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El Muerto

Edouard

Poeta adicto al portal
Bajo aquella inmensa haya yace enterrado el resto corpóreo de un concupiscente monje. Que en flagrante delito de amoríos incestuosos le dio leal muerte el padre iracundo de su núbil hermana. Ahora nadie va allí para rezar una santa oración copiosa por su negra alma. Saben que ríe de júbilo en el infierno. Donde con Satanás toca el violín de fuego. Preso de un frenesí obcecado que le martiriza su aura de pasto intelectivo. Pero aún sigue añorando la vida mortal. Por eso, cada primer día de cuaresma; cuando la noche abre el broche de su blusa carmesí, la luna de hierro lo guía otra vez hacia su malhadada tumba. Donde nadie está de cuerpo presente. Ni siquiera para dejar un ramo de flores bajo el maltrecho crucifijo que hunde su base en la tierra húmeda. Entonces, enervado y preso de un delirio de mil demonios, desbroza con su hoz sarmentosa los pocos lirios que quedaron naciendo a cada esquina de su añorado y desesperanzado montículo vacuo de mortandad.
 
homo-adictus, nuestro singular religioso cavó su propia tumba. Al esmerarse en adueñarse complaciente de la frágil inocencia de su prohibida hermana que tanto vigilaba su padre devoto. Recibió la muerte y fue a parar a las regiones obscuras, donde el demonio de la perversidad se alegraría junto a él con una música desvariada de frenesí loco que el monje en cuestión se complacería en tañer. Pero en lo más profundo de su ser, una especie de melancolía le recorría su esencia ya de sentenciado espíritu incorpóreo: queriendo volver a contemplar el lugar donde habían sido enterrados sus huesos. Nadie había osado dejar ni un mísero detalle por su memoria. Y él, embargado de ira pertinaz y loca, terminó por desgajar del lugar de su siniestro reposo las pocas flores de la esperanza que hundían brecha en su foso maldito y calamitoso. Atentamente Edouard.
 
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