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El lloro concurrente del deseo

León_es

...no soy poeta, solo escribo...

El cristal roto de la pena no preocupa,

caigan las lágrimas, sí, como lluvia de salmuera

sobre el asfalto tibio en la siesta.

Me importa la inundación,

la marea negra y viscosa sube por las escaleras del cráneo,

llenando habitaciones vacías de la conciencia

con agua pesada,

un líquido que huele a factura impagada,

a plástico nuevo.

La conciencia ahora es una cisterna que pide ser llenada.

No de agua, no de aire,

de materialismo concurrente.

Una sed que tiene forma de caja fuerte

con cerradura de nácar.

Bebes y la sed crece.

Ofreces y la mano se retrae, hecha un puño.

Intentas compartir el banquete

y el mantel se vuelve de arena movediza,

tragándose los cubiertos de plata

y las promesas.

El deseo es un caracol

que arrastra una casa rodante de oro.

Lo quieres ver rodar,

lo quieres mostrar en la vitrina del asombro,

cada giro es la rueda de un molino

moliendo tu propia paz.

La espalda es el mapa de los sueños olvidados.

La paz, un pájaro ciego en una jaula de terciopelo.

Desde esa neblina dorsal,

aparece la mano sin dueño,

empuñando un cuchillo de obsidiana

cuyo filo dice: "No gozarás".

La puñalada no duele, desordena,

dispersa las piezas del puzzle

de la alegría que hubieras construido.

Y el clímax final: no es la herida,

es el conocimiento frío

de que el placer siempre fue

un horizonte de gasa,

una silla de terciopelo que nunca existió

donde querías sentarte.

Solo queda el eco del como hubieras querido,

un grito silencioso.

 
El cristal roto de la pena no preocupa,

caigan las lágrimas, sí, como lluvia de salmuera

sobre el asfalto tibio en la siesta.

Me importa la inundación,

la marea negra y viscosa sube por las escaleras del cráneo,

llenando habitaciones vacías de la conciencia

con agua pesada,

un líquido que huele a factura impagada,

a plástico nuevo.

La conciencia ahora es una cisterna que pide ser llenada.

No de agua, no de aire,

de materialismo concurrente.

Una sed que tiene forma de caja fuerte

con cerradura de nácar.

Bebes y la sed crece.

Ofreces y la mano se retrae, hecha un puño.

Intentas compartir el banquete

y el mantel se vuelve de arena movediza,

tragándose los cubiertos de plata

y las promesas.

El deseo es un caracol

que arrastra una casa rodante de oro.

Lo quieres ver rodar,

lo quieres mostrar en la vitrina del asombro,

cada giro es la rueda de un molino

moliendo tu propia paz.

La espalda es el mapa de los sueños olvidados.

La paz, un pájaro ciego en una jaula de terciopelo.

Desde esa neblina dorsal,

aparece la mano sin dueño,

empuñando un cuchillo de obsidiana

cuyo filo dice: "No gozarás".

La puñalada no duele, desordena,

dispersa las piezas del puzzle

de la alegría que hubieras construido.

Y el clímax final: no es la herida,

es el conocimiento frío

de que el placer siempre fue

un horizonte de gasa,

una silla de terciopelo que nunca existió

donde querías sentarte.

Solo queda el eco del como hubieras querido,

un grito silencioso.

Es una lucha constante, la pesada carga de la conciencia materialista y el anhelo por la paz interior.

Saludos
 
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