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Contemplador nocturno de poemas
Sería la señora Johnson del condado de Greene, Ohio, de ochenta y dos años de edad y viuda desde hacía trece, la primera que se dio cuenta de que algo no iba como debía con el atardecer. Fue al recoger su famoso pastel de arándanos del alféizar de la ventana de la cocina cuando lo notó demasiado frío, más de lo que debería. No para ti o para mí, nunca lo hubiéramos notado. Ella en cambio sí. Sin perder tiempo ni calma llamó a su nieta Amanda, que convenientemente trabajaba en un laboratorio de la capital. Y le dijo sin rodeos que el sol se había detenido en el horizonte. "...probablemente el hijo mayor de los Smith y la menor de los Willians; esos incorregibles se quieren en el granero abandonado de la carretera vieja...".
Amanda colgó el teléfono, y lo primero que se preguntó es si podría ser verdad, si podía haber tanto amor en el mundo como para que una pareja de adolescentes pudieran detener el sol. Luego sacudió la cabeza sobre los hombros y llamó a Bob, su amigo Bob, su ocasional amante Bob, del observatorio estatal. Le explicó la teoría de la abuela de que el sol se había detenido de golpe, sin entrar en detalles o adelantar las conclusiones de la abuela. Pero no pudo evitar pensar si Bob, su Bob, podría ser capaz de detener el sol para que ella pudiera contemplar un rato más su puesta. Bob prometió apretar algunos botones y mover algunas manivelas y Amanda se despidió.
A los diez minutos de que la señora Johnson recogiera su famosa tarta de arándanos del alféizar ya era muy evidente en gran parte del mundo que algo extraño sucedía con el sol, con la sucesión del día y la noche. Bob alertado por los datos que habían cotejado, hasta el agotamiento, él y sus compañeros de trabajo llamó al periódico local del condado de Greene y pidió una foto de la ya mítica puesta de sol. "Prodigiosa, los colores son imposibles de describir, dudo que mi vieja Leica pueda con ellos y si ella no puede... hasta el maldito viento se ha detenido." fue la respuesta que llegó desde el otro lado del teléfono, pero dada la urgencia se comprometió a enviar la foto en el menor tiempo posible. Bob llamó entonces a Amanda; la tierra se había detenido y si seguía así sería el fin de todo lo que conocían. "Escucha Amy, ya lo saben en todo el mundo, los protocolos se han activado y los planes de evacuación están en marcha, pero para nosotros no hay nada, ¿Amy?".
Amanda viajaba como el rayo hacia el condado de Greene. Aún no había congestión en la autopista, el rumor había comenzado a difundirse por internet pero era demasiado gordo y demasiado pronto como para dejarse llevar todavía por el pánico. Los hombres del gobierno calculaban un par de horas, especialmente en los lugares donde esperaban el amanecer, antes de que todo estallara en pedazos. Amanda dejó escapar un gritito cuando tras un cambio de rasante se encontró por primera vez de lleno con el portentoso atardecer; los azules se juntaban sin mezclarse pero acariciándose con los rosas. Naranjas y amarillos como calmados ríos de acuarelas se extendían por el cielo tal que pinceladas salidas de la mente de un genio alucinado en medio de su ensoñación, todo un caleidoscopio celestial de calidez y paz. Y para Amanda; también de amor. Cuando llegó a la granja de su abuela esta la esperaba ya en el porche. "Deprisa, ¿recuerdas la carretera vieja?".
Recorrer la vieja carretera resultó un ejercicio conmovedor. Contar a su abuela lo que Bob le había explicado que le sucedería a la tierra mientras contemplaban la puesta de sol más hermosa que jamas han visto ojos humanos requirió de todo su esfuerzo. "La mitad de la tierra se abrasará bajo el sol mientras la otra mitad se quedará a oscuras a merced del frío espacial, las aguas se retirarán del ecuador y se concentrarán en los polos, se inundaran gran parte de Europa y todo Canadá. Sólo habrá una franja habitable, en un crepúsculo permanente". Su abuela asintió con solemnidad a cada aseveración de su nieta.
Al llegar al granero abandonado Amanda perdió toda esperanza, el lugar estaba realmente desolado, pero la abuela señaló con el dedo hacia la arboleda, allí, camuflada entre los alamos se podía distinguir una camioneta azul. "La vieja Chevrolet del señor Smith. Si no se atienen a razones les echaré un cubo de agua por encima". Su nieta Amanda rió, de todo el mundo la abuela era su persona favorita.
