Iset
Poeta asiduo al portal
Hay algo en este cuadro que no calza, quizá sea el gesto mediocre de la madre vendiendo al hijo, o la desesperación de éste por volver a casa, no lo sé, sin embargo, hay algo que parece fuera de lugar. Lo mismo sentí cuando lo pintaba, sabía que algo no encajaba y a pesar de aquello, seguí pincelando, hasta que sin darme cuenta estaba listo. Quizá lo más extraño haya sido que, durante el proceso, algo me ardió en las entrañas, tenía la sensación de estarme quemando vivo, puede que aquella experiencia la haya transmitido indirectamente al cuadro. Pese a todo, lo más terrorífico del asunto no fue eso, sino que, al finalizar mi obra, alguien me tomó fuertemente del brazo y me atrajo hacia sí, era una señora de edad, cuyo delantal de cocina aún tenía el aroma de una cazuela de campo, me sujetaba con fuerza mientras conversaba enérgicamente con un hombre que no dejaba de mirarme. Al cabo de unos minutos comprendí de lo que hablaban, aquella mujer, me estaba vendiendo, consternada reclamaba por el precio, no le parecía justo, mientras el hombre a su lado le increpaba mi aspecto. Hasta ese entonces, no me había percatado de mí mismo, vestía mal, olía a alcantarilla, y no podía dejar de dolerme el pecho, me sentía afligido, sólo deseaba acurrucarme a las faldas de esa mujer y pedirle de esa cazuela que parecía estar sabrosa. Ellos no dejaban de discutir, ella disconforme, él sintiéndose vencedor, y yo sólo deseando refugio. La escena se mantuvo así, hasta que olvidé que estaba ahí y pude sentir cómo la piel se me erizaba al rozar el atril. La imagen era perfecta, digna de un cuadro.