El ermitaño
Poeta recién llegado
La tristeza entra sin aviso,
se sienta a mi lado,
callada,
como un huésped secreto.
Su sombra respira en mis venas,
derrama su peso sobre mi pecho,
desgarra lentamente la piedra
donde alguna vez ardió la esperanza.
La noche la reconoce,
le abre puertas invisibles,
y hasta el espejo que respira
se empaña con su nombre.
No grita, no hiere,
pero desgasta;
gota tras gota
horada los muros del alma.
Y yo, inerme,
le tiendo un lugar en mi mesa,
sabiendo que jamás sabre
la hora de su partida.
se sienta a mi lado,
callada,
como un huésped secreto.
Su sombra respira en mis venas,
derrama su peso sobre mi pecho,
desgarra lentamente la piedra
donde alguna vez ardió la esperanza.
La noche la reconoce,
le abre puertas invisibles,
y hasta el espejo que respira
se empaña con su nombre.
No grita, no hiere,
pero desgasta;
gota tras gota
horada los muros del alma.
Y yo, inerme,
le tiendo un lugar en mi mesa,
sabiendo que jamás sabre
la hora de su partida.
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