Con el óleo se unta la piel el santo guerrero cristiano. Dispuesto a recibir la gloriosa dádiva de gracia inmaculada proveniente del Altísimo. Después dos lacayos le ponen la dorada armadura y el yelmo de penacho ardiente y escrutador. Coge espada de acero y escudo de cuarzo. Ya está preparado para ir a las Cruzadas. Con un regimiento de mil hombres va en corcel fogoso y negro. Por las tierras itálicas descansa una noche en la sede del papado para recibir la extremaunción. Pues intuye que ha de morir atravesado por el sable de un arisco e infiel moro de galopante turbante turquesa. Pero eso no le da miedo. Sabe, en su inteligencia varonil, que tras la caída le espera el recuerdo imperecedero. Plasmado en las orales gestas; cantadas por músicos y poetas que se congreguen en los flameados castillos medievales. Donde el silencio y la quietud acabará por dar el punto y final a una vida que fue el orgullo de la nación.