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El palomar

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Sonriendo...
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Aquí si es verdad, que mamá Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.

Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por mamá Julia, quien conocía la historia particular de cada paloma, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz o gorjeo, al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparada.
 
Con la lectura, giré la manija del tiempo y pude vislumbrar las imágenes detalladas de la prosa. Crecí entre los gallos y gallinas de mi padre y en cierto modo, la dedicación es la misma. Gracias por compartir tu exquisito trabajo. Saludos venezolanos.
 
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Aquí si es verdad, que mama Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.
Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por Mama Julia, quien conocía la historia particular de cada palom@, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparad@.
La presencia de tu abuela en tu vida es indudable,la veo a tu lado protejiendote ,buen relato.Besos
 
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Aquí si es verdad, que mama Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.
Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por Mama Julia, quien conocía la historia particular de cada palom@, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparad@.

Que buena narración Poeta, ya me dan ganas de conocer a Doña Julia. Un beso
 
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Aquí si es verdad, que mama Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.

Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por Mama Julia, quien conocía la historia particular de cada palom@, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz o gorjeo, al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparad@.
Ya veo porque las palomas tienen un trocito de tu corazón gracias a tu abuela, entrañable relato en el que queda claro tu buena prosa y tu amor por tu yaya. Inevitable nostalgia la de tus versos amiga Mireya. Besote con cariño: MMUUAAKKSS. Paco.
 
Una historia más de esas que van forjando el corazón de todos los seres, para cuando uno llega a la madurez regirse por esos valores que por desgracia casi nadie enseña pero que nos gusta pasar en el boca a boca a quienes amamos.¡Magistral prosa! Un verdadero placer disfrutar de la maravilla y profundidad de tu escrito, Mireya, recibe la más sincera felicitación y saludo.
 
Ya veo porque las palomas tienen un trocito de tu corazón gracias a tu abuela, entrañable relato en el que queda claro tu buena prosa y tu amor por tu yaya. Inevitable nostalgia la de tus versos amiga Mireya. Besote con cariño: MMUUAAKKSS. Paco.


Que pena Paco, no haber respondido en su momento, pero igual agradezco infinitamente tu visita y hermoso mensaje.
Esta prosita si así se le puede llamar es parte de una larga colección que tengo de anécdotas con mi abuelita, un librito de recuerdos bonitos.
Mi abrazo para ti.
 
Última edición:
Una historia más de esas que van forjando el corazón de todos los seres, para cuando uno llega a la madurez regirse por esos valores que por desgracia casi nadie enseña pero que nos gusta pasar en el boca a boca a quienes amamos.¡Magistral prosa! Un verdadero placer disfrutar de la maravilla y profundidad de tu escrito, Mireya, recibe la más sincera felicitación y saludo.


Hola Daniel, ya veo que andas desempolvando temas del baúl de Mireya jajaja, GRACIAS por ello.
Sí, en efecto las historias vividas al lado de mi abuela materna son las raíces de mi formación espiritual por ello la bendigo donde quiera que este.
Agradecida de tu gesto te dejo un fraternal abrazo.
 
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Aquí si es verdad, que mamá Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.

Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por mamá Julia, quien conocía la historia particular de cada paloma, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz o gorjeo, al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparada.
Muy linda y refrescante lectura nos regalas con esta bella prosa. Mucho la he disfrutado.
Aplausos .
Abrazos.
 
Oh, bella flor de sus raices, que te muestras generosa con tal belleza, y sin duda de sus genes eres portadora.
Yo me inclino ante la sencilla hermosura que engalana tu alma.
¡FELICIDADES PRIMAVEYA!
Y felicidades a "mama JULIA, que tubo suficiente amor para sembrarlo en ti "blanca palomEYA".
Es un bello gesto honrar y honra merece quienes se muestran orgullosos de sus ancentros.
¡Bendiciones y alegre paz desde la Tierra al cielo para que en vuestras sendas florezcan siempre divinas sonrisas!
DaliyEya


