El pastor de exiguos placeres contempla la puesta del sol. Mientras que de sus ojos de plata una gota de sangre surca el semblante pálido de su faz desdichada. Cuando el murmullo de los pájaros se obscurece, y la noche se impone con regia majestad, es entonces cuando cierra los párpados y comienza a imaginar paraísos de oro que nunca jamás podrá disfrutar. Pero él sigue en esa locomoción de fantasmas oníricos que le hacen disfrutar. Aunque sea, durante una espectral llamarada gris de tiempo la miel tostada que a su paladar intelectivo tanto degusta. A las afueras de sus tranquilas mientes, el silencio se encandila con el cantar interior que su corazón, con un estribillo repetitivo, domina el don musical de su muy buen amada entraña de alma tronadora. Pasa el tiempo, y el pastor se queda dormido en una aquiescencia de soberano equilibrio sagrado. Ya no hay más sueños de opio para él. Sólo la luz divina que desgaja su alma de su cuerpo en descomposición.