"¿Abuela, crees de verdad que esto lo ha hecho un chico?"
"No es la primera vez que un jovencito hace prodigios en este granero para poder fisgar un rato bajo las faldas de alguna señorita remilgada. Te lo aseguro. Y harías bien en cambiar esa sonrisa y creer si quieres que pongamos remedio a todo esto."
"¿Quieres decir que esto ya ha pasado antes?"
"Tu abuelo, ¿cómo crees que me conquistó?"
Amanda se detuvo y puso los brazos en jarras.
"¿Y tú que hiciste para que la tierra volviera a girar?"
"Sacrificarme por los pajaritos y los ciervos y las flores. ¿Tú que crees? No seas mojigata. Deja que yo hable con esa despegada, yo la convenceré. Tú esperame aquí afuera."
Amanda regresó al coche dando pasos cortitos, un pie tras otro, con desgana, ahora pensaba en Bob, en si volvería a verle y en los escasos prodigios que había tenido que hacer para poder fisgar debajo de sus faldas. Una polvareda en la vieja carretera hizo que saliera de sus cavilaciones; "me gustaría que fuera Bob." E inconscientemente cruzo los dedos. La puesta de sol era aún más hermosa desde aquí y Amanda estaba ya segura de que el lugar ideal para contemplarlo, el centro del mundo en este preciso momento, era el granero abandonado. El coche se acercó a toda velocidad y en la atmósfera vespertina Amanda termino reconociendo a Bob. "No quería asistir al fin del mundo sin estar cerca de ti."
Los periódicos hablaron del tema durante meses, se hicieron programas especiales, documentales y hasta una serie de televisión, hubo que formar comités para cambiar la hora. El gobierno negó el uso de un nuevo arma que controlara la rotación de la tierra y a su vez investigó en secreto si lo tenían sus enemigos. Algunos avispados hicieron su agosto vendiendo camisetas y souvenires del fin del mundo, otros se arruinaron en el intento. Hubo demandas de todo tipo dirigidas contra Dios, el diablo o los extraterrestres. Nueve meses después del fenómeno se produjo un notabilísimo aumento de nacimientos de bebés en la franja conocida como meridiano crepuscular. Y el mundo siguió girando como siempre. Pero lo que nadie sabe, nadie excepto Patricia Willians la hija menor de los Willians, es como la señora Johnson del condado de Greene, Ohio, la convenció para salvar el mundo.
Amanda colgó el teléfono, y lo primero que se preguntó es si podría ser verdad, si podía haber tanto amor en el mundo como para que una pareja de adolescentes pudieran detener el sol. Luego sacudió la cabeza sobre los hombros y llamó a Bob, su amigo Bob, su ocasional amante Bob, del observatorio estatal. Le explicó la teoría de la abuela de que el sol se había detenido de golpe, sin entrar en detalles o adelantar las conclusiones de la abuela. Pero no pudo evitar pensar si Bob, su Bob, podría ser capaz de detener el sol para que ella pudiera contemplar un rato más su puesta. Bob prometió apretar algunos botones y mover algunas manivelas y Amanda se despidió.
A los diez minutos de que la señora Johnson recogiera su famosa tarta de arándanos del alféizar ya era muy evidente en gran parte del mundo que algo extraño sucedía con el sol, con la sucesión del día y la noche. Bob alertado por los datos que habían cotejado, hasta el agotamiento, él y sus compañeros de trabajo llamó al periódico local del condado de Greene y pidió una foto de la ya mítica puesta de sol. "Prodigiosa, los colores son imposibles de describir, dudo que mi vieja Leica pueda con ellos y si ella no puede... hasta el maldito viento se ha detenido." fue la respuesta que llegó desde el otro lado del teléfono, pero dada la urgencia se comprometió a enviar la foto en el menor tiempo posible. Bob llamó entonces a Amanda; la tierra se había detenido y si seguía así sería el fin de todo lo que conocían. "Escucha Amy, ya lo saben en todo el mundo, los protocolos se han activado y los planes de evacuación están en marcha, pero para nosotros no hay nada, ¿Amy?".
