En penumbra de fluorescente destello álgido, el dios de la parsimonia y el olvido cierra sus azules párpados. Humedecidos por la nocturna lluvia que hace sombra en el horizonte ya clausurado. Entonces, arrecia una descarnada ventolera. Que violenta, como un trapo sucio, la cabellera desmarcada del hijo de la luna. Vuelve a abrir los párpados. Y, agarrándose a un añejo roble, se levanta para fraguar los votos de la vil excomunión. Va en dirección de la soberbia maldad. Que, en frágil lontananza, lo espera con su perfume inaguantable de azufre quemado. Sus pasos dejan en el camino la huella pudorosa de mil astros. Congratulados con la inmaculada fechoría de los señores de las eternas tinieblas. Cuando divisa el pasador cobrizo, que lo ha de llevar al vacío existencial de moribunda estrella cantarina, se precipita con sus alas de terciopelo. Fundiéndose con la nada. Volatilizada mágicamente. Mientras el alma del ya difunto dios se estrella malicioso contra el muro áspero. Que queda adornado con la noble sangre del pundonor y realeza infinitas y silenciosas.