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El Cofre

Edouard

Poeta adicto al portal
Cuarzo y esmeralda, dos trozos majestuosos de piedra mítica, son guardados en el cofre solar. Donde ahí, no hay posible mirada humana que los pueda contemplar. Pero, un renqueante capuchino tiene la llave maestra. Y la guarda con hipócrita celo en sus calzones agujereados por las viles ratas. Cada noche, que va a su celda a tumbarse en la cama de ónice, ríe con complacencia. Al ver cómo sus hermanos de religión intentan forzar la cerradura de tal tesoro. Envuelto en una humareda gris de verbena requemada. La agarran con guantes de esparto. Y la manipulan hasta altas horas de la madrugada. Pero, una noche, nuestro tacaño monje de piel raída y mirada de espanto, la saca de las manos de sus odiosos enemigos de pasión molecular. Coge la llave y abre el obcecado objeto de los mil deseos. Dejando atónitos a sus expectantes fisgones cuando lo que contemplan es una seca mano de muerto.
 
homo-adictus, nuestro clarividente pero nigromante religioso, que portaba con celo el cofre de malévola sorpresa, sabía de las consecuencias sensitivas en sus compañeros. Nerviosos por contemplar lo que había dentro de tal misterioso recipiente. Estaba pletórico de una insana alegría. Al verlos juguetear con tal tremebundo cacharro metálico. Pero, al observar que llegaban a obsesionarse por ver el contenido - en apariencia inofensivo - decidió abrirlo. Dejándolos estupefactos ante un miembro amputado y ya reseco de ser humano. Atentamente Edouard.
 
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