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Oh, bella flor de sus raices, que te muestras generosa con tal belleza, y sin duda de sus genes eres portadora.
Yo me inclino ante la sencilla hermosura que engalana tu alma.
¡FELICIDADES PRIMAVEYA!
Y felicidades a "mama JULIA, que tubo suficiente amor para sembrarlo en ti "blanca palomEYA".
Es un bello gesto honrar y honra merece quienes se muestran orgullosos de sus ancentros.
¡Bendiciones y alegre paz desde la Tierra al cielo para que en vuestras sendas florezcan siempre divinas sonrisas!
DaliyEya


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Que bonito acaricias mi alma Vidalito de mi corazón.
Ahora que releo esto veo lo sencillo que es, tal vez si lo editara de nuevo quedaría mas literario peeerooo como pa´que si lo que he querido es hablar y hablar de mi Mama Julia, y lo escribo con mayúscula porque para mi ese es su nombre, en grande como su amor infinito, este reconocimiento ha tocado mi fibra emocional, de verdad que me hace feliz que al hablar de mi abuelita merezca esto para ella, si me escucharan hablar a diario se agotarían los reconocimientos porque cada tres temas sale uno de ella jajaja y mira que yo hablo hasta por los codos.
AMEN...AMEN...AMEN mi amplia sonrisa florece para ti.
EyayDali

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Prosa del MES

(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)

Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM

Llego a ese palomar como manso y contento palomo, a dejar mi alegria y felicitaciones por este merecido nuevo premio, que me llena de gozo, besos.


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Aquí si es verdad, que mamá Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.

Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por mamá Julia, quien conocía la historia particular de cada paloma, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz o gorjeo, al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparada.
Qué bella prosa Mireya, siempre se aprende de los más grandes y a través de tus palabras sé que tu vida está llena de inolvidables recuerdos y experiencias que te hacen la gran persona que eres. Muy merecido el premio que hoy celebro con aplausos y mucha admiración. Un abrazote hoy día.
 
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Aquí si es verdad, que mamá Julia se lucia, con sus historias tan reales, que capacidad tan hermosa y hasta envidiable la de esas personas de pueblo el cultivar como arte milenario oriental, la paciencia, la tolerancia, ser silentes observadores del mundo que los rodea en especial lo que a la naturaleza y todos sus elementos se refiere. Adoraba las plantas y los animales, sus preferidas las palomas.

Poseía un palomar en un rincón del patio, una pequeña edificación de madera que parecía un hotel cinco estrellas, tenía muchos espacios cuadraditos con cierta profundidad, cada uno de ellos era una casita para una paloma o palomo, esas habitaciones eran decoradas por sus propios habitantes con pajillas, ramitas que traían en sus picos de otros lugares para hacer sus nidos, y poder poner sus huevitos.


No podía faltar pues como en todo hotel cinco estrella, el agua para ellas todo un océano, un embalse hecho de concreto muy rustico en el cual tomaban su hidratación y sus baños a sol abierto, para luego abrir sus admirables alas y tomar otro baño esta vez de sol, muy quietas se posaban sobre la arena, el cercado o entre las matas ornamentales.

Este paisaje, era cuidadosamente custodiado por mamá Julia, quien conocía la historia particular de cada paloma, su raza/origen, quien era hijo de quien, no hay data documentada, sin embargo el ojo visor de su custodia no podía fallar, pues se sentaba sigilosamente a observar la rutina de sus palomas, sus características físicas, cada detalle que brindaba era impresionante en verdad, a los de mejor plumaje les ponía nombre, de vez en cuando les cortaba las puntas de las plumas para que no migraran y dieran cría.


Les conocía hasta el sonido de su voz o gorjeo, al igual que lo imitaba con tal singularidad, que les confundía tal vez, cuando lo hacía venían hacia ella, hoy día me atrevería a decir que le hacían reverencia.

Es tan solo una historia más de mi abuelita, que además de traerme gratos recuerdos de mi infancia, me deja como aprendizaje el valor por las cosas sencillas, la naturaleza y la siembra de la paciencia y la observación como virtudes, herramientas útiles y necesarias en tiempos de vicisitudes inesperadas en la vida para las cuales nadie esta preparada.
Bonito relato del palomar que me ha encantado leerte. Un fuerte abrazo amiga.
 
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