Cuarzo y esmeralda, dos trozos majestuosos de piedra mítica, son guardados en el cofre solar. Donde ahí, no hay posible mirada humana que los pueda contemplar. Pero, un renqueante capuchino tiene la llave maestra. Y la guarda con hipócrita celo en sus calzones agujereados por las viles ratas. Cada noche, que va a su celda a tumbarse en la cama de ónice, ríe con complacencia. Al ver cómo sus hermanos de religión intentan forzar la cerradura de tal tesoro. Envuelto en una humareda gris de verbena requemada. La agarran con guantes de esparto. Y la manipulan hasta altas horas de la madrugada. Pero, una noche, nuestro tacaño monje de piel raída y mirada de espanto, la saca de las manos de sus odiosos enemigos de pasión molecular. Coge la llave y abre el obcecado objeto de los mil deseos. Dejando atónitos a sus expectantes fisgones cuando lo que contemplan es una seca mano de muerto.