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El Doblón

Edouard

Poeta adicto al portal
En aquel cofre lleno de arena se escondía una pieza de oro. Tallada con el símbolo astro lógico del astro rey. Los judíos de la corte la descubrieron mientras cavaban maliciosos para enriquecerse. Pero cuando ya la tenían en sus avarientas manos, el rey los mandó prender por codiciosos. Los llevaron a los calabozos subterráneos del castillo. El monarca cogió tal áureo doblón y permanecía hipnotizado. Mientras observaba su marca mágica. Entonces se hizo noche y lo llevó a sus aposentos de rasgadas colgaduras. Lo guardó bajo la almohada y, desvistiéndose, se metió en la cama. A la mañana siguiente despertó cansado y anémico. Buscó tal joya. Pero en su lugar había la cabeza diminuta de un ídolo de plomo. Entonces, sobresaltado, mandó llamar a los presos para que le explicasen por tal cambio de condición metalizada. Aquellos afirmaron que había sido la configuración estelar quien había hecho tal presta transmutación. A lo cual, furibundo el dueño, lo lanzó contra la pared. Haciéndose pedazos.
 
homo-adictus, nuestros avariciosos judíos querían el doblón a toda costa. Para alimentar su codicia entre las personas de bien. Pero tal pieza de oro estaba grabada con el símbolo astro lógico del sol. Signo inconfundible de ascendiente propiedad de reyes y príncipes. El monarca sabía de las rastreras intenciones de nuestros malhechores hebreos. Y los mandó a la jaula perniciosa de los ladrones de objetos sacros. Para que así escarmentasen. Estaba tan atraído nuestro noble portador por insigne metal noble, marcado por la susodicha constelación de Leo, que cuando fue a dormir lo llevó consigo. Pero, cual sería su desengaño. Cuando al despertar era una cabeza de saturnino plomo. Y como los presos, que en temas ocultistas eran dechados eruditos de artes celestes, le espetaron la noticia de que tal transfiguración de la moneda en testa de ídolo con aleación del más bajo garbo se había debido a alguna conjunción planetaria en sextil casa con alguna estrella perniciosa. La furia salvaje de nuestro aristócrata no se hizo esperar. Y lanzó el ya sin valor objeto a una de las paredes de su alcoba. Quedando sus pedazos viles a los pies de su dormitorio. Atentamente Edouard.
 
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