Amanda viajaba como el rayo hacia el condado de Greene. Aún no había congestión en la autopista, el rumor había comenzado a difundirse por internet pero era demasiado gordo y demasiado pronto como para dejarse llevar todavía por el pánico. Los hombres del gobierno calculaban un par de horas, especialmente en los lugares donde esperaban el amanecer, antes de que todo estallara en pedazos. Amanda dejó escapar un gritito cuando tras un cambio de rasante se encontró por primera vez de lleno con el portentoso atardecer; los azules se juntaban sin mezclarse pero acariciándose con los rosas. Naranjas y amarillos como calmados ríos de acuarelas se extendían por el cielo tal que pinceladas salidas de la mente de un genio alucinado en medio de su ensoñación, todo un caleidoscopio celestial de calidez y paz. Y para Amanda; también de amor. Cuando llegó a la granja de su abuela esta la esperaba ya en el porche. "Deprisa, ¿recuerdas la carretera vieja?".
Recorrer la vieja carretera resultó un ejercicio conmovedor. Contar a su abuela lo que Bob le había explicado que le sucedería a la tierra mientras contemplaban la puesta de sol más hermosa que jamas han visto ojos humanos requirió de todo su esfuerzo. "La mitad de la tierra se abrasará bajo el sol mientras la otra mitad se quedará a oscuras a merced del frío espacial, las aguas se retirarán del ecuador y se concentrarán en los polos, se inundaran gran parte de Europa y todo Canadá. Sólo habrá una franja habitable, en un crepúsculo permanente". Su abuela asintió con solemnidad a cada aseveración de su nieta.
Al llegar al granero abandonado Amanda perdió toda esperanza, el lugar estaba realmente desolado, pero la abuela señaló con el dedo hacia la arboleda, allí, camuflada entre los alamos se podía distinguir una camioneta azul. "La vieja Chevrolet del señor Smith. Si no se atienen a razones les echaré un cubo de agua por encima". Su nieta Amanda rió, de todo el mundo la abuela era su persona favorita.
"¿Abuela, crees de verdad que esto lo ha hecho un chico?"
"No es la primera vez que un jovencito hace prodigios en este granero para poder fisgar un rato bajo las faldas de alguna señorita remilgada. Te lo aseguro. Y harías bien en cambiar esa sonrisa y creer si quieres que pongamos remedio a todo esto."
"¿Quieres decir que esto ya ha pasado antes?"
"Tu abuelo, ¿cómo crees que me conquistó?"
Amanda se detuvo y puso los brazos en jarras.
"¿Y tú que hiciste para que la tierra volviera a girar?"
"Sacrificarme por los pajaritos y los ciervos y las flores. ¿Tú que crees? No seas mojigata. Deja que yo hable con esa despegada, yo la convenceré. Tú esperame aquí afuera."
Amanda regresó al coche dando pasos cortitos, un pie tras otro, con desgana, ahora pensaba en Bob, en si volvería a verle y en los escasos prodigios que había tenido que hacer para poder fisgar debajo de sus faldas. Una polvareda en la vieja carretera hizo que saliera de sus cavilaciones; "me gustaría que fuera Bob." E inconscientemente cruzo los dedos. La puesta de sol era aún más hermosa desde aquí y Amanda estaba ya segura de que el lugar ideal para contemplarlo, el centro del mundo en este preciso momento, era el granero abandonado. El coche se acercó a toda velocidad y en la atmósfera vespertina Amanda termino reconociendo a Bob. "No quería asistir al fin del mundo sin estar cerca de ti."
Los periódicos hablaron del tema durante meses, se hicieron programas especiales, documentales y hasta una serie de televisión, hubo que formar comités para cambiar la hora. El gobierno negó el uso de un nuevo arma que controlara la rotación de la tierra y a su vez investigó en secreto si lo tenían sus enemigos. Algunos avispados hicieron su agosto vendiendo camisetas y souvenires del fin del mundo, otros se arruinaron en el intento. Hubo demandas de todo tipo dirigidas contra Dios, el diablo o los extraterrestres. Nueve meses después del fenómeno se produjo un notabilísimo aumento de nacimientos de bebés en la franja conocida como meridiano crepuscular. Y el mundo siguió girando como siempre. Pero lo que nadie sabe, nadie excepto Patricia Willians la hija menor de los Willians, es como la señora Johnson del condado de Greene, Ohio, la convenció para salvar el mundo.