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El corazón vuelto sistema IV .4

A Verd

Poeta recién llegado
El corazón vuelto sistema
IV. Brazo-cañón

(...)


Apuramos
nuestras jarras de cerveza

el alcohol
estaba prohibido,
pero lo comprábamos
incluso en los supermercados oficiales.

Mis piernas
no se detenían
bajo la mesa

y los labios
apretados

miraba
a todos lados.

Me creía explotar
pero antes lo hizo
una bombilla
sobre unos ancianos
semidesnudos

que comenzaron
a insultar al techo

y los jóvenes
nos sonreíamos:

iban a lo suyo
y pasaba lo que tenía que pasar.


Un local oscuro y grasiento

un cuartucho con baño
que algunos usaban,
aunque yo jamás
lo había visto.

—¡Quieto, hijoputa!

El barman
botella en mano
saltó a la barra
y se abalanzó
sobre el cliente sentado.

Parece que éste
le había amenazado
con flirtear y follarse
a su mujer

y el otro rebatió
con idéntico argumento
pero acerca de la hija
del que bebía,
despreocupado en apariencia.

Mas le cambió el gesto
mientras bajaba la jarra,
señalando con la cabeza:

—De ahí no sales, mamón
y se llevaba la mano al bolsillo.

El otro le gritó
y agarró grácil
mientras saltaba
un whisky
negruzco como todos

Mievlovich 45,
de los caros;

pulsé los botones
un tanto exaltado
y me desvanecí dolorosamente.
 
El corazón vuelto sistema
IV. Brazo-cañón

(...)


Apuramos
nuestras jarras de cerveza

el alcohol
estaba prohibido,
pero lo comprábamos
incluso en los supermercados oficiales.

Mis piernas
no se detenían
bajo la mesa

y los labios
apretados

miraba
a todos lados.

Me creía explotar
pero antes lo hizo
una bombilla
sobre unos ancianos
semidesnudos

que comenzaron
a insultar al techo

y los jóvenes
nos sonreíamos:

iban a lo suyo
y pasaba lo que tenía que pasar.


Un local oscuro y grasiento

un cuartucho con baño
que algunos usaban,
aunque yo jamás
lo había visto.

—¡Quieto, hijoputa!

El barman
botella en mano
saltó a la barra
y se abalanzó
sobre el cliente sentado.

Parece que éste
le había amenazado
con flirtear y follarse
a su mujer

y el otro rebatió
con idéntico argumento
pero acerca de la hija
del que bebía,
despreocupado en apariencia.

Mas le cambió el gesto
mientras bajaba la jarra,
señalando con la cabeza:

—De ahí no sales, mamón
y se llevaba la mano al bolsillo.

El otro le gritó
y agarró grácil
mientras saltaba
un whisky
negruzco como todos

Mievlovich 45,
de los caros;

pulsé los botones
un tanto exaltado
y me desvanecí dolorosamente.
Un ambiente festivo pero peligroso.
La bebida siempre termina mal.

Saludos
 
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