Bajo aquella inmensa haya yace enterrado el resto corpóreo de un concupiscente monje. Que en flagrante delito de amoríos incestuosos le dio leal muerte el padre iracundo de su núbil hermana. Ahora nadie va allí para rezar una santa oración copiosa por su negra alma. Saben que ríe de júbilo en el infierno. Donde con Satanás toca el violín de fuego. Preso de un frenesí obcecado que le martiriza su aura de pasto intelectivo. Pero aún sigue añorando la vida mortal. Por eso, cada primer día de cuaresma; cuando la noche abre el broche de su blusa carmesí, la luna de hierro lo guía otra vez hacia su malhadada tumba. Donde nadie está de cuerpo presente. Ni siquiera para dejar un ramo de flores bajo el maltrecho crucifijo que hunde su base en la tierra húmeda. Entonces, enervado y preso de un delirio de mil demonios, desbroza con su hoz sarmentosa los pocos lirios que quedaron naciendo a cada esquina de su añorado y desesperanzado montículo vacuo de mortandad.