Engalanada con el oscuro esmalte de su capa principesca va radiante al encuentro de su amado desafortunado. Pues las voces del averno, subrepticias, le dictan que pronto está él en expirar en campos carmesís de sangre derramada de toro bicéfalo. Cuando lo ve ya en la llanura dimensional clama por su nombre. Pero él no la escucha. Está pensativo mientras ciega sus apasionados ojos verdes al contemplar el ardiente sol del estío. Entonces ella, bullendo como una galaxia naciente, se le presenta en aura complaciente. Y tocando sus mejillas con labios rojos de pasión trastoca sus pensamientos furtivos en vivaces sentimientos de alegría por al fin no estar solo. Mas ya no puede ver. El astro rey lo ha dejado ciego. Palpa con sus manos las facciones de su amada y, en una reminiscencia platónica, suelta de su desgraciada boca el nombre sagrado que antaño los unió en lazo indiviso de Amor.