El Iracundo Sátiro
Yo soy, corazón ingrato, hastiado de sexo y de licor, el que ha robado perversamente el fruto de vuestro amor. Contra mí apunta tus retorcidas garras, escúpeme, sacrifícame e hiéreme con tu indiferencia, si al fin y al cabo tan solo soy un obstáculo entre la virtud y el deshonor. Oscuro eslabón ennegrecido por siglos de odios, tú: compañera triste, tampoco fuiste menos de lo que he sido yo. La virtud y el deshonor se desprecian mutuamente y refugiadas cada cuál en sus tenebrosas esencias procuran cercenar sus almas, pero hay alguien, un ser indómito, animal salvaje que se intercala en la mitad del nervio y no les permite ejecutar sus infamias, ese he sido yo. Todos me maldicen impregnados en alcohol, todos los que dicen amarme me insultan y me injurian cuando no estoy, y entre esos seres libres de razón y absortos en el horror del pecado estás tú compañera mía, a ti deberían ajusticiarte los angeles malignos de la redención cuando ya no estén mis carnes, serán tus gritos los que se estrellarán contra los cristales enmohecidos del infierno, donde escucharé atormentado el canto amargo de un ser distante que fenece en el dolor, con sus miembros mutilados y destrozado su corazón. El hombre es un ser ingrato por espontánea vocación, el hombre y el mar desaíran al amor y lo empujan a morar en los inframundos del resentimiento intelectual, porque les parece el sentimiento más volátil y el más dado a las fatalidades del alma, y no los juzgo, han de tener razón. Todo hombre que llega a viejo está enfermo sin tener nada, por eso busca en la juventud agotar sus ansias colgados del seno de un femenino corazón porque piensan que allí está el secreto de la pasión, pero así como el hombre es un genuino Dantalión, la mujer perversa es un cruel Basilisco que ha de anhelar los perennes surcos de aquellos místicos pasos, ¿Por quién luchar entonces? ¿Si es la mujer fruto pecaminoso de todo hombre y es el hombre consecuencia de ellas, porque aferrarse a la absurda idea de adorar sus carnes?. Yo he sido el fruto maldito de alguna pasión, eres tu la que se empeñó en adorarme, pensando conseguir en mis entrañas un gen divino que pudiese colmar tus ansias, no llores ahora los miserables tratos que en mi desgracia te he procurado, si sabiendo que era mi alma hija del pecado, te arrimaste a ella buscando espantar tus diablos. Yo soy; mujer a quién has vencido, no esperes ahora que mis despojos te den grandezas, si ya estoy derrumbado sobre el tálamo y agonizo a través del furor de esta herida tuya, no pretendas en mis pobres carnes hallar el consuelo a tu frustración de espíritu vengador que quiere reinvindicarse venciendo al trastulo que perforó otro seno ajeno al tuyo. Yo he pisoteado a la flor más casta que brotó en la soledad, es a esa flor a quién le corresponde cobrar venganza, puesto que aunque eres mujer, a ti nunca te he ofendido no entiendo porque me lástimas con el hierro de tu infamia.
Pero inútil es pregonar cuando se está sumergido en un mar de sangre, la languidez de la tarde ahoga mi aliento con sus crepúsculos empantanados de odios y salpicados de la misma savia que inunda mis entrañas. El hombre es un ser saturado de odios que solo comprende la grandeza del perdón cuando ya no hay perdón para otorgar, entonces parecemos buenos y mendigamos la nobleza en el fondo de las piadosas almas, pero si hundido como estamos y a punto de fenecer viniese la mano del ángel y nos rescata, ya instalados en la áspera superficie de un verde prado, buscaríamos un grueso tronco y machacaríamos esa misericordiosa mano, porque lo que nos asusta es la idea inescrutable de la eterna muerte y no la angustia lujuriosa de vivir en el pecado. Yo soy; mujer ese compañero antiguo que pobló tu cuerpo de esplendor, a mi me debes los lascivos gozos que en tus noches de excitación soñaste, a mi los besos fingidos, los siniestros latidos de un corazón libidinoso que junto al tuyo se entregó, más sin embargo, de ti reniego las caricias que fueron fingidas y que a mi alma tanto llenaron de amargos sinsabores y de tristes desencantos. Yo fui tu antiguo mal y tu el mío, y sin embargo en esta noche de dolor no me asesina tu rencor, sino la mano despiadada y dura que sin piedad me acusa de las culpas y de los desencantos que fueron de ambos.
