Xuacu
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL DRAGÓN NEGRO.
Hice jirones con mis colmillos
el traje de satén que vestía la noche
y apartando los trozos con mis alas,
deje a la luna pálida de terror
y a las fuentes negras sin su reflejo.
Se encogieron los nichos arrejuntándose
para parecer más poderosos y fieros,
dejando escapar el ruido de madera
de sus cajas, llenas de huesos sin sonidos.
Me pose en el centro del cementerio del mundo
y mí rugido se superpuso sobre vuestros lamentos,
despojos de muerte que mendiga una vida latente
para sorber un brote de belleza que les recuerde,
que un día fueron vivos y no olían a muerte.
Impíos hijos bastardos de vuestro pasado
que arrastráis en vuestras carnes, dejando rastrojos
de trozos de muerto por los caminos
que entrelazan las tumbas con bancos de descanso,
dejando a los floreros sucios de las lapidas blancas,
manchas marrón oscuro, de vuestra conciencia.
No he venido a reprocharos nada
no estoy aquí para liberar sufrimientos que avergüenzan,
vine a divertirme con lo que queda de vuestros cuerpos
a ser tan cruel con los gusanos, que los privare del postre
de vuestros ojos llenos de sangre y pus,
arrancándolos con mis garras y dejándolos suspensos
en los picos de los cuervos
que dan de comer a sus polluelos tan negros como ellos.
Las arañas me entrelazan una copa llena de sangre
recogida en el alba por los sepultureros,
para callar su miedo y que les deje vivir hasta su muerte
y serviles recogerán con sus escobas echas de hueso y pelo,
los restos de mí macabro juego
aquello que no lance a la noche y me entretuve,
masticando entre mis dientes y mí fuego
escupiéndolo a los adoquines del mármol de los panteones.
Y los ángeles tallados de cincel y gusto
podrán hablar entre ellos con susurros inaudibles,
que cuestionan la existencia de los dragones
pero perjurando por sus vidas de piedra inerte,
en voz alta y entrecortada, que en las noches de luna llena
tapa su haz de luz las alas de un ser diabólico,
al que con temor le llaman: El Dragón Negro.
Hice jirones con mis colmillos
el traje de satén que vestía la noche
y apartando los trozos con mis alas,
deje a la luna pálida de terror
y a las fuentes negras sin su reflejo.
Se encogieron los nichos arrejuntándose
para parecer más poderosos y fieros,
dejando escapar el ruido de madera
de sus cajas, llenas de huesos sin sonidos.
Me pose en el centro del cementerio del mundo
y mí rugido se superpuso sobre vuestros lamentos,
despojos de muerte que mendiga una vida latente
para sorber un brote de belleza que les recuerde,
que un día fueron vivos y no olían a muerte.
Impíos hijos bastardos de vuestro pasado
que arrastráis en vuestras carnes, dejando rastrojos
de trozos de muerto por los caminos
que entrelazan las tumbas con bancos de descanso,
dejando a los floreros sucios de las lapidas blancas,
manchas marrón oscuro, de vuestra conciencia.
No he venido a reprocharos nada
no estoy aquí para liberar sufrimientos que avergüenzan,
vine a divertirme con lo que queda de vuestros cuerpos
a ser tan cruel con los gusanos, que los privare del postre
de vuestros ojos llenos de sangre y pus,
arrancándolos con mis garras y dejándolos suspensos
en los picos de los cuervos
que dan de comer a sus polluelos tan negros como ellos.
Las arañas me entrelazan una copa llena de sangre
recogida en el alba por los sepultureros,
para callar su miedo y que les deje vivir hasta su muerte
y serviles recogerán con sus escobas echas de hueso y pelo,
los restos de mí macabro juego
aquello que no lance a la noche y me entretuve,
masticando entre mis dientes y mí fuego
escupiéndolo a los adoquines del mármol de los panteones.
Y los ángeles tallados de cincel y gusto
podrán hablar entre ellos con susurros inaudibles,
que cuestionan la existencia de los dragones
pero perjurando por sus vidas de piedra inerte,
en voz alta y entrecortada, que en las noches de luna llena
tapa su haz de luz las alas de un ser diabólico,
al que con temor le llaman: El Dragón Negro.