Enjaulado por la ralea vil de cien pordioseros, el testigo ocular que sufría tal afrenta vociferaba cual endemoniado con alma de barro. Perdida en burbujas de latón y que se precipitaba al infierno negro y pestilente. Su dramática situación se apuraba en un soplido mate; que lo había transfigurado en un cuerpo sin solaz. Todo aquel cubierto con el unto de la tiña y la lepra. Pero, una noche, el encierro en aquella nefasta jaula remitió. El brazo de Dios abrió la puerta truncada. Y con sorna lo invitaba a un banquete de bodas. Pero, el enjaulado, en cuanto salió chisporroteado y alegre, se dio cuenta, ya tarde, que no poseía fuerza eterna. Que no era más que un andrajo. Un odre lleno de vinagre y pis. Y que pronto reventaría para carcajada malévola de Quien lo había tentado para comer, como un cazurro, a la mesa de fantasmagóricos comensales.