Antonio
Moderador ENSEÑANTE/asesor en Foro poética clásica
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El cuento de los mendigos
Una gélida noche de frío invierno, tres mendigos a adecentar sus humildes camas se disponían, de cartones y una vieja alfombra su cutre alcoba se componía, les guarecía del viento que allí hacia, un lúgubre rincón.
Un hombre de edad incierta se acercó, sobre sus hombros de cuero negro un abrigo se sostenía, medio ocultando un elegante traje que le vestía del que resaltaba un aura blanca, o quizás sería, la espesa niebla que se poso, provocando en los mendigos su atención.
Dirigiéndose a ellos con voz profunda, como si llegase de la ultratumba, un escalofrió por todo su cuerpo les recorrió.
-Quien consiguiera, a una persona hacer feliz en el transcurso de una semana, un inagotable maletín de dinero tendrá al acabarla.
Los tres pobres hombres incrédulos le contemplaron, quien parecía el más resuelto, le pregunto.
-¿Cómo sabremos, que no es broma?
El personaje de abrigo oscuro y traje blanco, haciendo un gesto le contesto; Introduciendo la clave en el candado, el numero de la bestia se dibujo, allí mismo el maletín desbloqueo, repartiendo un fajo de billetes inagotable de entre sus manos, alguno se le voló.
- Esta es la prueba, a partir de ahora libres seréis de con el dinero hacer lo que os sea menester, con la condición del que no cumpla lo establecido antes de la media noche del séptimo día, su alma he de tener, para con ella lo que quiera a bien hacer.
Dentro de una semana, a esta hora aquí estaré y de esta forma las deudas pagaré, o de lo contrario me cobraré.
El primero el fajo de billetes para si tomó, por los arrabales de la ciudad y se perdió, entregándose en cuerpo y alma a los placeres que la lujuria le brindara, sin pensar en más que en la francachela y el desenfreno que le deparaba, tanto dinero como llevaba.
- !Cuando me veré en otra igual! con un loco dando dinero.
Así mismo se decía, mientras una botella de güisqui en su mano sostenía, apurándola como el agua de un oasis que no encontrara, después de un caminar largo que el desierto le deparara.
El segundo se acerco con el dinero hasta un conocido usurero, especulador famoso y poco escrupuloso a la hora de conseguir beneficios cuantiosos a costa de cualquier “honrado” inversor.
Y le dijo.
- Repartiré las ganancias entre tu y yo, si este dinero me lo multiplicas por dos.
-¡Que fácil! para sí se decía, negocio redondo haría, con la mitad de los beneficios me quedaría si es verdad o esta de atar me ha de dar, el maletín con el dinero mío será, al demostrar lo feliz que el usurero se quedará.
El tercero quedo pensando que hacer con tanto dinero en su poder.
Al cabo de los siete días, minutos antes de la hora establecida, sin saber por donde, apareció en el lugar el misterioso personaje con tenebrosa aura, a los mendigos lo convenido vino a demandar.
- ¿Y bien?
Uno de ellos levanto la mirada lánguida y triste, diciendo.
-Quise invertirlo y lo perdí, me lo robaron, nada tengo.
- ¿Y tu compañero?
-Lleva dos días durmiendo, se ha debido pasar cinco días tremendos.
- ¿Y el que falta?
-De el no se nada, no le he visto en toda la semana.
-A partir de ahora vuestras almas me pertenecen.
Desvaneciéndose los dos vagabundos sin dejar rastro alguno de su paso por el mundo.
Instantes después apareció el tercer mendigo, totalmente irreconocible, sin sus harapos, los había cambiado por un vestuario impoluto, junto a otro individuo de igual aspecto.
-Como te aseguré, mis otros dos compañeros se han ido, aquí tienes el rincón, puedes compartirlo con migo, al menos compañía tendré y solo no estaré.
Mientras hablaba a su nuevo compañero, se percato de una sombra alargada que a él sigilosamente se acercaba.
-¿Qué tienes que contarme? ¿Invertiste bien tu dinero?
-La verdad es que mucho me lo he pensado, para al final ir a parar a un balneario, con este amigo que me encontré por el camino.
Al cabo de algunos días medite la situación y llegue a la conclusión, que el mantener este nivel de vida, un gran esfuerzo y tiempo me supondría, por lo que le propuse a mi amigo compartir el lugar que habrían dejado los antiguos inquilinos.
-¿Y el resto del dinero?
-¡Ah! Como no sabía muy bien que hacer con el dinero, se lo di a un conocido usurero que merodeaba junto a mí, mirándome con ojos que de las orbitas se le salían, como sabiendo el dinero que tenía y que pronto le daría aunque no disfrutase de él.
Moraleja.
El dinero vil metal
complemento del avaro
como el aire que respira
sintiéndolo le da vida
si no lo siente la muerte
mientras a este le enriquece,
al mendigo le empobrece,
el poderoso con el crece,
el corrupto lo utiliza,
como pieza de intercambio
con el cual se beneficia
a costa de algún engaño,
el ebrio con el se embriaga
aunque luego no le quede nada
ni la propia voluntad,
mientras tanto los demás
se intercambian las monedas
en sudor algo mojadas
aunque a veces solo valga
de trueque nada más,
para poderse llevar
a la boca un trozo de pan.
