En el hontanar eterno; donde brota sangre cálida y efervescente, el impertérrito muchacho de mirada ausente se moja completamente. Estallando su pecho por pasiones de un frenesí mulato. Pero tiene que darse prisa. Pues escucha las pisadas del hombre del saco. Entonces, sale de tal atrayente manantial y coge la primera rama de algún caduco árbol. Dispuesto está para protegerse y no caer en las garras avariciosas de tal sujeto mítico. Terror entre los tiernos niños. Cuando se le acerca, contempla una faz demacrada. Con unos ojos hundidos y una prominente nariz aguileña. De sus labios escarban una legión de gusanos. Se le acerca poco a poco. Mientras ya el crepúsculo de plomo se adueña del adusto paisaje de la madre naturaleza. Entonces, el chico toca la túnica negra; en la que está envuelto el objeto sapiencial de pánico infantil. Y al instante, cae arrobado de un estupor sagrado el cargamento en bolsa de felpa al suelo; surcado este por tenues hilos de brutal elixir vital. Mientras la correosa llamada del demonio enloquece al mozo; hasta dejarlo en cavernosos huesos.