Se columpiaba por su impulso el aire,
y no callaba el ruido, incesante, de una bisagra vieja,
que de oxidado metal formaba la antigua reja
y al que una niña llorosa miraba con desaire.
Apoyada la mano en el alfeizar del ataire,
observaba entre los árboles la pequeña certeneja,
por enojo y rabia la niña fruncía la ceja
y lanzaba piedras al agua con descaro y donaire.
¿Divisarán la sonrisa de un hada alada
las horas, vacías y rotas, aún por cercenarse?
¿Tomarán el relevo los juegos de infancia?
La niña volvería entonces a columpiarse,
verjas derruidas en disonancia,
temblor del cómplice mudo de agua callada.
y no callaba el ruido, incesante, de una bisagra vieja,
que de oxidado metal formaba la antigua reja
y al que una niña llorosa miraba con desaire.
Apoyada la mano en el alfeizar del ataire,
observaba entre los árboles la pequeña certeneja,
por enojo y rabia la niña fruncía la ceja
y lanzaba piedras al agua con descaro y donaire.
¿Divisarán la sonrisa de un hada alada
las horas, vacías y rotas, aún por cercenarse?
¿Tomarán el relevo los juegos de infancia?
La niña volvería entonces a columpiarse,
verjas derruidas en disonancia,
temblor del cómplice mudo de agua callada.
Última edición: