Escritor perdido
Poeta recién llegado
El día que compré aquel libro iba contando los segundos para llegar a casa y comenzar a devorarlo. Cuando llegué me senté en mi mullido sillón, encendí la lámpara y puse algo de música. Después como un águila con su captura, me puse a observarlo cuidadosamente, viendo por dónde daría el primer picotazo.
Lo abrí y empecé a leerlo, de repente una hoja cayó al suelo, luego otra y luego una decena más; desconsolado caí al suelo y me puse a recoger las hojas, las ordené y pensé en mi mala suerte; ¿cómo podría leer el libro así?, me pregunté. Rebusqué en mis bolsillos y tras un rato de hurgar en ellos encontré el vale, mañana lo devolvería sin falta; pensé.
Me fui pesaroso a la cama, la desgana me podía; el sueño en cambio no. Daba vueltas en la cama pensando que le pasaría a aquel libro. ¿Qué sería de él?. Su sino, ¿la reparación, la destructora o el fuego?. De repente llegó la mañana, y con ella las dudas aumentaban. Desayuné, me aseé y me vestí, abrí la puerta y encaminé mis pasos hacia la tienda.
Según iba llegando miraba la bolsa, en ella el libro que deseaba leer, deshojado y roto pero con la historia, con la esencia de su contenido, con las letras que deseaba leer y con los personajes que quería conocer. Cuando llegué a la puerta la dependienta me miró y me recibió con un cordial saludo.
- Buenos días señor, algún problema con el libro.
- Ninguno, señorita, ninguno. Solo quería decirle que me encantó y no olvide recomendarlo; es un libro que merece la pena.
- Así haré caballero, que tenga un buen día.
Me despedí, y encaminé los pasos anteriormente dados de regreso a mi casa. Cuando llegué, calenté café y me serví una generosa taza, me senté en la silla de la cocina y esparcí mi desvencijado libro por la mesa; después solamente leí.
Lo abrí y empecé a leerlo, de repente una hoja cayó al suelo, luego otra y luego una decena más; desconsolado caí al suelo y me puse a recoger las hojas, las ordené y pensé en mi mala suerte; ¿cómo podría leer el libro así?, me pregunté. Rebusqué en mis bolsillos y tras un rato de hurgar en ellos encontré el vale, mañana lo devolvería sin falta; pensé.
Me fui pesaroso a la cama, la desgana me podía; el sueño en cambio no. Daba vueltas en la cama pensando que le pasaría a aquel libro. ¿Qué sería de él?. Su sino, ¿la reparación, la destructora o el fuego?. De repente llegó la mañana, y con ella las dudas aumentaban. Desayuné, me aseé y me vestí, abrí la puerta y encaminé mis pasos hacia la tienda.
Según iba llegando miraba la bolsa, en ella el libro que deseaba leer, deshojado y roto pero con la historia, con la esencia de su contenido, con las letras que deseaba leer y con los personajes que quería conocer. Cuando llegué a la puerta la dependienta me miró y me recibió con un cordial saludo.
- Buenos días señor, algún problema con el libro.
- Ninguno, señorita, ninguno. Solo quería decirle que me encantó y no olvide recomendarlo; es un libro que merece la pena.
- Así haré caballero, que tenga un buen día.
Me despedí, y encaminé los pasos anteriormente dados de regreso a mi casa. Cuando llegué, calenté café y me serví una generosa taza, me senté en la silla de la cocina y esparcí mi desvencijado libro por la mesa; después solamente leí.