A Verd
Poeta recién llegado
El corazón vuelto sistema
III. Dos pájaros de un tiro
Qué hacíamos:
follábamos.
Nos amábamos
sobre las rocas,
entre trozos de plástico
quemado.
Tras un montículo de arena
resonaba el río.
Cuando sentí que me iba a correr,
imaginé con todas mis fuerzas
que me hundía en el aceite
resonante
asqueroso
y pudimos continuar.
El azul de los ojos
en su lugar.
Ella buscaba una palabra
insistía y me inquiría:
cómo podría expresarlo.
En esas estábamos
cuando se tumbó
y de sus entrañas
salía un niño
todo blando
y desnudo.
Aunque yo estaba horrorizado
no parecía
que a ella
le temblara el pulso pulso,
lo expulsó
sobre la tierra,
arrancó con los dientes
el cordón que los unía
y tomó
una enorme piedra,
instintiva
directo a la cabeza.
Tranquila
me seguía preguntando
y le daba vueltas.
Algunos otros se lanzaron
y le arrebataron al bebé
para que dejara de machacarlo
y por lo visto
era blando
para nuestras mandíbulas
(Quizá lleváramos allí
doscientos años pero
Alguien soltaba arena
en el aire,
y el calor la arrastraba
en espirales
hacia lo lejos
y se fundían
y desaparecían
momentáneamente;
esquivábamos
las gotas ácidas flotantes;
parecen emanar
de los restos del niño,
tendones húmedos
y astillas de hueso blanco.
(...)
III. Dos pájaros de un tiro
Qué hacíamos:
follábamos.
Nos amábamos
sobre las rocas,
entre trozos de plástico
quemado.
Tras un montículo de arena
resonaba el río.
Cuando sentí que me iba a correr,
imaginé con todas mis fuerzas
que me hundía en el aceite
resonante
asqueroso
y pudimos continuar.
El azul de los ojos
en su lugar.
Ella buscaba una palabra
insistía y me inquiría:
cómo podría expresarlo.
En esas estábamos
cuando se tumbó
y de sus entrañas
salía un niño
todo blando
y desnudo.
Aunque yo estaba horrorizado
no parecía
que a ella
le temblara el pulso pulso,
lo expulsó
sobre la tierra,
arrancó con los dientes
el cordón que los unía
y tomó
una enorme piedra,
instintiva
directo a la cabeza.
Tranquila
me seguía preguntando
y le daba vueltas.
Algunos otros se lanzaron
y le arrebataron al bebé
para que dejara de machacarlo
y por lo visto
era blando
para nuestras mandíbulas
(Quizá lleváramos allí
doscientos años pero
la putrefacción
ya no es problema).
ya no es problema).
Alguien soltaba arena
en el aire,
y el calor la arrastraba
en espirales
hacia lo lejos
y se fundían
y desaparecían
momentáneamente;
esquivábamos
las gotas ácidas flotantes;
parecen emanar
de los restos del niño,
tendones húmedos
y astillas de hueso blanco.
(...)