Aquel noble y fornido caballero, con león de armas inscrito en su descabellado escudo de plata, doblega con espada de fuego al muy maltrecho árabe de turbante ensangrentado. En la majestad del mediodía, el impío enemigo exhala el hálito de vida. Y los ojos rabiosos de nuestro héroe se cubren de un vapor de incienso sacro que hace que caiga en una especie de dadivosa complacencia; teñida de paz perpetua. Acompaña su feliz victoria con un alarido de brutal desahogo. Entonces, preso ya de una tranquilidad anímica, da gracias a Dios por la victoria. Mientras clava el arma de pendencias en el suelo polvoriento. Haciéndose la forma de una cruz ante la cual el vencedor se postra de hinojos. El sol le da en plena faz apesadumbrada. Pues, a pesar de haber matado a un infeliz infiel, siente en su corazón la compasión milagrosa hacia toda criatura viviente que le rodea. Cuán diferente sería, pensando en sus duras mientes, si hubiese dialogado contra el ya aciago cadáver sobre sus intenciones de misteriosas asechanzas. Inscritas en su pecho con una desbordante luna menguar.