Pálida pero con aquellos ojos rojos encendidos de fuego, la damisela de la corte hipnotizaba a todo aquel que se atreviese a hacerle confesión de Amor. Era toda una mujer de voluptuosos encantos. Su padre, que en paz descanse, era el gobernador de la región que ocupaba la parte este del Imperio Germánico. Sin embargo, ella no hacía acopio de poder alguno sobre tal extensión soberbia. Se lo había dejado a su vieja madre. La cual, no paraba de buscar futuros maridos para su hija singular y atrayente. Fue una noche de invierno cuando, ya recostada estaba nuestra joven en la cama de su artesonada alcoba, cuando escuchó el crujido del suelo de madera. Sudorosa se despertó; y mirando con una vela encendida no vio nada. Volvió a acostarse. Apagando la luz llameante del cirio. Pero la segunda vez se abrieron con furibundo odio las ventanas. Un viento gélido penetró en el habitáculo. Y un ser de gas se le apareció. Ella, sin dar crédito, se levantó, intentó palparlo con sus manos delicadas pero enseguida se disolvió. No sin antes escuchar unas risas entrecortadas y continuadas con una voz suave que la impelió a descubrir la crueldad que moraba en su interior.