café en chernobyl
Poeta recién llegado
Antaño, los locos bebían el líquido
de los relojes de pared,
y abrazaban gorditas de Rubens,
olor a sábila, por la cintura.
En el alba, en el lecho, las sorprendían
a machetazos y las enterraban
bajo una higuera.
Entonces, pasaron mil años,
Jesucristo vagaba hacia el Asia menor
y sintió ese aroma a lujuria
y lo escupió.
Mi alma bruna, infinita como el negro
color del ciego, supo de estos
cráneos celosos
que gesticulaban poesía,
decían saber los ingredientes exactos
para preparar el mejor vino.
Tenia que matar a mi madre,
pero ella era una torta de gusanos,
un verso encerrado
en un cofre.
Entonces hacer una guerra.
Quise descubrir el sexo del urano irani
la pepita ilegal de
las cámaras de gas yanquis.
Pero mi brazo no era
tan macizo como el cemento seco.
Me embriagué en bulines, recé en catedrales,
los vampiros iban con su barca
a posarse en la neblina de mis ideas,
en las cortinas de mi ergástula
se desnudaba un arcángel.
Su rostro era horrísono,
como lenguas de vaca en inodoro;
su voz, era el estertor del miedo fumador.
Me oriné y oriné el mar.
Cerré los ojos y me enclaustré en una
cartuja, donde bebo del mejor vino,
olvidando lo que dicen
los periódicos.
de los relojes de pared,
y abrazaban gorditas de Rubens,
olor a sábila, por la cintura.
En el alba, en el lecho, las sorprendían
a machetazos y las enterraban
bajo una higuera.
Entonces, pasaron mil años,
Jesucristo vagaba hacia el Asia menor
y sintió ese aroma a lujuria
y lo escupió.
Mi alma bruna, infinita como el negro
color del ciego, supo de estos
cráneos celosos
que gesticulaban poesía,
decían saber los ingredientes exactos
para preparar el mejor vino.
Tenia que matar a mi madre,
pero ella era una torta de gusanos,
un verso encerrado
en un cofre.
Entonces hacer una guerra.
Quise descubrir el sexo del urano irani
la pepita ilegal de
las cámaras de gas yanquis.
Pero mi brazo no era
tan macizo como el cemento seco.
Me embriagué en bulines, recé en catedrales,
los vampiros iban con su barca
a posarse en la neblina de mis ideas,
en las cortinas de mi ergástula
se desnudaba un arcángel.
Su rostro era horrísono,
como lenguas de vaca en inodoro;
su voz, era el estertor del miedo fumador.
Me oriné y oriné el mar.
Cerré los ojos y me enclaustré en una
cartuja, donde bebo del mejor vino,
olvidando lo que dicen
los periódicos.