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El Colegio. Capítulo I

edelabarra

Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
NACIONAL SARMIENTO.jpg


Capitulo I

El COLEGIO

La inscripción:
En Buenos Aires, yo había asistido a un insituto muy tradicional y “a la antigua”; el Nacional Sarmiento, Colegio solo para varones, de antigua data, con viejos y excelentes profesores, los cuales en su mayoría ejercían sus cátedras, controlando la disciplina por medio del terror que infundía la libreta de calificaciones.
Mis padres, no sé por qué, habían decidido en mí una obligación de quemar etapas, haciendo que diera un año libre al final de la escuela primaria, acelerando mi infancia, de manera que luego de dar un examen para saltear el último año de la primaria ingresé a ese colegio Sarmiento, donde hice 1º, 2º y 3º, con un año menos de edad que el resto de mis compañeros (Eso me costó además separarme de mis viejos amigos de la primaria, amistad que por suerte no perdí, ya que hasta hoy en día, los sigo viendo), objetivo aquel al que nunca le encontré utilidad alguna, ya que los desperdicié luego de egresar del colegio patagónico al que pretendía entrar, en un par de años sabáticos dedicados a los trabajos de campo. En mi nueva vida, en medio de la Patagonia, corría el mes de diciembre de 1957 y debía anotarme en el Colegio Nacional local, para lo cual me dirigí una tarde, bajo un seco sol abrasador y entré a la oficina de administración, donde sólo estaba una docente y una niña de mi edad, con su lacio peinado negro, que le llegaba casi a la cintura; sus rasgos tenían una bellísima impronta indígena. Yo tenía 15 años recién cumplidos. Ella se estaba anotando para cursar 3er año, y luego de concluir su trámite, me preguntó:
-¿Y vos, a que año vas?
- A 4º le dije.
Me miró con incredulidad y algo de sorna y me sonrió:
-¡Andá!
-Sí, en serio, le dije…
Ahí quedó la conversaciòn y nos despedimos con un - Chau –

La cuestión es que las clases comenzaron en el mes de marzo y era la primera vez que entraba en un colegio mixto, al que también asistía mi hermana mayor, con la cual compartimos el aula;

Nuestro ingreso en el aula, lo tengo grabado para siempre; eramos 12 en total, nueve varones y tres niñas y las miradas de los presentes, se clavaron en nosotros, los forasteros, que veníamos a comparitr ese ámbito por los dos años siguientes.
La primera impresión fue de desarraigo y de pérdida, sumado a cierto sentimiento de hostilidad y de sentirse observado; que tardó varios días en disiparse.
Allí conocí a Octavio, también porteño de Buenos Aires y que por suertes similares, asistía a ese colegio desde hacía un año, quien fue mi compañero de banco por el resto de la secundaria.
Durante los recreos, salíamos del aula rodeando algunos edificios por una vereda que pasaba por las puertas de salida de las aulas de los otros años.
La única persona que yo conocía, aparte de mi hermana, era la niña que había visto durante aquella inscripción, en el mes de diciembre pasado.
Así que cuando la ví paradita en el umbral de su aula, me detuve y empecé a conversar tímidamente con ella cada vez que había un recreo; esas charlas se extendieron durante dos años y puedo decir ahora a la distancia que ésa fue mi primera novia, una relaciòn sumamente inocente que recuerdo con nostalgia y cariño, que ocupó mi mente durante los días y las noches en casi toda mi estadía en esa zona inhóspita del Sur.

Eduardo León de la Barra
 
Última edición:
Mi querido amigo lleno de sabiduria donde la historia se pone interesante.
continuara.
Como siempre cautivas al lector desde el inicio al final, tqmmmm.
te envio besitos y abrazitos.
 
Mi querido amigo lleno de sabiduria donde la historia se pone interesante.
continuara.
Como siempre cautivas al lector desde el inicio al final, tqmmmm.
te envio besitos y abrazitos.

Me da mucho gusto queirida Anamar, que seas tú quien inaugure esta nueva etapa de comentarios,
después de tanto tiempo de no escribir prosa, siempre eres bienvenida a mi espacio,
muchas gracias por pasar...
Un abrazo,
Eduardo.
 


