EL DRAGÓN Y MIS CUATRO YO
En un castillo de piedra donde habito todavía existen cuatro puertas de metal que
cuidan cuatro celdas de tallada piedra Inca. En ellas se encerró mi alma repartida en
muchos Yo.
La primera puerta recibió al Yo del amor, la siguiente al Yo confianza, después se en-
cerró el Yo perdón y por ultimo el Yo de la fe, que quedó semicerrada. Detrás de ellas
me fui a esconder del gran dragón que durmió mil años antes de despertar, entonces
lo vi pasearse a través de mi castillo de piedra Inca, queriendo devorar uno a uno mis
cuatro Yo. Golpeó y quemó hasta el cansancio la puerta del Yo del amor y el odio que
imponían sus golpes me tuvo atrapado en silencio, vaciando mi amor y acumulando o-
dio dentro de mí.
Cuando el dragón se dirigía a la puerta de la confianza me hablaba en tono despectivo
de mis incapacidades; mi poca iniciativa y desenvoltura en el plano social y sentimen-
tal, de mis errores laborales producto de mi poca organización, y falta de conocimientos;
de mi poca voluntad para dejar los vicios de la pereza, lujuria y autocompasión, también
de mi ineficiencia y poca productividad artística. Todos los días me lo repetía hasta su éx-
tasis y yo tenía que escucharlo consciente o subconscientemente. Lo mismo hacía después
frente a la puerta del perdón. Afortunadamente la puerta de Yo de la fe, no se cerraba
completamente y de esa forma podía ver venir al dragón en esa dirección y de alguna for-
ma me preparaba a sus ataques que repelía con rezos y rituales sagrados.
Una noche me asomé por la puerta de la fe y no vi rastros de el. Me sentía más fuerte de
lo común y corrí hasta la puerta del perdón. Entré y estuve con el toda la noche. Hablamos
de la urgencia de cerrar el pasado, perdonándonos hasta lo imperdonable, costó, había de-
masiado resentimiento y orgullo. No todo sería color de rosas de un momento a otro. Pero
decidimos comenzar en ese preciso momento. Para qué esperar más si en cualquier momen-
to podría llegar el dragón, sorprendernos y acabar allí mismo con ambos. Hicimos el pacto.
Ya al amanecer volví con mucho cuidado a la puerta de la fe. Entonces, antes de descansar,
me dediqué a meditar lo que hablamos con el perdón y me sentí con una fe renovada. Des-
pués pude descansar ese día y al anochecer me animé a ir más lejos para visitar la puerta
de la confianza. Nuevamente no había señales del dragón. Quien sabe en que recóndito apo-
sento de mi castillo estaría sembrando su cizaña. No tenia tiempo de ponerme a especular,
mejor actuar. Salí con sumo cuidado en dirección a la puesta de la confianza. Entre con cui-
dado y cuando la vi estaba abatida en un rincón de la celda. Le hablé de mi visita a la puerta
del perdón y nuestro pacto. Me costó un mundo hacerla reaccionar. Estaba sumida en senti-
mientos de inferioridad. Se sentía físicamente fuera de forma, pero interiormente estaba des-
truida, no conseguía tomar decisiones tan simples como tomar el libro de oraciones y conjuros
o pasearse ejercitando los músculos de las piernas a fin de reaccionar a tiempo a los embates
del dragón. Ya ni siquiera cabía en su cabeza la posibilidad cierta de elegir escucharlo o sim-
plemente ignorarlo, desviando su atención en el grabado de las piedras de la habitación.
Todo esto me dio el valor que necesitaba para hacer la visita final a la puerta del Yo del amor,
que era a quien más extrañaba, pero a quien más temía visitar. Pero aquella visita la dejaría
para la siguiente noche. Esta vez si que requería de una preparación sobrenatural.
