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El Muchacho

Edouard

Poeta adicto al portal
Amarrado con cuerdas sarmentosas a un viejo roble, el muchacho de triste mirada gime por una penalidad que deberá sufrir dos noches y un milagroso día. Al cabo del cual, figuras magnéticas de populoso semblante se acercarán hacia él y, mojando sus escarchados labios con esponja empapada en vinagre, lo desatarán para conducirlo a la corte real. Donde allí, dará prenda obligada de oro y plata por un insolente hurto que fraguó. Él se considera inocente. Mas las máscaras míticas que cubren los rostros de sus vanidosos verdugos, están dispuestas a caer para que aquellos le corten la cabeza si no afirma lo contrario. Entonces, preso de la ansiedad y el miedo acuciante, menea de arriba a abajo su cabeza en señal de vil sumisión. Las luces se apagan. Y a obscuras lo condenan a pasar el resto de su vida en un calabozo mugriento. Él se resiste ante la injusta sentencia. Pero ya es tarde. Nunca más volverá a ver la salida del sol.
 
homo-adictus, pobre muchacho. Seguro que era inocente perpetuo de un hurto que nunca jamás realizó. Pero, como la justicia es ciega en su semblante de enmascarada hipocresía, lo llevaron - después de que el pobre infeliz fuera liberado de sus ataduras a un árbol ignominioso- a un palacio donde le obligarían a pagar primero tributo monetario. Para, acto seguido, extorsionarlo con la pena capital si negaba su falsía culpa. El resto ya era cómo se debía esperar. Lo sumergieron en las tinieblas para dictar fatal orden de arresto eterno en alguna celda malhadada. Donde ya no volvería a ver la luz del astro diurno. Atentamente Edouard.
 
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