Capitulo I

El COLEGIO

La inscripción:
En Buenos Aires, yo había asistido a un insituto muy tradicional y “a la antigua”; el Nacional Sarmiento, Colegio solo para varones, de antigua data, con viejos y excelentes profesores, los cuales en su mayoría ejercían sus cátedras, controlando la disciplina por medio del terror que infundía la libreta de calificaciones.
Mis padres, no sé por qué, habían decidido en mí una obligación de quemar etapas, haciendo que diera un año libre al final de la escuela primaria, acelerando mi infancia, de manera que luego de dar un examen para saltear el último año de la primaria ingresé a ese colegio Sarmiento, donde hice 1º, 2º y 3º, con un año menos de edad que el resto de mis compañeros (Eso me costó además separarme de mis viejos amigos de la primaria, amistad que por suerte no perdí, ya que hasta hoy en día, los sigo viendo), objetivo aquel al que nunca le encontré utilidad alguna, ya que los desperdicié luego de egresar del colegio patagónico al que pretendía entrar, en un par de años sabáticos dedicados a los trabajos de campo. En mi nueva vida, en medio de la Patagonia, corría el mes de diciembre de 1957 y debía anotarme en el Colegio Nacional local, para lo cual me dirigí una tarde, bajo un seco sol abrasador y entré a la oficina de administración, donde sólo estaba una docente y una niña de mi edad, con su lacio peinado negro, que le llegaba casi a la cintura; sus rasgos tenían una bellísima impronta indígena. Yo tenía 15 años recién cumplidos. Ella se estaba anotando para cursar 3er año, y luego de concluir su trámite, me preguntó:
-¿Y vos, a que año vas?
- A 4º le dije.
Me miró con incredulidad y algo de sorna y me sonrió:
-¡Andá!
-Sí, en serio, le dije…
Ahí quedó la conversaciòn y nos despedimos con un - Chau –

La cuestión es que las clases comenzaron en el mes de marzo y era la primera vez que entraba en un colegio mixto, al que también asistía mi hermana mayor, con la cual compartimos el aula;

Nuestro ingreso en el aula, lo tengo grabado para siempre; eramos 12 en total, nueve varones y tres niñas y las miradas de los presentes, se clavaron en nosotros, los forasteros, que veníamos a comparitr ese ámbito por los dos años siguientes.
La primera impresión fue de desarraigo y de pérdida, sumado a cierto sentimiento de hostilidad y de sentirse observado; que tardó varios días en disiparse.
Allí conocí a Octavio, también porteño de Buenos Aires y que por suertes similares, asistía a ese colegio desde hacía un año, quien fue mi compañero de banco por el resto de la secundaria.
Durante los recreos, salíamos del aula rodeando algunos edificios por una vereda que pasaba por las puertas de salida de las aulas de los otros años.
La única persona que yo conocía, aparte de mi hermana, era la niña que había visto durante aquella inscripción, en el mes de diciembre pasado.
Así que cuando la ví paradita en el umbral de su aula, me detuve y empecé a conversar tímidamente con ella cada vez que había un recreo; esas charlas se extendieron durante dos años y puedo decir ahora a la distancia que ésa fue mi primera novia, una relaciòn sumamente inocente que recuerdo con nostalgia y cariño, que ocupó mi mente durante los días y las noches en casi toda mi estadía en esa zona inhóspita del Sur.

Eduardo León de la Barra


Ha sido muy ameno el relato de su llegada a la secundaria, que por el título es solamente introductoria. Será un gusto seguir la continuación de esta historia. Saludos cordiales para usted.
 
Me encantan las historias personales, y si es la tuya mucho mejor , me quedo con el deseo de conocerla en su totalidad no dudo que me deleitaré. Un beso y estrellas a tus letras .:::hug:::




