En festivo mayo perenne se escuchan los sonidos tenues de las alimañas del somnífero albor eterno. Una insignificante gasa de niebla deshilvanada es consumida por los rociados campos amarillos. Por esos lugares va caminando un hombre de insignificante estatura. Lleva en sus manos el sudario del Cristo muerto. Va recitando una letanía monótona que acaba por marchitar las negras rosas que crecían espinadas a ambos bandos del camino. Entonces se para. Y las observa. Se da plena cuenta de que el cañonazo religioso de eco blasfemo es la fragancia maléfica que terminó por pudrir tal bellas flores. Entonces, enfurecido - rojo carmín de cólera malévola - arroja al suelo el ropaje del Maestro. Y lo pisotea sin contemplaciones. Suelta un alarido de descomunal placer. Comienza a correr a toda prisa en una atardecer. Que ya cae como llovizna fluorescente sobre su alocada cabeza granate. Y acaba por descansar en el regazo mortuorio de una brisa que para siempre sella su decadente aliento vital.