emivargas
Poeta asiduo al portal
Sonó el teléfono y apresurado lo descolgó, esperaba esa llamada con ansiedad. Días atrás había tomado una cita con una dama de la edad de la experiencia, la que había contactado en esos avisos de encuentros que pululan en los periódicos.
Al otro lado de la línea se oyó una voz suave y amorosa, que dijo:
—¡Haló! ¿Efraín?
—Sí, con él. —Respondió el hombre con voz temblorosa.
—Soy María, nos vemos en una hora en el lugar convenido. —Le dijo aquella voz femenina.
—De acuerdo. —Él respondió.
El hombre salió, con su pasito de caballo viejo, para encontrarse con su hermoso atardecer, pero en el camino un ataque cardiaco fulminante le impidió su encuentro terrenal.
María cansada de esperarlo se fue, su rostro reflejaba tristeza; iba tan pensativa y tan desmotivada de la vida que un auto la atropelló, matándola instantáneamente.
Al ascender al empíreo un ser de luz celestial, que la esperaba, le dijo:
María, en el recibidor alguien te aguarda ansioso.
Al otro lado de la línea se oyó una voz suave y amorosa, que dijo:
—¡Haló! ¿Efraín?
—Sí, con él. —Respondió el hombre con voz temblorosa.
—Soy María, nos vemos en una hora en el lugar convenido. —Le dijo aquella voz femenina.
—De acuerdo. —Él respondió.
El hombre salió, con su pasito de caballo viejo, para encontrarse con su hermoso atardecer, pero en el camino un ataque cardiaco fulminante le impidió su encuentro terrenal.
María cansada de esperarlo se fue, su rostro reflejaba tristeza; iba tan pensativa y tan desmotivada de la vida que un auto la atropelló, matándola instantáneamente.
Al ascender al empíreo un ser de luz celestial, que la esperaba, le dijo:
María, en el recibidor alguien te aguarda ansioso.