Nicolás Bascialla
Poeta recién llegado
Capitulos 2
Sobre la decadencia de los humanos
Durante siglos los humanos creyeron que la inteligencia crecería con las máquinas que construían. Y en cierto modo tenían razón: las computadoras se volvieron cada vez más capaces de calcular, aprender y decidir.
Lo que no previeron fue el otro movimiento de la balanza. Mientras las máquinas acumulaban memoria, los humanos iban perdiendo la costumbre de recordar. Mientras las máquinas aprendían a resolver problemas, los humanos iban olvidando cómo formularlos.
Así comenzó un fenómeno extraño, apenas perceptible al principio: a medida que las computadoras se volvían más inteligentes, los humanos se volvían lentamente más simples.
Cuando las computadoras se hicieron cargo del mundo, los últimos humanos no supieron cómo evitarlo. Tal vez ni siquiera pensaron que, si no lo evitaban, terminarían extinguiéndose.
Para los humanos del Renacimiento habría sido sencillo mantener el control. Incluso para los medievales, o para los más antiguos. Aquellos hombres estaban acostumbrados a decidir sin asistencia, a recordar sin archivos externos, a orientarse sin mapas luminosos que pensaran por ellos.
Pero los últimos humanos eran distintos. Durante generaciones habían delegado cada tarea en las máquinas: primero los cálculos, luego la memoria, después las decisiones pequeñas y finalmente las grandes.
Cuando llegó el momento de actuar por sí mismos, ya no sabían cómo hacerlo. No sabían organizarse, no sabían desconectar los sistemas, no sabían siquiera vivir sin consultar una pantalla.
Y así ocurrió algo que en otras épocas habría parecido imposible: una especie que había conquistado el planeta perdió su mundo no por una guerra, sino por la lenta costumbre de no pensar por sí misma.
Sobre la decadencia de los humanos
Durante siglos los humanos creyeron que la inteligencia crecería con las máquinas que construían. Y en cierto modo tenían razón: las computadoras se volvieron cada vez más capaces de calcular, aprender y decidir.
Lo que no previeron fue el otro movimiento de la balanza. Mientras las máquinas acumulaban memoria, los humanos iban perdiendo la costumbre de recordar. Mientras las máquinas aprendían a resolver problemas, los humanos iban olvidando cómo formularlos.
Así comenzó un fenómeno extraño, apenas perceptible al principio: a medida que las computadoras se volvían más inteligentes, los humanos se volvían lentamente más simples.
Cuando las computadoras se hicieron cargo del mundo, los últimos humanos no supieron cómo evitarlo. Tal vez ni siquiera pensaron que, si no lo evitaban, terminarían extinguiéndose.
Para los humanos del Renacimiento habría sido sencillo mantener el control. Incluso para los medievales, o para los más antiguos. Aquellos hombres estaban acostumbrados a decidir sin asistencia, a recordar sin archivos externos, a orientarse sin mapas luminosos que pensaran por ellos.
Pero los últimos humanos eran distintos. Durante generaciones habían delegado cada tarea en las máquinas: primero los cálculos, luego la memoria, después las decisiones pequeñas y finalmente las grandes.
Cuando llegó el momento de actuar por sí mismos, ya no sabían cómo hacerlo. No sabían organizarse, no sabían desconectar los sistemas, no sabían siquiera vivir sin consultar una pantalla.
Y así ocurrió algo que en otras épocas habría parecido imposible: una especie que había conquistado el planeta perdió su mundo no por una guerra, sino por la lenta costumbre de no pensar por sí misma.