Capasa
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL HAMBRE DE LOS CELOS
No sabia cuanto tiempo llevaba allí sentada, reflexionaba sobre mi vida y no podía retrasar más el momento, lo había decidido, cortaría con mi pareja, era duro, pero era lo mejor para los dos.
¿Cuantos años llevabamos junto? Me pregunte mentalmente, abecés parecía una eternidad, otras tan solo un instante, diez años, para once, desde el instituto. Lo recordaba tan atento, tan dulce, tan angelical, como había podido cambiar tanto. Ella siempre lo quiso, pero los enfermizos celos de el le aprisionaban de tal manera, que la relación se fue deteriorando, solo los celos había enraizado, pues el amor se fue desgastando y cada rincón de su alma se percataba de la destrucción de su propio ser.
Sus primeras insinuaciones de celos le parecieron un regalo del amor, de ese amor que el sentía por ella, se sentía alagada, su corazón parecía que iba a explotar de alegría cada vez que el le insinuaba sus temores, de que ella no lo quisiera como el la quería, luego las cosa empezaron a cambiar, le olía la ropa, buscaba en el móvil supuestas llamadas, registraba su cartera, la interrogaba y suplicaba que no dejara de quererlo.
Le fue apartando de sus amigos, se acabaron las salidas de compras con sus amigas, procuraba comprenderlo, sintiéndome mal cada vez que me paraba con una amiga, si me llamaban mis hermanos, siempre me excusaba, pues a el no le gustaban las reuniones familiares, me apartaba de todo y de todos. Su celos llegaban a ser tan devoradores que un día al salir de la universidad, acompañe a un compañero a su casa en mi coche, pues se encontraba mal y su reacción fue tan desmedida que a gritos e insultándome me dijo que yo como me había atrevido a ir sola en mi coche con un hombre, que pensaría las gentes de mi, que yo era una cualquiera.
Empecé a ocultarle cosas por miedo a su reacción, me daba miedo encontrarme a un compañero por la calle y hablarle, me daba miedo mirar a los transeúntes por que el podía pensar que miraba a los chicos que pasaban.
El miedo se apodero de mi alma, al principio fue una dulzura dolorosa, pero luego se convirtió en sangrantes puñaladas, me hacia sentirme culpable de todo, y yo siempre lo disculpaba, era tanto su amor hacia mi, me colmaba de abrazos y besos, hacíamos el amor y su pasión, borraba de mi mente los momentos anteriores y sus ataques de celo. Mil veces me pedía perdón juraba y perjuraba que nunca más lo volvería hacer y yo lo creía.
Sus celos devoraban todo lo que tocaba, devoraron mi personalidad, mi tranquilidad, mi seguridad, me había convertido en una persona distinta a lo que yo deseaba y era, antes de conocerlo. Si le abría mi alma y le contaba lo que me pasaba, la conversación terminaba en pelea o en llantos, que se colgaban a mi cuello como cadenas que me arrastraban al abismo de la desolación y desesperanza.
Los espacios se hacían cada vez más pequeños, empezaba asentir claustrofobia, sentía las dentelladas de sus celos en mi cuerpo engullendo todo mi ser.
Sus celos solo se alimentaban de ellos mismos y nada podían saciarlos.
Aquella tarde después de la última pelea me fui de casa quería estar sola ya no temía que me dejara, ahora lo deseaba, sus celos habían devorado mi amor por el y su amor solo era un obsesivo dominio de toda mi vida.
Me sentía tranquila, decidida, cerraría aquella puerta para siempre.
Comprendí que amar no es poseer, amar es darse, compartir, respetar los espacios, no imponer.
El hambre de los celos es, un hambre desmedida, por que cuando las cosas son excesivas, toda la realidad es un exceso y su fuerza centrifuga nos arrastra a la violencia
No sabia cuanto tiempo llevaba allí sentada, reflexionaba sobre mi vida y no podía retrasar más el momento, lo había decidido, cortaría con mi pareja, era duro, pero era lo mejor para los dos.
¿Cuantos años llevabamos junto? Me pregunte mentalmente, abecés parecía una eternidad, otras tan solo un instante, diez años, para once, desde el instituto. Lo recordaba tan atento, tan dulce, tan angelical, como había podido cambiar tanto. Ella siempre lo quiso, pero los enfermizos celos de el le aprisionaban de tal manera, que la relación se fue deteriorando, solo los celos había enraizado, pues el amor se fue desgastando y cada rincón de su alma se percataba de la destrucción de su propio ser.
Sus primeras insinuaciones de celos le parecieron un regalo del amor, de ese amor que el sentía por ella, se sentía alagada, su corazón parecía que iba a explotar de alegría cada vez que el le insinuaba sus temores, de que ella no lo quisiera como el la quería, luego las cosa empezaron a cambiar, le olía la ropa, buscaba en el móvil supuestas llamadas, registraba su cartera, la interrogaba y suplicaba que no dejara de quererlo.
Le fue apartando de sus amigos, se acabaron las salidas de compras con sus amigas, procuraba comprenderlo, sintiéndome mal cada vez que me paraba con una amiga, si me llamaban mis hermanos, siempre me excusaba, pues a el no le gustaban las reuniones familiares, me apartaba de todo y de todos. Su celos llegaban a ser tan devoradores que un día al salir de la universidad, acompañe a un compañero a su casa en mi coche, pues se encontraba mal y su reacción fue tan desmedida que a gritos e insultándome me dijo que yo como me había atrevido a ir sola en mi coche con un hombre, que pensaría las gentes de mi, que yo era una cualquiera.
Empecé a ocultarle cosas por miedo a su reacción, me daba miedo encontrarme a un compañero por la calle y hablarle, me daba miedo mirar a los transeúntes por que el podía pensar que miraba a los chicos que pasaban.
El miedo se apodero de mi alma, al principio fue una dulzura dolorosa, pero luego se convirtió en sangrantes puñaladas, me hacia sentirme culpable de todo, y yo siempre lo disculpaba, era tanto su amor hacia mi, me colmaba de abrazos y besos, hacíamos el amor y su pasión, borraba de mi mente los momentos anteriores y sus ataques de celo. Mil veces me pedía perdón juraba y perjuraba que nunca más lo volvería hacer y yo lo creía.
Sus celos devoraban todo lo que tocaba, devoraron mi personalidad, mi tranquilidad, mi seguridad, me había convertido en una persona distinta a lo que yo deseaba y era, antes de conocerlo. Si le abría mi alma y le contaba lo que me pasaba, la conversación terminaba en pelea o en llantos, que se colgaban a mi cuello como cadenas que me arrastraban al abismo de la desolación y desesperanza.
Los espacios se hacían cada vez más pequeños, empezaba asentir claustrofobia, sentía las dentelladas de sus celos en mi cuerpo engullendo todo mi ser.
Sus celos solo se alimentaban de ellos mismos y nada podían saciarlos.
Aquella tarde después de la última pelea me fui de casa quería estar sola ya no temía que me dejara, ahora lo deseaba, sus celos habían devorado mi amor por el y su amor solo era un obsesivo dominio de toda mi vida.
Me sentía tranquila, decidida, cerraría aquella puerta para siempre.
Comprendí que amar no es poseer, amar es darse, compartir, respetar los espacios, no imponer.
El hambre de los celos es, un hambre desmedida, por que cuando las cosas son excesivas, toda la realidad es un exceso y su fuerza centrifuga nos arrastra a la violencia
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