Orfelunio
Poeta veterano en el portal
♣
El convento de la vieja Irene
Azul, azul azul,
vida vida vida,
alegre alegre alegre.
Negro, negro y negro,
muerte muerte muerte,
baúl, baúl baúl,
serio, serio serio.
Rojo, rojo rojo,
duro, duro y duro,
rosa, rosa rosa,
tierno, tierno tierno.
Muro muro muro,
lirios, lirios, lirios
Amarillos nudos,
duelos claroscuros
en blancos cementerios.
Me despierta un albo perfume.
Huele a alcohol,
transparencias de cristales
en mesa de lunas.
Batas albinas,
sonidos de acero;
aromas de gasas,
pálidas sábanas
y blancos pañuelos.
Oxígeno acuoso, y hierro,
asepsias de infecto
en estériles cuerpos
de gomas y telas.
Frío desierto
de médicos belgas;
enfermeras francesas
con su falda cortita,
y sus pechos de adelfa,
que asfixian, y asfixian.
Y también huele a serio,
a calores de enfermo,
a mesuras no frescas
de un silencio nocturno,
y a salas de espera
en hospitales de muertos.
Lo que daría por aquel aroma a café,
y aquella vieja de negro,
que servía en bandeja de plata
un chocolate suizo,
en una mansión
que un palacio
no supera sus frisos.
Y aquellas tardes lavanda,
de rosas y rojos,
y canarillos de lirio,
que en bronce sus mozas
aderezaban estatuas,
y más, y más cosas.
Muslos bronceados,
carnes marrones,
blancas medias de seda,
criadas de los señores;
atrevidas niñas mujeres, graciosas,
que se probaban garbosas,
lencerías, jugando a marqueses.
Y yo que era un niño de fiebre,
me vestía de enfermo,
al calor de lo alegre;
y en alcobas que oculto,
que nadie puede, ni debe,
me enseñaban los cielos y bultos,
las curvas que Eros
nos da en redondeces.
Allí saltaba la una,
y yo entre cuerpos dobleces,
aceptaba las buenas vacunas,
medicinas de leches, y leches.
Y al caer de la tarde,
cuando el rojo es poniente,
marchaba despacio;
y unas nubes de engaño,
anunciando tormenta
pidieron la noche.
Mi madre asustada:
El niño con fiebre
Y yo entre las rosas,
que llueven, que llueven.
¿Qué hiciste en la casa, de la vieja Irene?,
¿hay goteras acaso, que mojado me vienes?
En la casa de Irene
hace un frío de muerte;
sólo hay fuego en alcobas,
y un olor aguardiente,
donde juegan las mozas
a quitarse la ropa,
y vestirse de fuelles.
Que fui con la abuela
a rezar un rosario,
y cansado de tanto rezarlo,
-mis pies eran nieves-
a la alcoba marché a calentarlos,
siendo el juguete de todas
las monjas noveles.
vida vida vida,
alegre alegre alegre.
Negro, negro y negro,
muerte muerte muerte,
baúl, baúl baúl,
serio, serio serio.
Rojo, rojo rojo,
duro, duro y duro,
rosa, rosa rosa,
tierno, tierno tierno.
Muro muro muro,
lirios, lirios, lirios
Amarillos nudos,
duelos claroscuros
en blancos cementerios.
Me despierta un albo perfume.
Huele a alcohol,
transparencias de cristales
en mesa de lunas.
Batas albinas,
sonidos de acero;
aromas de gasas,
pálidas sábanas
y blancos pañuelos.
Oxígeno acuoso, y hierro,
asepsias de infecto
en estériles cuerpos
de gomas y telas.
Frío desierto
de médicos belgas;
enfermeras francesas
con su falda cortita,
y sus pechos de adelfa,
que asfixian, y asfixian.
Y también huele a serio,
a calores de enfermo,
a mesuras no frescas
de un silencio nocturno,
y a salas de espera
en hospitales de muertos.
Lo que daría por aquel aroma a café,
y aquella vieja de negro,
que servía en bandeja de plata
un chocolate suizo,
en una mansión
que un palacio
no supera sus frisos.
Y aquellas tardes lavanda,
de rosas y rojos,
y canarillos de lirio,
que en bronce sus mozas
aderezaban estatuas,
y más, y más cosas.
Muslos bronceados,
carnes marrones,
blancas medias de seda,
criadas de los señores;
atrevidas niñas mujeres, graciosas,
que se probaban garbosas,
lencerías, jugando a marqueses.
Y yo que era un niño de fiebre,
me vestía de enfermo,
al calor de lo alegre;
y en alcobas que oculto,
que nadie puede, ni debe,
me enseñaban los cielos y bultos,
las curvas que Eros
nos da en redondeces.
Allí saltaba la una,
y yo entre cuerpos dobleces,
aceptaba las buenas vacunas,
medicinas de leches, y leches.
Y al caer de la tarde,
cuando el rojo es poniente,
marchaba despacio;
y unas nubes de engaño,
anunciando tormenta
pidieron la noche.
Mi madre asustada:
El niño con fiebre
Y yo entre las rosas,
que llueven, que llueven.
¿Qué hiciste en la casa, de la vieja Irene?,
¿hay goteras acaso, que mojado me vienes?
En la casa de Irene
hace un frío de muerte;
sólo hay fuego en alcobas,
y un olor aguardiente,
donde juegan las mozas
a quitarse la ropa,
y vestirse de fuelles.
Que fui con la abuela
a rezar un rosario,
y cansado de tanto rezarlo,
-mis pies eran nieves-
a la alcoba marché a calentarlos,
siendo el juguete de todas
las monjas noveles.