De los estambres de la flor venenosa, un dios soñador usurpa el aroma vegetativo. Que penetra por su nariz romana. Es un día de sombras tumbadas en el verde campo. Y nuestro glorioso genio de las azuladas alturas ya siente el efecto narcótico. En su desequilibrado pensamiento de tormentas y relámpagos. Va caminando como un renqueante enfermo nonagenario. Mientras que una risa plateada, manada de una roca de fuego, enerva el espíritu de quien se sentía por entonces inmortal. Pero, observa a lo lejos una mujer de luciérnaga mirada. La cual, haciéndole señas, lo invita a seguirla. Él, la va escrutando a pasos mortecinos. Mientras, el cielo se cubre con la llama chispeante de la noche. Cuando ya la alcanza, observa que la fémina lleva una rosa podrida en su blanca mano. Entonces, se transfigura la masa cálida que circunda un bosque de cipreses. Y el dios intuye que es el presagio de un adiós funesto.