En intempestivas noches de calor infinito, el geranio de los dioses se pudre por falta de fe. Entonces, un clamor odioso surca el negro chaparrón. Que ha de hundir, en una ciénaga de acuosos lamentos, a los envidiosos mortales con la marca pétrea en sus enfermas frentes. Pero, cuando ya ha infringido el castigo escapular en la verde tierra, el geranio vuelve a cobrar vigor y fuerza inusitadas. Y es que el pasto y el alimento que absorbe tal hipnótica flor ha despertado las llamas corrosivas que, ahora brillando en altares hechos de barro, bailan alegres entre los entresijos de plateadas alfombras de pétalos de negras rosas. Los mares surcan los cielos encapotados. Pero, ya no descargan el granizo azteca sobre la tierra ahora yerma. El geranio se transfigura en un niño de ojos de oro y cabellera de jazmín. Ríe cual ningún mortal. Y se predispone a regalar el sol del amanecer. Pero, cuando ya está dispuesto a cogerlo con sus blancas manos, un bramido descorazonador lo hunde en la forma antigua de la que siempre quiso desprenderse. El geranio de irisada luz indivisa y beata clarividencia.