El día lo pasé frente al mandala de líneas verticales y horizontales superpuestas, única per-
tenencia que guardaba colgado en mi aparente claustro. Al atardecer comencé a espiar la in-
evitable venida del dragón. Me sentía preparado para dar una gran batalla. Entonces sentí el
calor sofocante y el olor a combustible que auguraba su cercanía a las puertas. Había comen-
zado su rutina nocturna. Primero se ensañaba a golpes, coletazos y rugidos de fuego contra
la puerta del amor, pues sabía que de los cuatro Yo, era a quien más podía doblegar infundien-
do su odio putrefacto. Toda esa terrible noche me la pasé asomado a la puerta esperando que
el dragón terminara con el amor y siguiera con las otras puertas hasta llegar la mía. Pero ni
la confianza, ni el perdón ni la fe fuimos acosados esa interminable noche. Solo sentimos el in-
tenso combate entre el dragón y el amor. Recién al amanecer se retiró la bestia tan exhausta
que pasó frente a nuestras puertas como si no existiéramos. Estimulado por saber como estaría
el amor después de aquella terrible batalla corrí a su puerta. La puerta estaba abierta de par en
par y desde la alta ventana de piedra caía un rayo de luz que les daba a las piedras de la habi-
tación una textura de plata. Entonces lo vi, estaba recostado boca arriba sobre la fría piedra rec-
tangular que le servía de cama. Parecía la escultura de un rey que dio su vida por defender su
reino, como la imagen de un cristo puesto en el sepulcro. No dormía, no hacia nada, era una es-
pecie de cuerpo vacío que podía contener cualquier alma, cualquier palabra; llenarse con el más
mínimo asomo de vida. Era un amor vaciado de su Yo. Era amor puro, todo paz y belleza. Com-
prendí, súbitamente, que él era el más fuerte. Ciertamente era uno de mis cuatro Yo. Tan Yo como
cualquiera de los demás, pero el venia desde fuera de nosotros. El era parte del todo que trascen-
día castillos de piedra y cuerpos de carne. Estaba tanto en un cuerpo de carne como inmediatamen-
te en el aire que lo rodea y luego en la piedra o en el agua. Por eso el podía vaciarse de si y no ser,
pera ser solo amor, como lo era ahora frente a los ojos de la fe. Por eso no lo desperté. Por eso no
dije nada. Me quedé mudo contemplándolo, después que había dado su más cruenta batalla. Tam-
bién supe en ese instante por qué el dragón no llegaba a las demás puertas dando terribles golpes
y echando fuego por sus fauces. Toda la agresividad, la mayor cuota de violencia que impartía la
bestia se la llevaba el amor. Luego no le quedaba al dragón, más que decir algunos rezongos con
algo de maldad esencial, pero desvanecida por la verdad a la cual una y mil veces se enfrentaría:
El amor es el más fuerte por que no pertenece a ningún Yo, cosa que el dragón nunca podrá aceptar,
cuyo Yo solamente vive por y en sí mismo, lo que lo hace irreversiblemente una bestia eterna.
En un castillo de piedra donde habito todavía existen cuatro puertas de metal que
cuidan cuatro celdas de tallada piedra Inca. En ellas se encerró mi alma repartida en
muchos Yo.
La primera puerta recibió al Yo del amor, la siguiente al Yo confianza, después se en-
cerró el Yo perdón y por ultimo el Yo de la fe, que quedó semicerrada. Detrás de ellas
me fui a esconder del gran dragón que durmió mil años antes de despertar, entonces
lo vi pasearse a través de mi castillo de piedra Inca, queriendo devorar uno a uno mis
cuatro Yo. Golpeó y quemó hasta el cansancio la puerta del Yo del amor y el odio que
imponían sus golpes me tuvo atrapado en silencio, vaciando mi amor y acumulando o-
dio dentro de mí.
Cuando el dragón se dirigía a la puerta de la confianza me hablaba en tono despectivo
de mis incapacidades; mi poca iniciativa y desenvoltura en el plano social y sentimen-
tal, de mis errores laborales producto de mi poca organización, y falta de conocimientos;
de mi poca voluntad para dejar los vicios de la pereza, lujuria y autocompasión, también
de mi ineficiencia y poca productividad artística. Todos los días me lo repetía hasta su éx-
tasis y yo tenía que escucharlo consciente o subconscientemente. Lo mismo hacía después
frente a la puerta del perdón. Afortunadamente la puerta de Yo de la fe, no se cerraba
completamente y de esa forma podía ver venir al dragón en esa dirección y de alguna for-
ma me preparaba a sus ataques que repelía con rezos y rituales sagrados.
Una noche me asomé por la puerta de la fe y no vi rastros de el. Me sentía más fuerte de
lo común y corrí hasta la puerta del perdón. Entré y estuve con el toda la noche. Hablamos
de la urgencia de cerrar el pasado, perdonándonos hasta lo imperdonable, costó, había de-
masiado resentimiento y orgullo. No todo sería color de rosas de un momento a otro. Pero
decidimos comenzar en ese preciso momento. Para qué esperar más si en cualquier momen-
to podría llegar el dragón, sorprendernos y acabar allí mismo con ambos. Hicimos el pacto.