Capitulo I

El COLEGIO

La inscripción:
En Buenos Aires, yo había asistido a un insituto muy tradicional y “a la antigua”; el Nacional Sarmiento, Colegio solo para varones, de antigua data, con viejos y excelentes profesores, los cuales en su mayoría ejercían sus cátedras, controlando la disciplina por medio del terror que infundía la libreta de calificaciones.
Mis padres, no sé por qué, habían decidido en mí una obligación de quemar etapas, haciendo que diera un año libre al final de la escuela primaria, acelerando mi infancia, de manera que luego de dar un examen para saltear el último año de la primaria ingresé a ese colegio Sarmiento, donde hice 1º, 2º y 3º, con un año menos de edad que el resto de mis compañeros (Eso me costó además separarme de mis viejos amigos de la primaria, amistad que por suerte no perdí, ya que hasta hoy en día, los sigo viendo), objetivo aquel al que nunca le encontré utilidad alguna, ya que los desperdicié luego de egresar del colegio patagónico al que pretendía entrar, en un par de años sabáticos dedicados a los trabajos de campo. En mi nueva vida, en medio de la Patagonia, corría el mes de diciembre de 1957 y debía anotarme en el Colegio Nacional local, para lo cual me dirigí una tarde, bajo un seco sol abrasador y entré a la oficina de administración, donde sólo estaba una docente y una niña de mi edad, con su lacio peinado negro, que le llegaba casi a la cintura; sus rasgos tenían una bellísima impronta indígena. Yo tenía 15 años recién cumplidos. Ella se estaba anotando para cursar 3er año, y luego de concluir su trámite, me preguntó:
-¿Y vos, a que año vas?
- A 4º le dije.
Me miró con incredulidad y algo de sorna y me sonrió:
-¡Andá!
-Sí, en serio, le dije…
Ahí quedó la conversaciòn y nos despedimos con un - Chau –

La cuestión es que las clases comenzaron en el mes de marzo y era la primera vez que entraba en un colegio mixto, al que también asistía mi hermana mayor, con la cual compartimos el aula;

Nuestro ingreso en el aula, lo tengo grabado para siempre; eramos 12 en total, nueve varones y tres niñas y las miradas de los presentes, se clavaron en nosotros, los forasteros, que veníamos a comparitr ese ámbito por los dos años siguientes.
La primera impresión fue de desarraigo y de pérdida, sumado a cierto sentimiento de hostilidad y de sentirse observado; que tardó varios días en disiparse.
Allí conocí a Octavio, también porteño de Buenos Aires y que por suertes similares, asistía a ese colegio desde hacía un año, quien fue mi compañero de banco por el resto de la secundaria.
Durante los recreos, salíamos del aula rodeando algunos edificios por una vereda que pasaba por las puertas de salida de las aulas de los otros años.
La única persona que yo conocía, aparte de mi hermana, era la niña que había visto durante aquella inscripción, en el mes de diciembre pasado.
Así que cuando la ví paradita en el umbral de su aula, me detuve y empecé a conversar tímidamente con ella cada vez que había un recreo; esas charlas se extendieron durante dos años y puedo decir ahora a la distancia que ésa fue mi primera novia, una relaciòn sumamente inocente que recuerdo con nostalgia y cariño, que ocupó mi mente durante los días y las noches en casi toda mi estadía en esa zona inhóspita del Sur.

Eduardo León de la Barra
 
Mi gran amigo y maestro, me visita con esta prosa llenita de bellos recuerdos pertenecientes a la epoca del colegio ,un honor es verte por estos ladares EDEL, GRACIAS dadnos más de esto amigo, nos llenas con tus letras.Un abrazo bien fuerte amigo
 
Me encantó su prosa hace que consiga verme en ese lugar bello, me imagino esa situación, me gustó mucho como lo expone se hace muy ameno y agradable su lectura, un beso lleno de mucho cariño Edelarraba
 
Hola Edel!
Grato pasar por el primer capítulo :::sorpresa1::: Todos esperan más:::sorpresa1:::
Nos reglas en este, parte de tu historia estudiantil un paisaje de recuerdos de aquellos momentos donde siempre hay unos gratos y otros no tanto, pero que es bonito recordar.
Un gusto conocer algo de tu historia que se queda en estos pergaminos con tu buen quehacer como escritor.
Cariños
Ligia
 
Me encantan las historias personales, y si es la tuya mucho mejor , me quedo con el deseo de conocerla en su totalidad no dudo que me deleitaré. Un beso y estrellas a tus letras .:::hug:::

Querida Elba, debería cada uno contar su historia,
asi crear toda una generación de novelistas o relatores, jajaja,
muchas gracias por tus amables palabras, trataré de continuar con estas anécdotas;
Un beso,
Eduardo.
 