Albo Aguasola
Yo soy, corazón ingrato, hastiado de sexo y de licor, el que ha robado perversamente el fruto de vuestro amor. Contra mí apunta tus retorcidas garras, escúpeme, sacrifícame e hiéreme con tu indiferencia, si al fin y al cabo tan solo soy un obstáculo entre la virtud y el deshonor. Oscuro eslabón ennegrecido por siglos de odios, tú: compañera triste, tampoco fuiste menos de lo que he sido yo. La virtud y el deshonor se desprecian mutuamente y refugiadas cada cuál en sus tenebrosas esencias procuran cercenar sus almas, pero hay alguien, un ser indómito, animal salvaje que se intercala en la mitad del nervio y no les permite ejecutar sus infamias, ese he sido yo. Todos me maldicen impregnados en alcohol, todos los que dicen amarme me insultan y me injurian cuando no estoy, y entre esos seres libres de razón y absortos en el horror del pecado estás tú compañera mía, a ti deberían ajusticiarte los angeles malignos de la redención cuando ya no estén mis carnes, serán tus gritos los que se estrellarán contra los cristales enmohecidos del infierno, donde escucharé atormentado el canto amargo de un ser distante que fenece en el dolor, con sus miembros mutilados y destrozado su corazón. El hombre es un ser ingrato por espontánea vocación, el hombre y el mar desaíran al amor y lo empujan a morar en los inframundos del resentimiento intelectual, porque les parece el sentimiento más volátil y el más dado a las fatalidades del alma, y no los juzgo, han de tener razón. Todo hombre que llega a viejo está enfermo sin tener nada, por eso busca en la juventud agotar sus ansias colgados del seno de un femenino corazón porque piensan que allí está el secreto de la pasión, pero así como el hombre es un genuino Dantalión, la mujer perversa es un cruel Basilisco que ha de anhelar los perennes surcos de aquellos místicos pasos, ¿Por quién luchar entonces? ¿Si es la mujer fruto pecaminoso de todo hombre y es el hombre consecuencia de ellas, porque aferrarse a la absurda idea de adorar sus carnes?. Yo he sido el fruto maldito de alguna pasión, eres tu la que se empeñó en adorarme, pensando conseguir en mis entrañas un gen divino que pudiese colmar tus ansias, no llores ahora los miserables tratos que en mi desgracia te he procurado, si sabiendo que era mi alma hija del pecado, te arrimaste a ella buscando espantar tus diablos. Yo soy; mujer a quién has vencido, no esperes ahora que mis despojos te den grandezas, si ya estoy derrumbado sobre el tálamo y agonizo a través del furor de esta herida tuya, no pretendas en mis pobres carnes hallar el consuelo a tu frustración de espíritu vengador que quiere reinvindicarse venciendo al trastulo que perforó otro seno ajeno al tuyo. Yo he pisoteado a la flor más casta que brotó en la soledad, es a esa flor a quién le corresponde cobrar venganza, puesto que aunque eres mujer, a ti nunca te he ofendido no entiendo porque me lástimas con el hierro de tu infamia.
Pero inútil es pregonar cuando se está sumergido en un mar de sangre, la languidez de la tarde ahoga mi aliento con sus crepúsculos empantanados de odios y salpicados de la misma savia que inunda mis entrañas. El hombre es un ser saturado de odios que solo comprende la grandeza del perdón cuando ya no hay perdón para otorgar, entonces parecemos buenos y mendigamos la nobleza en el fondo de las piadosas almas, pero si hundido como estamos y a punto de fenecer viniese la mano del ángel y nos rescata, ya instalados en la áspera superficie de un verde prado, buscaríamos un grueso tronco y machacaríamos esa misericordiosa mano, porque lo que nos asusta es la idea inescrutable de la eterna muerte y no la angustia lujuriosa de vivir en el pecado. Yo soy; mujer ese compañero antiguo que pobló tu cuerpo de esplendor, a mi me debes los lascivos gozos que en tus noches de excitación soñaste, a mi los besos fingidos, los siniestros latidos de un corazón libidinoso que junto al tuyo se entregó, más sin embargo, de ti reniego las caricias que fueron fingidas y que a mi alma tanto llenaron de amargos sinsabores y de tristes desencantos. Yo fui tu antiguo mal y tu el mío, y sin embargo en esta noche de dolor no me asesina tu rencor, sino la mano despiadada y dura que sin piedad me acusa de las culpas y de los desencantos que fueron de ambos.
Albo Aguasola