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El Enjaulado

Edouard

Poeta adicto al portal
Enjaulado por la ralea vil de cien pordioseros, el testigo ocular que sufría tal afrenta vociferaba cual endemoniado con alma de barro. Perdida en burbujas de latón y que se precipitaba al infierno negro y pestilente. Su dramática situación se apuraba en un soplido mate; que lo había transfigurado en un cuerpo sin solaz. Todo aquel cubierto con el unto de la tiña y la lepra. Pero, una noche, el encierro en aquella nefasta jaula remitió. El brazo de Dios abrió la puerta truncada. Y con sorna lo invitaba a un banquete de bodas. Pero, el enjaulado, en cuanto salió chisporroteado y alegre, se dio cuenta, ya tarde, que no poseía fuerza eterna. Que no era más que un andrajo. Un odre lleno de vinagre y pis. Y que pronto reventaría para carcajada malévola de Quien lo había tentado para comer, como un cazurro, a la mesa de fantasmagóricos comensales.
 
homo-adictus, tal desdichado personaje de cruento destino estaba destinado a perecer fuera de su mazmorra vil e insidiosa. Hasta el mismo Dios se burlaba de él; cuando una vez lo liberó. Para que estallase bajo la putrefacción nefasta de sus mismas entrañas nauseabundas. Y compartiese mesa con espectros que no eran más que efectos de su alucinada mente en ascuas infernales. Atentamente Edouard.
 
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