Mi gran amigo y maestro, me visita con esta prosa llenita de bellos recuerdos pertenecientes a la epoca del colegio ,un honor es verte por estos ladares EDEL, GRACIAS dadnos más de esto amigo, nos llenas con tus letras.Un abrazo bien fuerte amigo

Mil gracias, querida Rosa, l
os viajes a la juventud,
siempre son gratificantes,
siempre nos traen recuerdos agradables;
los malos, ya los hemos olvidados...
un beso guapa,
Eduardo.
 
Ligia Calderón Romero;2786476 dijo:
Hola Edel!
Grato pasar por el primer capítulo :::sorpresa1::: Todos esperan más:::sorpresa1:::
Nos regalas en éste, parte de tu historia estudiantil, un paisaje de recuerdos de aquellos momentos donde siempre hay unos gratos y otros no tanto, pero que es bonito recordar.
Un gusto conocer algo de tu historia que se queda en estos pergaminos con tu buen quehacer como escritor.
Cariños
Ligia

Muchas gracias, querida Ligia,
tú siempre tienes la palabra justa,
que hace sentirse bien;
pienso que mis historias deben ser muy parecidas a las de tanta gente,
que ha viajado y emigrado hacia destinos nuevos, a través de su vida;
Un abrazo, querida amiga,
Eduardo.
 
Ha sido un gusto enorme recorrer estas líneas Eduardo, siendo alusivo y gráfico que me trasladaste a los lugares y al sentimiento, pero me dejaste con ganas de saber más y si ya lo titulaste como el capítulo I estaré antenta por los que siguen...Excelente mi querido amigo, siempre un gran acierto llegar a tu espacio...

Besos inmensotes y estrellitas por miles...

Camelia
 
Ha sido un gusto enorme recorrer estas líneas Eduardo, siendo alusivo y gráfico que me trasladaste a los lugares y al sentimiento, pero me dejaste con ganas de saber más y si ya lo titulaste como el capítulo I estaré antenta por los que siguen...Excelente mi querido amigo, siempre un gran acierto llegar a tu espacio...

Besos inmensotes y estrellitas por miles...

Camelia

Mil gracias querida Camy, por acercarte a mis recuerdos,
piensa que ya han transcurrido más de 50 años,
Me dá un poco de vergüenza explicitar vivencias de juventud
y ciertos sentimientos, a esta altura de la vida...
pero tu elogio generoso, tal vez consiga removerlos y consiga escribir algo,
un abrazo,
Eduardo.
 



Es bueno siempre, rescatar de los recuerdos
las cosas positivas, lo dulce de los encuentros;
asimilar las cosas y las vivencias nos permiten
disfrutar más del presente, aunque a algunas personas no les parezca.

Espero la segunda de tus entregas, Eduardo.
Dejo estrellas.

__________________________________________________ LEO

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Es bueno siempre, rescatar de los recuerdos
las cosas positivas, lo dulce de los encuentros;
asimilar las cosas y las vivencias nos permiten
disfrutar más del presente, aunque a algunas personas no les parezca.

Espero la segunda de tus entregas, Eduardo.
Dejo estrellas.

__________________________________________________ LEO



Muchas gracias por tus atentos comentarios, estimado Smileater;
trataremos de complacer a los lectores;
un saludo cordial,
edelabarra
__________________________________________________
 
Creo que tu eres el quinto desde la izquierda, en la primera fila junto a Octavio? si me equivoco, mil disculpas. Disfrute muchisimo de este relato nostalgico. Creo que tienes muchas formas de seguirlo. Creo que si la niña se llamara Alessandra, un capitulo con su nombre, contando esas charlas, esos pensamientos y sentimientos ,que, como dices, ocuparon tus dias y tus noches por dos bellos años. Un gran deleite conocer un poco mas de tu vida.

Abrazos,
Roxane

Mil gracias querida Roxane, por encontrerme en la fila, aunque te debo decir que ese Octavio, fue compañero del otro colegio, el rural, donde pasé esos dos años siguientes, del cual no tengo fotografías..
Tienes razón al decir que hay mil formas de seguirlo,
pero debería extraer lo más significativo de esas anécdotas,
para no aburrir a los lectores;
un abrazo, querida amiga,
Eduardo.
 


