Descuartizado el tiempo prematuro, que llevaba fatalmente a maitines, un hombre sedicioso sale de su tabernáculo salón para aspirar en el exterior aire fresco. Y contempla con nervio cómo de las colinas de la blasfemia aún no clarea el nuevo día. Vuelve a entrar y se devana los sesos con un libro filosófico de abstruso y obsoleto sentido. Entonces, le brillan por un momento de felicidad los ojos negros. Pero, cuando pasa página, una furia precipitada hace que tire tal objeto literario a la chimenea. Donde la hoguera de mil nombres sin fin hablan en el cerebro reblandecido de nuestro loco personaje con vanos aires de erudito. Se pasea de un lado a otro de su morada; mientras fuma opio para calmar su agitado semblante. Pero, cuando escucha un golpe en la puerta de salida, va presuroso a abrirla y se encuentra cara a cara con la macilenta imagen espirituosa del psiquiatra. Dispuesto a llevarlo a la fuerza al vil manicomio.