Ya al amanecer volví con mucho cuidado a la puerta de la fe. Entonces, antes de descansar,
me dediqué a meditar lo que hablamos con el perdón y me sentí con una fe renovada. Des-
pués pude descansar ese día y al anochecer me animé a ir más lejos para visitar la puerta
de la confianza. Nuevamente no había señales del dragón. Quien sabe en que recóndito apo-
sento de mi castillo estaría sembrando su cizaña. No tenia tiempo de ponerme a especular,
mejor actuar. Salí con sumo cuidado en dirección a la puesta de la confianza. Entre con cui-
dado y cuando la vi estaba abatida en un rincón de la celda. Le hablé de mi visita a la puerta
del perdón y nuestro pacto. Me costó un mundo hacerla reaccionar. Estaba sumida en senti-
mientos de inferioridad. Se sentía físicamente fuera de forma, pero interiormente estaba des-
truida, no conseguía tomar decisiones tan simples como tomar el libro de oraciones y conjuros
o pasearse ejercitando los músculos de las piernas a fin de reaccionar a tiempo a los embates
del dragón. Ya ni siquiera cabía en su cabeza la posibilidad cierta de elegir escucharlo o sim-
plemente ignorarlo, desviando su atención en el grabado de las piedras de la habitación.
Todo esto me dio el valor que necesitaba para hacer la visita final a la puerta del Yo del amor,
que era a quien más extrañaba, pero a quien más temía visitar. Pero aquella visita la dejaría
para la siguiente noche. Esta vez si que requería de una preparación sobrenatural.
El día lo pasé frente al mandala de líneas verticales y horizontales superpuestas, única per-
tenencia que guardaba colgado en mi aparente claustro. Al atardecer comencé a espiar la in-
evitable venida del dragón. Me sentía preparado para dar una gran batalla. Entonces sentí el
calor sofocante y el olor a combustible que auguraba su cercanía a las puertas. Había comen-
zado su rutina nocturna. Primero se ensañaba a golpes, coletazos y rugidos de fuego contra
la puerta del amor, pues sabía que de los cuatro Yo, era a quien más podía doblegar infundien-
do su odio putrefacto. Toda esa terrible noche me la pasé asomado a la puerta esperando que
el dragón terminara con el amor y siguiera con las otras puertas hasta llegar la mía. Pero ni
la confianza, ni el perdón ni la fe fuimos acosados esa interminable noche. Solo sentimos el in-
tenso combate entre el dragón y el amor. Recién al amanecer se retiró la bestia tan exhausta
que pasó frente a nuestras puertas como si no existiéramos. Estimulado por saber como estaría
el amor después de aquella terrible batalla corrí a su puerta. La puerta estaba abierta de par en
par y desde la alta ventana de piedra caía un rayo de luz que les daba a las piedras de la habi-
tación una textura de plata. Entonces lo vi, estaba recostado boca arriba sobre la fría piedra rec-
tangular que le servía de cama. Parecía la escultura de un rey que dio su vida por defender su
reino, como la imagen de un cristo puesto en el sepulcro. No dormía, no hacia nada, era una es-
pecie de cuerpo vacío que podía contener cualquier alma, cualquier palabra; llenarse con el más
mínimo asomo de vida. Era un amor vaciado de su Yo. Era amor puro, todo paz y belleza. Com-
prendí, súbitamente, que él era el más fuerte. Ciertamente era uno de mis cuatro Yo. Tan Yo como
cualquiera de los demás, pero el venia desde fuera de nosotros. El era parte del todo que trascen-
día castillos de piedra y cuerpos de carne. Estaba tanto en un cuerpo de carne como inmediatamen-
te en el aire que lo rodea y luego en la piedra o en el agua. Por eso el podía vaciarse de si y no ser,
pera ser solo amor, como lo era ahora frente a los ojos de la fe. Por eso no lo desperté. Por eso no
dije nada. Me quedé mudo contemplándolo, después que había dado su más cruenta batalla. Tam-
bién supe en ese instante por qué el dragón no llegaba a las demás puertas dando terribles golpes
y echando fuego por sus fauces. Toda la agresividad, la mayor cuota de violencia que impartía la
bestia se la llevaba el amor. Luego no le quedaba al dragón, más que decir algunos rezongos con
algo de maldad esencial, pero desvanecida por la verdad a la cual una y mil veces se enfrentaría:
El amor es el más fuerte por que no pertenece a ningún Yo, cosa que el dragón nunca podrá aceptar,
cuyo Yo solamente vive por y en sí mismo, lo que lo hace irreversiblemente una bestia eterna.