Capitulo I

El COLEGIO

La inscripción:
En Buenos Aires, yo había asistido a un insituto muy tradicional y “a la antigua”; el Nacional Sarmiento, Colegio solo para varones, de antigua data, con viejos y excelentes profesores, los cuales en su mayoría ejercían sus cátedras, controlando la disciplina por medio del terror que infundía la libreta de calificaciones.
Mis padres, no sé por qué, habían decidido en mí una obligación de quemar etapas, haciendo que diera un año libre al final de la escuela primaria, acelerando mi infancia, de manera que luego de dar un examen para saltear el último año de la primaria ingresé a ese colegio Sarmiento, donde hice 1º, 2º y 3º, con un año menos de edad que el resto de mis compañeros (Eso me costó además separarme de mis viejos amigos de la primaria, amistad que por suerte no perdí, ya que hasta hoy en día, los sigo viendo), objetivo aquel al que nunca le encontré utilidad alguna, ya que los desperdicié luego de egresar del colegio patagónico al que pretendía entrar, en un par de años sabáticos dedicados a los trabajos de campo. En mi nueva vida, en medio de la Patagonia, corría el mes de diciembre de 1957 y debía anotarme en el Colegio Nacional local, para lo cual me dirigí una tarde, bajo un seco sol abrasador y entré a la oficina de administración, donde sólo estaba una docente y una niña de mi edad, con su lacio peinado negro, que le llegaba casi a la cintura; sus rasgos tenían una bellísima impronta indígena. Yo tenía 15 años recién cumplidos. Ella se estaba anotando para cursar 3er año, y luego de concluir su trámite, me preguntó:
-¿Y vos, a que año vas?
- A 4º le dije.
Me miró con incredulidad y algo de sorna y me sonrió:
-¡Andá!
-Sí, en serio, le dije…
Ahí quedó la conversaciòn y nos despedimos con un - Chau –

La cuestión es que las clases comenzaron en el mes de marzo y era la primera vez que entraba en un colegio mixto, al que también asistía mi hermana mayor, con la cual compartimos el aula;

Nuestro ingreso en el aula, lo tengo grabado para siempre; eramos 12 en total, nueve varones y tres niñas y las miradas de los presentes, se clavaron en nosotros, los forasteros, que veníamos a comparitr ese ámbito por los dos años siguientes.
La primera impresión fue de desarraigo y de pérdida, sumado a cierto sentimiento de hostilidad y de sentirse observado; que tardó varios días en disiparse.
Allí conocí a Octavio, también porteño de Buenos Aires y que por suertes similares, asistía a ese colegio desde hacía un año, quien fue mi compañero de banco por el resto de la secundaria.
Durante los recreos, salíamos del aula rodeando algunos edificios por una vereda que pasaba por las puertas de salida de las aulas de los otros años.
La única persona que yo conocía, aparte de mi hermana, era la niña que había visto durante aquella inscripción, en el mes de diciembre pasado.
Así que cuando la ví paradita en el umbral de su aula, me detuve y empecé a conversar tímidamente con ella cada vez que había un recreo; esas charlas se extendieron durante dos años y puedo decir ahora a la distancia que ésa fue mi primera novia, una relaciòn sumamente inocente que recuerdo con nostalgia y cariño, que ocupó mi mente durante los días y las noches en casi toda mi estadía en esa zona inhóspita del Sur.

Eduardo León de la Barra



Eduardo.
Que lindo leer estas vivencias tuyas, esa quemar etapas, ser posiblemente el de menos edad en el aúla de clases, el enfrentarse a nuevos retos en un colegio nuevo y con estrenados compañeros. Tres personajes te hacen compañia: tu hermana inmediatamente mayor a tí, tu compañero Octavío y en el centro de todo la primera noviecita con ese toque de inocencia.
Un deleite leerte.
Estrellitas.
Abrazos.
Ana
 
Eduardo.
Que lindo leer estas vivencias tuyas, esa quemar etapas, ser posiblemente el de menos edad en el aula de clases, el enfrentarse a nuevos retos en un colegio nuevo y con estrenados compañeros. Tres personajes te hacen compañia: tu hermana inmediatamente mayor a tí, tu compañero Octavío y en el centro de todo la primera noviecita con ese toque de inocencia.
Un deleite leerte.
Estrellitas.
Abrazos.
Ana

Muchas gracias querida Ana, por acercarte a mis letras,
trataré de continuar estos relatos;
me alegro que te gustaran,
un abrazo,
Eduardo.
 
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