De vino tinto era el color de sus míseras facciones. Sus ojos estaban hundidos pero desprendían una luz malévola de perverso demonio embriagado. Quería, a toda costa, pasar desapercibido en una fiesta nocturna que se celebraba en los aledaños de París. Mas las damas y los compañeros lo observaban con mirada turbia y asustada. Parecía aquel personaje salido de una enclenque funeraria de diezmados cuerpos disecados. Entonces, cuando sonó una música alegre y extasiada, nuestro cadavérico hombre le pidió la mano a una mujer rubia y de ojos azules. Mas ella, por asco, lo insultó y, con desdén, dejó de prestarle atención alguna. Fue entonces cuando se volvió tan furioso que la horda craneal comenzó a dilatarse. De sus pálidos labios brotaban palabras de perjurio y blasfemia hacia el sexo femenino. Cogió un jarrón lleno de rosas negras y lo lanzó contra la pared donde los músicos tocaban. El silencio se hizo grave. La gente dejó de beber y bailar. El trasnochado ser cogió el gabán y salió presuroso de la sala. No sin antes maldecir en un alarde de versos satánicos a los concurrentes del lugar.