Amarrado con cuerdas sarmentosas a un viejo roble, el muchacho de triste mirada gime por una penalidad que deberá sufrir dos noches y un milagroso día. Al cabo del cual, figuras magnéticas de populoso semblante se acercarán hacia él y, mojando sus escarchados labios con esponja empapada en vinagre, lo desatarán para conducirlo a la corte real. Donde allí, dará prenda obligada de oro y plata por un insolente hurto que fraguó. Él se considera inocente. Mas las máscaras míticas que cubren los rostros de sus vanidosos verdugos, están dispuestas a caer para que aquellos le corten la cabeza si no afirma lo contrario. Entonces, preso de la ansiedad y el miedo acuciante, menea de arriba a abajo su cabeza en señal de vil sumisión. Las luces se apagan. Y a obscuras lo condenan a pasar el resto de su vida en un calabozo mugriento. Él se resiste ante la injusta sentencia. Pero ya es tarde. Nunca más volverá a ver la salida del sol.