parejas de novios bailaban buscando un poco de intimidad.
Otros días, esperaba que mi padre saliese del trabajo y me fuese a buscar por La Condesa. Cuando le veía llegar, corría hacia él con auténticas ganas de su abrazo, de su risa franca y aquel olor de tabaco que impregnaba su chaqueta de impenitente fumador me envolvía como algo familiar y cotidiano.
Alguna de esas tardes, aparecía por el paseo un hombre, que a mí por aquel entonces me parecía muy alto, enfundado en una chaquetilla blanca y un gorro de cocinero sobre la cabeza. En su mano izquierda sostenía una bandeja grande, abultada, tapada siempre por un paño inmaculado. Y voceaba con voz profunda: “Al rico parisién. Parisién, Al rico parisién”. Era aquel parisién una oblea recogida en forma de canutillo, que desprendía un delicioso olor a canela.
Entonces, mi padre llamaba al hombre y le pedía uno de aquellos parisienes. Él , levantaba el paño, y con una pinza de pastelero cogía con delicadeza una de aquellas maravillas y me la ponía en la mano. Pagaba religiosamente mi padre y yo me disponía a tomar aquella golosina, con auténtico deleite. Era un momento de felicidad. De esa felicidad que, en ocasiones, sienten los niños. Mientras comía el parisién, mi padre me llevaba de la mano para casa y se le dibujaba una enorme sonrisa.
Creo que desde entonces, mis momentos felices se acompañan de olor a canela.