rasec anevar
Poeta recién llegado
Puede ser cierto que al ser nuevo en esa ciudad puerto pudo despistarme. Calles enredadas entre sus cerros hicieron perder por completo mis puntos cardinales y en vez de postular al trabajo de garzón en monono restaurante céntrico, caí sin quererlo en el único y clandestino bar gay de la ciudad.
Por esos años, de puerto lo que tenia aquel pueblo decadente, era eso; el puerto. Su gente cabizbaja desprendía un espíritu lúgubre al caminar por las calles siempre salpicadas de incesante lluvia. La ciudad en si no tenia ese ambiente bohemio y festivo, que por lo mismo casi siempre gozan comarcas de terminal marino. Escasos eran los locales nocturnos, mujeres callejeras, casas de remoliendas, ni si quiera un solo motel parejero conocido por los lugareños.
Por lo mismo sentí confianza y curiosidad al quedar instantáneamente contratado como la nueva adquisición del bar CHARLY, para desempeñar labores de garzón, cocinero, barman, encargado de seguridad y hasta tramoya en ocasiones, por que aquel mítico local disponía incluso de un envidiable escenario, donde las locas trasformistas exhibían sus virtudes dancisticas, piernas peludas y atuendos bañados en plumas de pavo real.
Con voz de pájaro desafinado el carroza animador presentaba a cada una de las diosas del olimpo homosexuado rural, dependiendo del show a mostrar; si tocaba la ocasión de contornearse al ritmo del Like a virgin, la bailarina era presentada como la pomposa Madonna Austral o la Carrà sureña, o la doble de Shakira que en este caso podría decirse que era la triple. Con una picardía que coronaba sus muecas, un mocetón con mas de cien kilos de carnes amaneradas y dos metros y algo de gráciles huesos bailarines; era un marimacho que se llamaba Gustavo Henríquez, pero todos lo conocían por el Ambulancia, por que decían que podría caberle un hombre entero en sus interiores.
De todo había en el Charly, por el día era un inocente restaurante que vendía colaciones express; siempre el mismo menú: sopa de almejas, pollo asado con patatas fritas, ensalada de lechugas y de postre una verde manzana. Todo esto lo tuve que aprender a cocinar en una rutina agradable donde las divas trasnochadas (que vivían en el segundo piso del Charly) me contaban sus penas de gorrión preñado de sueños, observaba sus ensayos y aguantaba el loquerío reinante antes que el bar se llenara de comensales.
Con el tiempo se fueron creando lasos con toda esa gorilada travesti, un sentimiento maternal me prodigaban y que yo retribuía sin ninguna desconfianza, mal que mal eran mis compañeros de trabajo y la amistad era reciproca. Nunca hubo un intento de seducción, me trataban con respeto y tal cariño, que termine siendo el hijo vástago de todo marica que laboraba en el cuchitril.
Apenas se escondía el sol, el bar lucia su esquina meada en el destello fucsia que chispeaba el pecado nocturno y festivo, invitando a bajar los peldaños y sumergirse en el horno multicolor de la fiebre que goteaba la pista, poco a poco se empezaba a llenar de toscas mariposas gráciles y multicolores que en la tenue iluminación dejaban escapar sin prejuicios toda su locura hormonal contenida. Si por las calles los identificaba sumisos, humildes y hasta tímidos, dentro del horno desenfrenado del Charly a ritmo de cumbias y rancheras se convertían en yeguas desbocadas y parlanchinas.
Así era el ambiente eufórico que brindaba por esas horas, pero cuando el ocaso de toda esa distorsión brindaba en copas a media asta, la música comenzaba a parir acordes de boleros tristes y añejos, donde cualquier mariposa ebria se sentía tocada por el ritmo candente y espeso que le hacia invocar viejas reminiscencias de amores imposibles, lejanos y jamas olvidados. Quedaban ahí, como un leve pétalo huacho olvidado en medio de la pista, cuando el alba apagaba la música y las risas se confundían con el trafico matutino.
El Charly no pudo morir de otra forma, totalmente quemado por el descuido de algún marica distraído que dejo el anafre encendido, consumiendo por completo todas sus tejuelas de alerce ya resecas por el candor de esas noches clandestinas, y por un tiempo regaló al paisaje del puerto su esqueleto tiznado y solitario. Los años pasaron y el Charly desapareció por completo, un soberbio edificio de oficinas comerciales, de treinta pisos que por fin logro que todos los transeúntes que merodeaban por esas llovidas calles alzaran su mirada hacia la altura de tamaña construcción jamás vista por esas comarcas.