Antonio Nieto Bruna
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Una gélida noche de frío invierno, tres mendigos a adecentar sus humildes camas se disponían, de cartones y una vieja alfombra su cutre alcoba se componía, les guarecía del viento que allí hacia, un lúgubre rincón.
Un hombre de edad incierta se acercó, sobre sus hombros de cuero negro un abrigo se sostenía, medio ocultando un elegante traje que le vestía del que resaltaba un aura blanca, o quizás sería, la espesa niebla que se poso, provocando en los mendigos su atención.
Dirigiéndose a ellos con voz profunda, como si llegase de la ultratumba, un escalofrió por todo su cuerpo les recorrió.
-Quien consiguiera, a una persona hacer feliz en el transcurso de una semana, un inagotable maletín de dinero tendrá al acabarla.
Los tres pobres hombres incrédulos le contemplaron, quien parecía el más resuelto, le pregunto.
-¿Cómo sabremos, que no es broma?
El personaje de abrigo oscuro y traje blanco, haciendo un gesto le contesto; Introduciendo la clave en el candado, el numero de la bestia se dibujo, allí mismo el maletín desbloqueo, repartiendo un fajo de billetes inagotable de entre sus manos, alguno se le voló.
- Esta es la prueba, a partir de ahora libres seréis de con el dinero hacer lo que os sea menester, con la condición del que no cumpla lo establecido antes de la media noche del séptimo día, su alma he de tener, para con ella lo que quiera a bien hacer.
Dentro de una semana, a esta hora aquí estaré y de esta forma las deudas pagaré, o de lo contrario me cobraré.
El primero el fajo de billetes para si tomó, por los arrabales de la ciudad y se perdió, entregándose en cuerpo y alma a los placeres que la lujuria le brindara, sin pensar en más que en la francachela y el desenfreno que le deparaba, tanto dinero como llevaba.
- !Cuando me veré en otra igual! con un loco dando dinero.
Así mismo se decía, mientras una botella de güisqui en su mano sostenía, apurándola como el agua de un oasis que no encontrara, después de un caminar largo que el desierto le deparara.
El segundo se acerco con el dinero hasta un conocido usurero, especulador famoso y poco escrupuloso a la hora de conseguir beneficios cuantiosos a costa de cualquier “honrado” inversor.
Y le dijo.
- Repartiré las ganancias entre tu y yo, si este dinero me lo multiplicas por dos.
-¡Que fácil! para sí se decía, negocio redondo haría, con la mitad de los beneficios me quedaría si es verdad o esta de atar me ha de dar, el maletín con el dinero mío será, al demostrar lo feliz que el usurero se quedará.
El tercero quedo pensando que hacer con tanto dinero en su poder.
Al cabo de los siete días, minutos antes de la hora establecida, sin saber por donde, apareció en el lugar el misterioso personaje con tenebrosa aura, a los mendigos lo convenido vino a demandar.
- ¿Y bien?
Uno de ellos levanto la mirada lánguida y triste, diciendo.
-Quise invertirlo y lo perdí, me lo robaron, nada tengo.
- ¿Y tu compañero?
-Lleva dos días durmiendo, se ha debido pasar cinco días tremendos.
- ¿Y el que falta?
-De el no se nada, no le he visto en toda la semana.
-A partir de ahora vuestras almas me pertenecen.
Desvaneciéndose los dos vagabundos sin dejar rastro alguno de su paso por el mundo.
Instantes después apareció el tercer mendigo, totalmente irreconocible, sin sus harapos, los había cambiado por un vestuario impoluto, junto a otro individuo de igual aspecto.
-Como te aseguré, mis otros dos compañeros se han ido, aquí tienes el rincón, puedes compartirlo con migo, al menos compañía tendré y solo no estaré.
Mientras hablaba a su nuevo compañero, se percato de una sombra alargada que a él sigilosamente se acercaba.
-¿Qué tienes que contarme? ¿Invertiste bien tu dinero?
-La verdad es que mucho me lo he pensado, para al final ir a parar a un balneario, con este amigo que me encontré por el camino.
Al cabo de algunos días medite la situación y llegue a la conclusión, que el mantener este nivel de vida, un gran esfuerzo y tiempo me supondría, por lo que le propuse a mi amigo compartir el lugar que habrían dejado los antiguos inquilinos.
-¿Y el resto del dinero?
-¡Ah! Como no sabía muy bien que hacer con el dinero, se lo di a un conocido usurero que merodeaba junto a mí, mirándome con ojos que de las orbitas se le salían, como sabiendo el dinero que tenía y que pronto le daría aunque no disfrutase de él.
Moraleja.
El dinero vil metal
complemento del avaro
como el aire que respira
sintiéndolo le da vida
si no lo siente la muerte
mientras a este le enriquece,
al mendigo le empobrece,
el poderoso con el crece,
el corrupto lo utiliza,
como pieza de intercambio
con el cual se beneficia
a costa de algún engaño,
el ebrio con el se embriaga
aunque luego no le quede nada
ni la propia voluntad,
mientras tanto los demás
se intercambian las monedas
en sudor algo mojadas
aunque a veces solo valga
de trueque nada más,
para poderse llevar
a la boca un trozo de pan.
Antonio Nieto Bruna
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