Loco
Poeta fiel al portal
Comienzo a esparcir hojas de cerezo en los prados donde gocé. Qué como lluvia de otoño, apaguen la lumbre de mi candela, en tu bosque de corta hierba. Comienza a dejar mariposas el Ogro samurái, en una primavera de edad incierta, como las montañas. Os cuenta lo qué una hoja de papel, un pincel, una flor y una espada puede hacer para seducir a seres qué desean el amor, el sexo y la vida. Todos somos como árboles desnudos, sin hojas, qué un día nos viste el destino con ilusiones y esperanzas. Nos arraigamos a la tierra con la experiencia, pero los vientos del norte nos zarandean. Amamos el verano, pues el calor del cuerpo nos hace creernos melocotones maduros qué otro desearan comer. El invierno nos espera, aún lejos, con un hoyo frío donde descansaremos del viaje, qué sin consulta nos hicieron emprender. Y ese día querremos qué por lo menos una sonrisa sea nuestra mortaja.
Somos delicados y fuertes, somos crisantemos y filos de espadas. Damos perfume y belleza en una ventana, mientras el amor, nos pasa rápido como golondrinas. Impartimos dureza en nuestro caminar, y cercenamos muchas veces inocentes flores, o aniquilamos a furibundos enemigos, como demonios en de nuestras almas. Somos todo eso y más, qué os iré descubriendo, pues yo soy quien da, y quien toma. Soy la qué te ha visto nacer y te verá morir. Soy ciega y vidente. De quien huyes y a la vez amas soy tu muerte. Aquí empiezan las historias del crisantemo y la espada.
Viajo sola, no llevo nunca compañía en mis días y mis noches, no sé lo qué es el sueño, ni el descanso, y sin embargo no estoy, he desparecido. Soy eterna, y mi ser esta hecho de miles de almas qué recojo en su último viaje. Mi piel se tatúa de sus nombres, pues en una postrera muestra de compasión dejo qué eso se impregne en mí. Cada cierto tiempo, no soporto tanta angustia que malvivieron y tengo qué lavarme en un manantial. En esos momentos, muchas pecas se quedan adheridas y son aquellas almas qué más me impresionaron. El destino me hizo ser lo qué soy. O tal vez el destino sea yo y esto sea una excusa. Los sentimientos humanos me hacen ser débil, o fuerte, o no sé. Lo veis la eterna duda, por eso sois tan grandes y a la vez tan miserables. Soy ser de corta conversación, la verdad nadie quiere comunicarse conmigo, soy un tabú, un asunto a evitar. Pues saben que al final me tienen que ver y darme sus manos y seguirme. Creo que nadie en sano juicio sería mi amigo. Pero ese día debajo de esa higuera cerca del puerto de Edo, fui a buscar a ese viejo samurái
Somos delicados y fuertes, somos crisantemos y filos de espadas. Damos perfume y belleza en una ventana, mientras el amor, nos pasa rápido como golondrinas. Impartimos dureza en nuestro caminar, y cercenamos muchas veces inocentes flores, o aniquilamos a furibundos enemigos, como demonios en de nuestras almas. Somos todo eso y más, qué os iré descubriendo, pues yo soy quien da, y quien toma. Soy la qué te ha visto nacer y te verá morir. Soy ciega y vidente. De quien huyes y a la vez amas soy tu muerte. Aquí empiezan las historias del crisantemo y la espada.
Viajo sola, no llevo nunca compañía en mis días y mis noches, no sé lo qué es el sueño, ni el descanso, y sin embargo no estoy, he desparecido. Soy eterna, y mi ser esta hecho de miles de almas qué recojo en su último viaje. Mi piel se tatúa de sus nombres, pues en una postrera muestra de compasión dejo qué eso se impregne en mí. Cada cierto tiempo, no soporto tanta angustia que malvivieron y tengo qué lavarme en un manantial. En esos momentos, muchas pecas se quedan adheridas y son aquellas almas qué más me impresionaron. El destino me hizo ser lo qué soy. O tal vez el destino sea yo y esto sea una excusa. Los sentimientos humanos me hacen ser débil, o fuerte, o no sé. Lo veis la eterna duda, por eso sois tan grandes y a la vez tan miserables. Soy ser de corta conversación, la verdad nadie quiere comunicarse conmigo, soy un tabú, un asunto a evitar. Pues saben que al final me tienen que ver y darme sus manos y seguirme. Creo que nadie en sano juicio sería mi amigo. Pero ese día debajo de esa higuera cerca del puerto de Edo, fui a buscar a ese viejo samurái