En aquel cofre lleno de arena se escondía una pieza de oro. Tallada con el símbolo astro lógico del astro rey. Los judíos de la corte la descubrieron mientras cavaban maliciosos para enriquecerse. Pero cuando ya la tenían en sus avarientas manos, el rey los mandó prender por codiciosos. Los llevaron a los calabozos subterráneos del castillo. El monarca cogió tal áureo doblón y permanecía hipnotizado. Mientras observaba su marca mágica. Entonces se hizo noche y lo llevó a sus aposentos de rasgadas colgaduras. Lo guardó bajo la almohada y, desvistiéndose, se metió en la cama. A la mañana siguiente despertó cansado y anémico. Buscó tal joya. Pero en su lugar había la cabeza diminuta de un ídolo de plomo. Entonces, sobresaltado, mandó llamar a los presos para que le explicasen por tal cambio de condición metalizada. Aquellos afirmaron que había sido la configuración estelar quien había hecho tal presta transmutación. A lo cual, furibundo el dueño, lo lanzó contra la pared. Haciéndose pedazos.