Por esos años, de puerto lo que tenia aquel pueblo decadente, era eso; el puerto. Su gente cabizbaja desprendía un espíritu lúgubre al caminar por las calles siempre salpicadas de incesante lluvia. La ciudad en si no tenia ese ambiente bohemio y festivo, que por lo mismo casi siempre gozan comarcas de terminal marino. Escasos eran los locales nocturnos, mujeres callejeras, casas de remoliendas, ni si quiera un solo motel parejero conocido por los lugareños.
Por lo mismo sentí confianza y curiosidad al quedar instantáneamente contratado como la nueva adquisición del bar CHARLY, para desempeñar labores de garzón, cocinero, barman, encargado de seguridad y hasta tramoya en ocasiones, por que aquel mítico local disponía incluso de un envidiable escenario, donde las locas trasformistas exhibían sus virtudes dancisticas, piernas peludas y atuendos bañados en plumas de pavo real.
Con voz de pájaro desafinado el carroza animador presentaba a cada una de las diosas del olimpo homosexuado rural, dependiendo del show a mostrar; si tocaba la ocasión de contornearse al ritmo del Like a virgin, la bailarina era presentada como la pomposa Madonna Austral o la Carrà sureña, o la doble de Shakira que en este caso podría decirse que era la triple. Con una picardía que coronaba sus muecas, un mocetón con mas de cien kilos de carnes amaneradas y dos metros y algo de gráciles huesos bailarines; era un marimacho que se llamaba Gustavo Henríquez, pero todos lo conocían por el Ambulancia, por que decían que podría caberle un hombre entero en sus interiores.
De todo había en el Charly, por el día era un inocente restaurante que vendía colaciones express; siempre el mismo menú: sopa de almejas, pollo asado con patatas fritas, ensalada de lechugas y de postre una verde manzana. Todo esto lo tuve que aprender a cocinar en una rutina agradable donde las divas trasnochadas (que vivían en el segundo piso del Charly) me contaban sus penas de gorrión preñado de sueños, observaba sus ensayos y aguantaba el loquerío reinante antes que el bar se llenara de comensales.
Con el tiempo se fueron creando lasos con toda esa gorilada travesti, un sentimiento maternal me prodigaban y que yo retribuía sin ninguna desconfianza, mal que mal eran mis compañeros de trabajo y la amistad era reciproca. Nunca hubo un intento de seducción, me trataban con respeto y tal cariño, que termine siendo el hijo vástago de todo marica que laboraba en el cuchitril.
Apenas se escondía el sol, el bar lucia su esquina meada en el destello fucsia que chispeaba el pecado nocturno y festivo, invitando a bajar los peldaños y sumergirse en el horno multicolor de la fiebre que goteaba la pista, poco a poco se empezaba a llenar de toscas mariposas gráciles y multicolores que en la tenue iluminación dejaban escapar sin prejuicios toda su locura hormonal contenida. Si por las calles los identificaba sumisos, humildes y hasta tímidos, dentro del horno desenfrenado del Charly a ritmo de cumbias y rancheras se convertían en yeguas desbocadas y parlanchinas.
Así era el ambiente eufórico que brindaba por esas horas, pero cuando el ocaso de toda esa distorsión brindaba en copas a media asta, la música comenzaba a parir acordes de boleros tristes y añejos, donde cualquier mariposa ebria se sentía tocada por el ritmo candente y espeso que le hacia invocar viejas reminiscencias de amores imposibles, lejanos y jamas olvidados. Quedaban ahí, como un leve pétalo huacho olvidado en medio de la pista, cuando el alba apagaba la música y las risas se confundían con el trafico matutino.
El Charly no pudo morir de otra forma, totalmente quemado por el descuido de algún marica distraído que dejo el anafre encendido, consumiendo por completo todas sus tejuelas de alerce ya resecas por el candor de esas noches clandestinas, y por un tiempo regaló al paisaje del puerto su esqueleto tiznado y solitario. Los años pasaron y el Charly desapareció por completo, un soberbio edificio de oficinas comerciales, de treinta pisos que por fin logro que todos los transeúntes que merodeaban por esas llovidas calles alzaran su mirada hacia la altura de tamaña construcción jamás vista por esas comarcas.
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